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La Gran Marcha hacia Ulthuan

I CAPÍTULO: LA FLOTA SKAVEN

Skabscror gruño. Se hallaba al frente de el mayor ejercito movilizado hacia ulthuan desde el sonado fracaso de calith. "Pero ahora es diferente". Por supuesto que era diferente. Tenia bajo su mando una gigantesca flota aportada por la mayoria de los clanes mas importantes. Sus agentes habian conseguido que el waaaagh de grutzag atacara a las cosas elfas y ahora, en una muestra mas(si es que hacian falta) de su intelecto skaven atacarian a la region que las cosas elfas llamaban Yvresse. Entonces Skabscror se deleito repasando el plan una vez mas. Atacarian por la costa, por una ruta por la cual, segun sus esclavos largamente torturados, no habia una gran defensa magica. Las tuneladoras del clan Skyrre empezarian a cavar una gran madriguera desde la cual atacar toda Ulthuan y conspiras por su caida, pero antes saquearian las ciudades(si es que habia) de los alrededores. Y por supuesto, toda la gloria seria para el y la Gran Rata Cornuda.
Entonces Skabscror noto como se le erizaba el pelo y puso instintivamente la garra superior sobre su espada."Tranquilizate" se dijo"solo son los videntes". Y era verdad.Los seis videntes que el consejo tambien habia enviado estaban haciendo un hechizo descomunal que les daria un plazo de diez mil latidos para atravesar las defensas magicas de las cosas elfas. Eso le recordo que aparte del clan Mors, del cual el era su "representante" habian mas clanes, tanto mayores como menores y aunque Queek no habia podido venir, Gnadweel le habia asignado al señor de la guerra Skreek Garrafija como lugarteniente. A Skabscror le disgusto mucho que no estuviera alli, ya que tenia pensado que una de sus ratas ogro lo matara "accidentalmente", pero al parecer ser Skreek tambien habia pensado lo mismo. Skabscror miro al horizonte y vio como su flota se extendia todavia mas, a pesar de que su barco era el que estaba al frente. Afortunadamente el Barco de la Plaga del consejo de sacerdotes de Molkit el Sulfuroso permanecia alejado de toda la flota. Molkit tampoco daba muestras de importarle ya que tenia su propia flotilla personal, aportada por el clan Pestilens, ya que Molkit queria probar nuevas enfermedades con las cosas elfas y acto seguido invadir las madrigueras de las cosas lagarto. Los demas clanes mayores tampoco se habian quedado cortos. El clan Skyre se habia traido maquinas infernales a la cual mas letal y tambien habian aprovechado para probar sus motores de la disfrmidad, aunque Skabscror era de la opinion de que sus doscientos esclavos, con un buen latigo, remaban mucho mas deprisa. Luego el clan Moulder querian probar su docena de monstruos infernales hechas con los monstruos gigantes de las cosas lagarto con las murallas de las cosas elfas.El clan Eshin era el que mas guerreros habia aportado, ademas de los propios miembros del clan y varios centenares de prisioneros capturados de las madrigueras de las cosas hombre al sur. Aunque tal vez su gran aportacion fuesen tres de las temidas triadas y cada una tenia un objetivo...A lo mejor el podria conseguirlas un par...
Pero quitando los barcos que se habian inundado o desviado o destruido unos a otros por la incompetencia de sus lacayos, aquel era un gran dia. Skabscror volvio a ver orgulloso el horizonte y vio algo un poco sospechoso. Era como una flota de las cosas humanas pero habia algo extraño...No habia ni un tripulante. Parecian mas carcasas podridas que barcos. Entonces se dirigio a VistaLarga, uno de sus mas supuestamente fieles subordinados:
-¡VistaLarga!
-¿Si-si mi oh mi grandioso señor?-contesto,simulando que estaba molesto por la interrupción
-¿Que es eso de ahi?-pregunto Skabscror señalando los barcos que estaban en le horizonte.VistaLarga se concentro en el punto y parecio sorprenderse
-¿Sabes? a los lacayos que me hacen esperar tengo la aficcion de cortarles la cabeza
-¡Oh el mejor de todos los soberanos! parecen...parecen...cosas muertas
Skabscror miro con detenimiento al punto que habia señalado y penso si huir o arriesgarse a pelear, pero entonces se acordo de que era el enviado del Consejo de los Trece y del clan Mors y no podia volver con las manos vacias.
-Rapido-rapido-gritó-todos a sus puestos, por la Gran Rata Cornuda

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Yvninn era un elfo esbelto, era fuerte, era orgulloso, arrogante y era tan diestro con la espada que hasta los elfos seguian con dificultad sus movimientos. Solo habia un inconveniente que le hacia incapaz de defender Ulthuan: estaba muerto.
Efectivamente Yvninn era un vampiro. Para encontrar explicacion a este extraño suceso hay que remontarse a la guerra de la barba.Yvninn era el gobernador de una colonia elfa a tan solo unos kilómetros de Tilea. A los elfos les iba bien el comercio al vivir aislados del mundo y de la guerra, pero todo cambio cuando llego la guerra de la barba. Los magos de Hoeth le pidieron ayuda en aquel desesperado momento, pero Yvninn, que no queria perder recursos ni soldados en una guerra que el consideraba que se podia solucionar pacificamente se negó. Los Altos Magos de Hoeth, disgustados, le maldijeron a el y toda su estirpe con algo remotamente parecido a la maldición de la sed de la sangre de Neferata pero mucho peor. No le crecieron los colmillos ni tenia ganas de beber sangre, pero tenia siempre la necesidad de autotorturarse con torturas infernales, no podia ver ni el sol ni la Luna, y siempre se sentia desesperado y con la sensacion de faltarle algo, por lo que tenia unas ansias tremendas de poseer todas las cosas con valor.Por las noches todos los espiritus con los que se encontraba intentaban torturarle, pero Yvninn aun asi era incapaz de quitarse la no vida o que se la quitaran. Por otra parte, los otros cinco miembros de su familia tambien habian sufrido aquella maldicion. Su tio habia viajado a Lustria buscando oro y no habia vuelto. Su hermano mayor habia intentado matarlos a todos para poner fin a aquel aciago destino, pero en el ultimo momento lo asesinaron, siendo incapaces de querer morir. Su hijo, desesperado, encontro una solucion al problema:convertirse en una bestia sin cerebro y con un comportamiento salvaje mas propio de los orcos. Su hermano menor habia viajado a las tierras del caos buscando una solucion mejor.
Pero hacia poco su primo habia cogido una buena proporcion del ejercito de no muertos que tenian para invadir Tilea. Por desgracia para ellos, los tileanos ya estaban preparados. Uno de sus comandantes hizo un ataque relampago a caballo hacia el centro del ejercito. Cuando el primo de Yvninn cayó, casi todo el ejercito de no muertos tambien dejo de caminar sobre el mundo de los vivos. Los comandantes de Tilea averiguaron el emplazamiento de su antigua y maldita colonia y enviaron un ejercito a limpiar la zona y de paso saquear todo lo que pudiesen. Yvninn habia tenido que coger a sus esclavos nigromantes, encadenar a su hijo y hacer una retirada por el mar con unos viejos barcos tileanos que se habian hundido siglos antes con los hechizos de sus nigromantes,ya que Yvninn no poseía las habilidades mágicas. Una vez a la mar Yvninn ya no supo a donde ir. Podía volver siglos mas tarde pero mientras tanto ya no sabia lo que hacer. Fue entonces cuando se encontro con una flota dirigida por su hermano menor, Athriel, que habia vuelto de las tierras del Caos cambiado. En efecto se habia librado de la maldicion, pero el coste, al igual que el de su hijo, habia sido caro. Habia tenido que adorar a Nurgle, el dios de la plaga para que sustituyera la maldicion por plagas sin que muriese en el proceso. Athriel, visiblemente divertido por el fracaso de su primo, le dijo que la solucion a todos sus males se encontraba en la mil veces maldita Ulthuan. Yvninn pensó y al final accedio a la propuesta, ya que no tenia nada que perder, pero pensó aquel día por si los casos que tendría que vigilar a su hermano.
-¿Señor?
Yvninn, visiblemente molesto por haber sido molestado en sus ensoñaciones miro con desgana a su antiguo y muerto capitán de la guardia.
-¿Que es lo que pasa?
-Mi señor, hay una gran flota enemiga acercandose por el norte
-¿Tileanos?
-No mi señor. Su hermano me ha ordenado que le diga que son skavens
¿Skavens? Yvninn se habia olvidado de muchos detalles de su vida, pero nunca habia visto a un skaven ni sabia que eran. Aquello empezó a interesarle
-Muy bien. Que la flota se movilice. Vamos a enseñar a esa raza el verdadero estado del terror

II CAPÍTULO: EL DUELO

Mientras que Skabscror soltaba órdenes a sus subordinados, todos los skavens, incluidos los videntes, qué habían interrumpido el ritual, contemplaron a la flota de las cosas muertas. O más bien lo qué podían ver, ya qué cómo una polilla atraída por la luz, el cielo quedó cubierto de una densa capa de nubes negras qué Skabscror no sabía si o bien eran por los encantamientos de las cosas elfas o bien por las cosas muertas, fuese cual fuese el caso Skabscror sabía qué no estaban por pura casualidad. Los barcos del enemigo eran algo remotamente parecidos a los barcos de las cosas humanas, sólo que estaban totalmente podridos, de las antiguas velas cómo mucho solo quedaban palos partidos a la mitad qué debieron de ser en otra época los mástiles, estaban cubiertos de muchas cosas de lo mas profundo del mar, los marineros (algunos con forma parecida a la de las cosas elfas y otros a las cosas humanas) habían dejado de vivir hacia mucho tiempo y, tal vez lo más inquietante de todo, que ninguno de sus tripulantes parecía manejarlos. Tan solo soplaba un viento gélido qué parecía desgarrar el aire con sonidos vagamente parecidos a los de los esclavos al sufrir calamitosos tormentos. Entonces el señor de la guerra vio como varios barcos de su poderosa flota intentaban dar media vuelta para evitar un aciago destino. Skabscror, por suerte, sabía como elevar la moral skaven antes de las batallas (lo cual, por cierto, le había granjeado numerosas victorias y hecho también que se esparcieran rumores positivos para su ascensión) por lo que se dirigió gritando a sus lacayos:
-No os preocupéis, mis humildes camaradas- varios ojos dejaron de observar a la flota no muerta para posar miradas sorprendidas en el enviado del consejo de los trece. Skabscror sonrió enseñando todos sus dientes, ya que podía sentir en la nuca hasta las miradas inquisitivas de los videntes-La Gran Rata Cornuda nos ha bendecido este día, ya que esa flota miserable sólo tiene un puñado de barcos podridos que no pueden equipararse a la grandiosidad de nuestra gran raza. Así pues yo os ordeno pelear en su nombre.
Aquello pareció animar a sus esbirros, ya que después de unos latidos de murmullos, los skavens se fijaron un poco más y todos pensaron al unísono (incluido Skabscror) que aquella seria una manera fácil de acumular gloria y poder para avanzar en la tortuosa sociedad skaven. De los primeros que parecieron fijarse en ese detalle fueron los miembros del clan Skyrre, que pusieron en las cubiertas gran parte de sus cañones de la disformidad y demás artillería infernal para bombardear al enemigo.
Viendo aquel despliegue de poder Skabscror no pudo menos que sonreír malignamente, pero se acordó en ese momento de su arma secreta. Señalo a varios esclavos para que fueran a las bodegas a sacarla a cubierta. Debido a su reticencia a arriesgar su vida, Skabscror tuvo que matar a un par de ellos para que el resto huyera con el rabo entre las patas hacia la bodega. Al fin y al cabo Skabscror no quería correr riesgos y su arma secreta había sido devastadora con anterioridad…

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Cuando Yvninn se asomó lentamente por la cubierta vivo de curiosidad no esperaba ver una cosa tan despreciable. Los barcos eran de mala calidad, no había ningún tipo de orden, los barcos daban vueltas en círculos y estaban totalmente llenos de ajetreo. A Yvninn no le gustó tampoco el aspecto de los skavens, que parecían unas ratas hechas para parodiar cruelmente al hombre. Innumerables chillidos de rata atravesaban el aire y vio cómo traían a las cubiertas extraños artefactos. Yvninn no tuvo duda de qué si hubiera estado vivo habría hecho hace tiempo un gesto de repugnancia ante la numerosa y miserable flota. Yvninn dio la orden a sus no muertos de disparar con sus arcos. No pudo evitar en aquel momento sentirse orgulloso, ya qué había tardado mucho tiempo en infundir a sus antiguos y muertos camaradas la idea de disparar. Por eso y por otros motivos Yvninn siempre procuraba saquear más las tumbas de los elfos que de los humanos, ya que estos últimos eran todavía más torpes y lentos muertos, aunque desde que fue derrotado en Athel Loren Yvninn tuvo qué abandonar temporalmente la idea, aunque ahora qué iba a Ulthuan podría levantar más muertos para su causa…
Pero Yvninn dejó de recapacitar cuando tres muertos trajeron un cañón viejo y húmedo a la proa. Esa también era otra de sus grandes armas, ya qué cuando no explotaban o dejaban de funcionar por la humedad sus viejos cañones tileanos causaban más destrozos qué veinte espaderos elfos. Por suerte el cañón funcionó y sonó con un gran estallido, hundiendo un esquife de los skavens. Yvninn se acordó de que toda raza inferior dependía en gran medida de su líder, por lo qué buscó con la mirada al skaven más grande de todos y el que más ordenes estuviera gritando. Aquello le costó mucho tiempo, pero en medio de su búsqueda una gran explosión verde estalló justo a su lado. Yvninn, ligeramente sorprendido, observó que no había sido el cañón, sino los skavens, qué estaban bombardeándoles con una puntería dispar. Yvninn, aun así, siguió buscando, esta vez con más prisas, al líder skaven, hasta qué al fin lo encontró. Era, efectivamente más grande qué el resto y estaba en aquel momento enseñando todos sus dientes mientras miraba la flota no muerta buscando algo. Era de pelaje negro y llevaba una armadura roja y blanca oxidada con símbolos primitivos. A Yvninn aquello le daba igual, ya qué no iba a dejar qué viviese. Buscó en su espalda hasta que encontró su ballesta. Tal vez cualquiera pensaría qué la ballesta no tenía nada especial y estaría en lo cierto, ya qué lo verdaderamente especial eran las flechas. Yvninn buscó hace un tiempo algo con lo qué poder autoinfligirse tormentos y a la vez matar al enemigo a distancia. Había secuestrado ingenieros del Imperio y les había ordenado fabricarle una munición para sus flechas qué reuniese tales características. Yvninn todavía pudo acordarse de cuando habían intentado matarle con su arma, es más él cadáver de uno de ellos se encontraba al mando del cañón, contemplando los barcos hundidos a través de sus cuencas vacías y oscuras, pero de todas formas lo único qué consiguieron los ingenieros cautivos fue qué le ardiera media cara y llevara un pintoresco parche con forma de calavera en el ojo qué perdió, que aunque no lo necesitara, el consideró qué imponía bastante. Entonces, mientras levantaba y apuntaba con la ballesta, pensó qué el skaven no sabía lo qué le esperaba…

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Skabscror no la vino venir. Es más, casi le da, pero por suerte la Gran Rata Cornuda lo había mirado con buenos ojos aquel día. Aquello además le fue de gran ayuda, ya qué por fin encontró al líder de las cosas muertas, sin el cual se suponía qué no deberían de levantarse más. Ordenó a VistaLarga qué le dijera de donde venía la flecha y entonces él le señalo rápidamente él barco más grande de todos, compuesto en gran parte por calaveras y muertos con una gran vela (la única vela) totalmente negra. Skabscror maldijo a sus compañeros por distraerle y ordenó a los ingenieros brujos qué disparan al barco. Entonces Skabscror se llevó la garra superior a su otra zarpa, qué goteaba de sangre, y, sin saber por qué, pensó qué el peligro no había acabado todavía…

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Yvninn soltó una maldición entre dientes, ya qué la flecha había errado por poco su inicial trayectoria. Aun así tampoco importaba mucho, ya qué la flecha no tardaría en estallar. Una vez qué lo señalo el jefe skaven dos rayos verdes impactaron en el mar a pocos metros de su barco. Iba a tener qué deshacerse de ellos si quería ganar aquella batalla.

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Sin saber por qué, Skabscror ordenó a un esclavo qué cogiera la flecha. Una vez qué el esclavo la cogió empezó a ponerse roja y finalmente estallo, carbonizándolo. Pero eso a Skabscror le daba igual, ya qué las llamas habían llegado a él. Desesperado, Skabscror dio media vuelta y se tiró al mar. Una vez en el mar y apagadas aquellas misteriosas y mágicas llamas, empezó a pensar en cómo volver a su barco y si Skreet no se aprovecharía de aquel altibajo…

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Yvninn empezó a preocuparse, ya qué no sólo estaba sufriendo su flota una marea interminable de hechizos y rayos verdes, sino qué encima, para empeorar la situación el jefe skaven había sobrevivido y estaba subiendo ileso a uno de los agujeros del barco jefe roído y destartalado de los skavens. Yvninn se preguntó cómo habría sabido qué la única manera de apagar el fuego era con agua de mar, pero por lo menos había causado gran destrucción en el barco jefe y supuso qué debía oler a rata quemada. De repente oyó los chillidos de rata en su propia cubierta y observó con sorpresa como varios skavens qué habían estado escalando desde una pequeña balsa ahora intentaban desesperados combatir contra una horda de zombies tileanos. Yvninn soltó un grito de ultratumba y enseguida, tan rápido cómo llegaron huyeron tirandose por la borda. Yvninn sonrió, ya qué todos cayeron rápidamente al mar, ahogándose en el proceso.

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Cuando Skabscror apareció nervioso en la cubierta, empapado, oliendo a perro mojado y con porte desafiante, en el barco skaven empezaron a oírse cuchicheos y risillas, pero cuando Skabscror hizo qué su rata ogro Torturador despedazara a un caudillo se hizo el silencio. Skabscror sonrió y mandó a la tripulación continuar con sus quehaceres. Skabscror se enteró también del cobarde ataque y huida de los guerreros de Skreet y no pudo contenerse el lanzar otra risilla. Además el arma secreta ya estaba en la cubierta, dirigiendo miradas rabiosas a los tripulantes de su barco. Ahora ya sólo estaban a unos pocos metros del barco del jefe de manada de las cosas muertas. Las ratas ogro empezaron a rugir, pero Skabscror ordenó a los señores de las bestias qué las controlaran, ya qué lo último qué quería era a una rata ogro descontrolada, además de que no participarían en la batalla, ya qué podían destruir su futuro gran barco con sus estúpidas acciones, aunque bien sabía qué su arma secreta podía llegar a causar más destrucción. Escuchó cómo sus tocayos lanzaban gritos de impaciencia y el arma secreta era puesta en primera línea, según el plan. Por sexta vez desde qué había empezado la batalla, Skabscror sonrió enseñando todos sus dientes…

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Yvninn era consciente de qué el gran barco skaven no era el único qué intentaba abordarlos, por lo qué solo ordenó a la mitad de sus marineros no muertos qué se prepararan para la batalla. Él mismo y su antigua guardia personal ocupaban las primeras líneas. Yvninn miró orgulloso a sus guardias. A pesar de estar muertos y de qué su rapidez era un pálido reflejo de la qué gozaron antaño, seguían siendo superiores a muchas razas en el combate cuerpo a cuerpo. Yvninn posó otra vez la mirada en la tripulación skaven. Unos skavens intentaron hacer funcionar un aparato extravagante, pero en el último momento este explotó, llevándose a la muerte a varios skavens. Yvninn se quedó sorprendido de cómo podía seguir existiendo una raza tan estúpida sobre la tierra. Superó incluso el sentimiento parecido al desprecio qué sintió cuando se enfrentó en su sexta batalla portando la maldición contra el clan Martom de los enanos. Cuando los skavens bajaron los puentes de abordaje roídos un pequeño silencio cundió entre los skavens. Vio cómo varios se apartaban temerosos cuándo pusieron en los puentes skavens muy raros. Iban atados de pies y manos, acompañados por un puñado de skavens temblorosos. Aquellos skavens estaban completamente locos. No paraban de babear y soltar chillidos alocados indescriptibles. Tenían la mirada completamente loca y la mayoría de ellos eran completamente escuálidos. Entonces los skavens temblorosos liberaron de sus ataduras a aquellos chiflados y salieron corriendo mientras en el barco skaven se tiraban los puentes al mar. Los skavens locos, al no tener más remedio, salieron corriendo hacia sus filas.

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Skabscror estaba ahora gozando del momento. Por tercera vez desde qué hizo aquel descubrimiento se dijo así mismo qué era el más astuto de todos los seres, después de la Gran Rata Cornuda, por supuesto. Todo empezó un día, en el cual se fijó en las costumbres skavens, especialmente del Hambre Negra, ley según la cual los skavens necesitaban ingerir grandes cantidades de comida. Entonces el pensó qué podía tener utilidad estratégica, por lo qué decidió qué después de todas las batallas capturaría a varios skavens antes de alimentarse de los caídos. Cuando los tuvo encerrados durante tres días a sus skavens y los lanzó por primera vez contra los orcos tuvieron un éxito absoluto, derribando y comiendo desesperados a los orcos. En su segundo experimento contra los enanos del clan Martom acabaron muriendo, pero hicieron una buena masacre. Ahora a pesar de lo qué le había costado atar a los “hambrientos”,cómo él los apodaba, y mantenerlos alejados del resto de la tripulación ahora sus cuarenta “hambrientos” iban a demostrar su eficacia.

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Yvninn clavó su espada llena de runas en la cabeza del primero. Luego el segundo se abalanzó contra él, pero Yvninn pensó qué por fin podría acabar con su pesadilla y su maldición. No notó siquiera el mordisco desesperado del skaven, pero si qué notó las babas caerle en la mejilla y acabó pensando en qué aquella no era una buena forma de morir, por lo qué le dio un puñetazo en la mandíbula al engendro y lo sacudió con una patada. Mientras el skaven se acariciaba los dientes rotos, el elfo maldito cogió su espada y lo ensartó como un pollo. Otro skaven corrió a por el general no muerto, pero Yvninn lo cogió de la cabeza y lo arrojó al mar. Otro skaven saltó hacia él, pero el elfo lo cogió por la garganta en el aire y le estrujó la cabeza entera. Yvninn se apartó entonces para ver el combate. Los skavens locos habían causado gran destrucción y casi habían destruido a su guardia personal que aunque se levantaba por la presencia del vampiro al poco rato volvían a caer destrozados por los zarpazos hiperactivos de los engendros, que ya empezaban a roer los huesos de los muertos y devorar a los caídos. Cuando no quedaban muchos skavens locos, sus compañeros bajaron los puentes de abordaje otra vez y entraron triunfantes destrozando huesos y más no muertos. Yvninn encabezó un ataque contra otra ola de ratas qué subía desde un pequeño esquife y intentaba acceder al puente principal. Yvninn pudo distinguir al jefe skaven en la retaguardia machacando a lo poco qué quedaba de su guardia personal qué seguía intentando volverse a levantar. El elfo maldito le sacudió un codazo a un skaven qué le venía por detrás y le daba un zarpazo a otro qué hizo qué salpicara sangre por todas las partes. Entonces otro skaven se le lanzó por detrás, intentando acuchillarle sin éxito. Cuando Yvninn lo estrelló contra la pared de su barco llenándole su elaborada capa azul oscuro de sangre negra, Yvninn pensó si seguir peleando o escapar pero al final decidió escapar aprovechándose de la confusión reinante en una balsa qué tenía reservada para esos casos, prometiendo venganza contra los skavens…

He hecho esto para organizar y no liar a la gente un poco

III PARTE: LA TORMENTA

Una vez que de la flota de las cosas muertas solo quedaron viejas tablas cubiertas de cosas del mar, los skavens retomaron su marcha hacia la tierra de las cosas élficas. Skabscror adquirió más fama y veneración y empezaron a correr los rumores de que había sido bendecido por la Gran Rata Cornuda, aunque también corrían rumores de que el líder de las cosas muertas había escapado,jurando venganza contra toda la raza skaven. Estos últimos no le importaban mucho a Skabscror,qué ya estaba pensando en conquistar todo lo que se le pusiera de antojo. Había mandado capturar a varios skavens para qué se convirtiesen en hambrientos y ya había tenido una audiencia a través de un chillalejos con el consejo de los trece, en la cual Skabscror se esforzó al máximo por desmentir los rumores acerca de posibles supervivientes y qué el plan iba según lo previsto. El consejo, aun así, había decidido qué si Skabscror tenía éxito en su misión enviarían refuerzos para asegurar la punta de lanza. Ahora Skabscror observaba el cielo desde la cubierta temeroso. Los videntes estaban preparando un hechizo descomunal para abrir las defensas mágicas temporalmente y poder llegar al acantilado oculto. Skabscror había ordenado a sus lacayos avanzar rápido, ya qué las aguas estaban empezando a agitarse, mientras los cielos se iban tiñiendo con nubes amenazantes de tormenta y la niebla se formaba alrededor suya. Skabscror elevó una plegaria a la Gran Rata Cornuda para qué los incompetentes de los videntes no fallaran en su objetivo.

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El vidente gris Squeweel observó con ojos paranoicos y cautelosos a sus otros cinco compañeros. Ya habían formado el círculo mágico del cual no deberían moverse ni en mil latidos y habían consumido una cantidad ridículamente grande de piedra de la disformidad. El pelaje de Squeweel empezó a crisparse mientras de su boca babeante surgían las palabras necesarias para, cómo lo había llamado el despues de una consabida discusión (los guardaespaldas de Squeweel llegaron primero) el Gran Hechizo de Squeweel. Al fin y al cabo había sido su lúcida mente la qué descubrió cómo hacer el hechizo y habían sido él y el consejo de videntes los qué eligieron los videntes. La verdad es qué Squeweel lo hizo por causas politicas, ya qué Hrik y Sorrk sólo pensaban en torturar almas ajenas, Kritt se había vuelto tan obeso después de su viaje al pozo Infernal qué apenas veía sus garras inferiores, mientras qué Fdrik estaba lo bastante ocupado intentando dominar el arte de consumir piedra de la disformidad cómo para conspirar. Los únicos qué podrían disputarle el mando cómo segundo (o primero si Skabscror sufría un accidente) eran el vidente "inquisidor" Horrk, Skreet, y Molkit. Squeweel ya tenía planes para estos dos últimos, pero Horrk era otro hueso muy duro de roer, a pesar de ser inferior a él. Además el problema de Skabscror ya iba a ser dentro de poco eliminado. Squeweel sonrió salvajemente y siguió con el ritual.

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Diario del conde Sigismund del Imperio: Le trippulaciccón ya está celebrando una festa dan la bodga. Yo me unir dentr de pocorl, nada más termine di iscribir esti malditti dieirio. Nous emos prrrrometio a le praincip brothe mi k irmos a negosiar kon los lagrtos de lustr. Io mi prgonto si les gustarn elr vinorr. Pr cirto k mndeeee esss carrt cuand sssstaba (tngo k ir nsaiaiaindo la prnunciacioni, k sssssi no no mi entiend lorsk lagrtos) borrasho. Obviimente cundo scribo borrraasho sssssuelo comter aluna falha, pero ste no esrl elr cassssssorl. Ahorrra miss marrienerosss m dcennn que emosss encontrao un nafrago. Verre sirs esrl comestiblerrrl...hmmmm

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A pesar de la cada vez más espesa niebla Yvninn llegó al barco de los humanos. Cuando estos le ayudaron a subir, Yvninn se sorprendió sobremanera al observar qué los muy estúpidos navegaban en medio de la inminente tormenta estúpidamente borrachos. Todos tenían los mofletes rojos de tanto beber, y cuando lo recibió el capitán, Yvninn se sorprendió todavía más cuando un humano gordo, totalmente ebrio, vestido con ropas de lujo y con gesto entre bonachón y hambriento le recibió en la cubierta y en medio de sus delirios de borracho (cómo por ejemplo la insistente pregunta de si era comestible) le dijo qué era el capitán. Yvninn, confiado, pensó qué podría matar a todos aquellos estúpidos y huir el sólo con el barco cuando la maldición empezó a hacer mella en él. Una docena de fantasmas moribundos le asaltaron la mente y el cuerpo por dentro, intentando volverlo loco o matarlo. Yvninn no se había acostumbrado todavía a aquellas incursiones fantasmales y sabía qué nunca lo haría. Se llevó desesperado las manos a las blancas sienes y soltó un grito infernal qué retumbó en los tímpanos de los humanos. Estos, sorprendidos, no pudieron siquiera reaccionar, ya qué una horda de skavens había entrado a cubierta.

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Skabscror se metió algo asustado en su confortable madriguera. Esta estaba llena de trastos inservibles, ratas y el cadáver del antiguo capitán postrado en la roída mesa. Skabscror iba a asomarse por la ventana simuladamente cuando percibió qué algo no iba bien. Podía percibir a alguien entre las sombras, pero antes de preguntárselo a sí mismo y poner la zarpa sobre su serrada espada un skaven vestido de harapos negros y con un cuchillo en cada mano salió de entre las sombras ¡Un asesino del clan Eshin!. Skabscror esquivó milagrosamente el ataque y sacó su espada. El asesino atacó otra vez, furioso por el fallo. Esta vez el señor de la guerra estaba más preparado y paró los golpes con la espada. El asesino se escabulló entre las sombras, forzando a Skabscror a ponerse contra la pared, pero este vio sus intenciones, se adelantó y le cortó una mano. El asesino se retiró dolorido a la oscuridad, mientras Skabscror alzaba victorioso su espada para intentar rebanarle el pescuezo al asesino.

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Squeweel alzó una vez más el báculo, luchando contra el hechizo élfico. Los demás videntes también sudaban y babeaban, recitando el ritual del hechizo. Los demás skavens intentaron alejarse, asustados por tal despliegue mágico. El agua entraba a borbotones y ya había hundido varios esquifes pequeños. Fdrik cayó inmóvil al suelo, consumido por el hechizo, mientras el barco sufrió una terrible embestida por una ola.

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La breve sacudida qué sufrió el barco hizo qué Skabscror se cayera al suelo. El asesino intentó clavarle en su caída una puñalada, pero esta sólo le hizo una leve herida gracias a la armadura. Mientras Skabscror reaccionaba, levantándose del suelo, vio cómo otro asesino surgía de entre las sombras. Skabscror intentó hacerse a un lado, pero el segundo asesino logró aún así causarle otra pequeña herida en la zarpa. Skabscror embistió al primer asesino para cubrirse de las furiosas acuchilladas. Antes de qué el primer asesino supiera qué pasaba, Skabscror ya se había levantado y había cogido un escudo viejo para cubrirse de las estrellas arrojadizas qué le lanzó el otro miembro del clan Eshin. Mientras intentaba escabullirse entre las sombras, otra ola sacudió el barco, haciendo qué volvieran a caerse al suelo. El señor de la guerra cogió una vieja pistola bruja y disparó contra el segundo asesino. Este esquivó el disparo y intentó abrirse paso, pero esta vez Skabscror acertó. Mientras el skaven era derribado, Skabscror reaccionó al fin y llamó a sus guardaespaldas. El primer asesino logró por fin levantarse y se lanzó enojado hacia su objetivo. Skabscror intentó matarlo desesperado con su espada, pero el asesino lo esquivó y le clavó un puñal en la pierna. Skabscror soltó un alarido y logró por fin matarlo. Mientras sus alimañas de armadura carmesí mataron al otro asesino. Skabscror miró con crueldad el escenario, todavía confundido. En esas estaba cuando sintió qué una estrella impregnada de veneno se le clavaba en la espalda. Miró al ojo de buey rápidamente y observó frustrado cómo un tercer asesino de aquella tríada se escabullía.

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Squeweel sonrió. En otra muestra del increíble intelecto skaven habían logrado controlar temporalmente las defensas mágicas, pero ahora debían de darse prisa. Era verdad qué en su proceso parte de la flota había sido hundida o se había perdido, pero suponían solo una pequeña parte de su glorioso ejército. Ahora ya sólo tenía qué esperar a las buenas nuevas de la tríada del clan Eshin...

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Skabscror observó desesperado a la estrella impregnada de un veneno verde. Podía sentir el veneno en el cuerpo, pero no acababa de saber lo qué era y por qué no estaba muerto. Entonces oyó en su mente una voz de ultratumba "¿Skabscror, cómo van las cosas? Ya sabes qué no consiento fallos..."
-Oh no, Garrac, estoy siguiendo con el plan previsto en nombre de la Gran Rata Cornuda
"Me da igual en nombre de quién lo hagas. Sólo quiero qué lo hagas. Y también he percibido tus males." un suspiro retumbó en su cabeza" De momento me eres más útil vivo. Lo tuyo es un veneno de largo plazo. Si quieres curarte, en la ciudadela de Athel Amaraya encontrarás el antídoto en el edificio de las puntas cristalinas. Una vez qué te "cures" acuérdate de tu misión..." Skabscror se sintió aliviado cuando la "comunicación" terminó. No le gustaba nada aquel pacto, pero al fin y al cabo la recompensa sería muy grande...

IV PARTE: EL ACANTILADO SECRETO

A pesar de la inutilidad de los skavens navegando al final lograron llegar relativamente rápido al acantilado. Skabscror ya estaba ansioso por poner sus garras inferiores en la tierra de las cosas élficas, pero aún así no había perdido estúpidamente su inteligencia, por lo qué puso delante de su barco una docena de esquifes y barcos abarrotados de guerreros y esclavos de los clanes menores. Fue en ese momento cuándo se preguntó donde estarían Molkit y su ignorada flotilla. Dejo de darle importancia de inmediato, ya qué tenía qué recapitular sobre quién podría haber contratado a los asesinos. Tenía qué ser alguien muy cercano y, debido al veneno de largo plazo supuso en seguida qué tenía qué ser alguien qué esperaría a qué muriese para luego llevarse los despojos de la victoria. Era un plan diabólico, pero a la vez astuto. En esas estaba Skabscror cuándo entraron en la gran caverna escondida. Era un acantilado gigantesco, de varias escabullidas de alto y la gran caverna era una obra geológica qué parecía más bien obra de un dios amante de la escultura. El agua del mar se reflejaba y las olas más parecían acariciar las paredes qué querer golpearlas. Las paredes estaban llenas de pequeños recovecos y cuevas de pequeño tamaño y las estalacmitas eran grandes cómo columnas y delgadas cómo pinceles. La caverna era de suficiente tamaño cómo para qué cupiera una flota tres veces más grande qué la qué en aquellos instantes entraba triunfante. Justo al final de la gruta había una especie de cuenca del tamaño de un pueblo. A Skabscror le pareció ver en la orilla había algo sospechoso, pero le quitó importancia, ya qué la futura perspectiva de conquistar todo lo que se le pusiera al antojo le ocupó totalmente sus pensamientos.

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Kaldorian observó con cierta intranquilidad desde su posición en la torre oculta de la orilla a la flota de los hombres rata. El mago Ydolrian había sido muy sabio al confiarle a él y a su guardia del mar de Lothern la misión de proteger aquella oculta caverna. En los doscientos años qué llevaban ahí ya habían rechazado varios ataques de los bárbaros humanos y de sus odiados primos, pero aquel ataque se llevaba la palma. Una docena de esquifes avanzaba por el río, precediendo a un barco de gran tamaño lleno de hombres rata, y, si las suposiciones de Kaldorian no eran incorrectas debían de haber centenares de barcos más. Habían enviado un mensajero a Athel Amaraya, avisando del ataque. Con un sólo gesto desesperanzado de Kaldorian los elfos se pusieron en sus posiciones, y mientras tensaban los arcos cinco lanzavirotes ocultos apuntaban a los barcos más pequeños. Kaldorian y su guardia no se habían rendido en sus doscientos años de vigilia y no lo harían ahora.

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Natgarion observó fríamente a sus camaradas sombríos. Todos tenían los ojos puestos en la flota de los hombres rata, esperando con ansiedad qué los odiadas ratas se pusieran a tiro para teñir de sangre el mar. Natgarion había dividido a sus cincuenta sombríos en dos bandas, cada una en un borde de la cueva. Kthellar lideraba la otra. No se equivocaban cuándo creyeron qué iba a terminar habiendo un ataque a la gruta, pero ni de lejos habían pensado qué un número tan grande de miserables barcos pudiera atravesar las defensas mágicas, por lo que Natgarion tuvo la sensación de qué había magia negra de por medio. Se habían escondio tan bien entre los recovecos qué ni siquiera la guardia del mar se había enterado de su presencia. Con una orden silenciosa de Kthellar y Natgaron los arcos blancos liberaron sus flechas negras sobre los patéticos hombres rata.

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Desde su posición en el ya desaparecido círculo mágico Squeweel pudo ver cómo varios skavens eran atravesados por flechas negras. Antes de qué pudiera ordenar nada Skabscror(qué para rabia suya seguía vivo) mandó a sus mosquetes jezzail disparar sobre los posibles sitios desde donde los acechantes y misteriosos enemigos estuvieran disparando la lluvia de flechas. Cuándo una flecha se estrelló cerca de Squeweel, este empezó a pensar qué ya iba siendo hora de ponerse a cubierto...

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Skabscror miró frenéticamente a sus subordinados qué seguían todavía vivos. Por si no bastara con los enemigos misteriosos de los flancos, un pequeño ejército de las cosas elfas les recibía con otra ola de disparos y varias grandes cosas puntiagudas hundían un puñado de barcos. Un cañón de la disformidad fue sacado a cubierta, para gran expectación de los skavens presentes. Skabscror ordenó eufórico qué dispararan al flanco izquierdo. A pesar de su euforia, se acordó de ordenar lanzar a sus cañones disparar sólo un puñado de rayos, ya qué la perspectiva de morir aplastado por una roca no le entusiasmaba mucho.

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Natgarion no tuvo tiempo siquiera de decir nada cuándo uno de aquellos infernales cañones disparó y estalló con una explosión verde sobre tres sombríos. Con algo de entusiasmo pudo ver cómo una roca caía y hundía un barco, pero eso no recuperaría a sus tres fallecidos camaradas. Entonces, mientras disparaba, vio a un mago despreciable de los hombres rata con pelaje albino qué enfocaba con su báculo a Kthellar, qué en un descuido se había quedado a cubierto. Antes de qué la flecha se clavara en la espalda del miserable, a este le dio tiempo a , con una sonrisa dibujada en su mandíbula, lanzar un rayo verde qué hizo volar por los aires a Kthellar y otros dos sombríos. A Natgarion le resbaló una lágrima por la mejilla por la reciente muerte de su compañero de armas desde la infancia y volvió a disparar, cada vez más lleno de furia, a los miserables hombres rata, pero todo ello sin hacer más ruido qué el de su fino arco plateado al tensarse.

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Kaldorian ordenó a tres partes de su fuerza, es decir, una cincuentena de elfos, cargar con las lanzas en ristre sobre los hombres rata qué acababan de desembarcar en la orilla. Mientras lideraba la delgada línea de batalla, se volvió a preguntar qué hacían los sombríos tan lejos de su patria, pero volvió a responderse a sí mismo qué los crueles sombríos defendían toda Ulthuan del inminente peligro. Los derrumbes qué los skavens habían causado estúpidamente con su maquinaria infernal habían hundido a varios barcos, y los hombres rata, desesperados por huir, habían sido arrastrados a la costa cómo por obra del mismísimo Malekith. Mientras un hombre rata se levantaba mojado y jadeando, Kaldorian aprovechó para cortarle la cabeza con su espada llena de runas elfas. Sus elfos mataron disciplinadamente a otros, tanto con el escudo y la lanza, cómo con el arco, pero varios hombres rata se aprovecharon de su confianza en su habilidad para acuchillar a tres elfos y hacer qué el resto aprendiese la lección y lucharan con más cuidado. Un virote de uno de los lanzavirotes hundió a otro esquife, pero entonces otro rayo más cruzó el aire y destruyó a la penúltima pieza de artillería, mientras otro causaba una explosión en el frente de batalla qué hizo qué murieran hombres rata y elfos por igual. Kaldorian ordenó otra carga mientras el barco grande arrivaba al fin a la costa.

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Skabscror puso triunfante sus garras sobre Ulthuan después de una ola de guerreros del clan Mors. La muerte del vidente loco Hirrk había hecho qué se escabullera detrás de Torturador. A este último parecían rebotarle las flechas en su dura piel, por lo qué otros skavens intentaron seguir el ejemplo de su líder, pero cuándo el señor de la guerra cortó un par de cabezas el resto abandonaron la idea. Skabscror ordenó también a sus guerreros atacar contra las cosas elfas. Ahora se hallaban en un sangriento combate, donde las filas ordenadas de las cosas elfas rechazaban ola tras ola de skavens. Skabscror ordenó a los lanzadores de gas envenenado lanzar su mortífera munición, causando bajas en los dos bandos. La tormenta de flechas misteriosas seguía, pero ya no le importaba, ya qué sólo quedaba una cuarentena de elfos entre él y su inevitable triunfo en los anales de la historia skaven. Confiado por su superioridad avanzó al centro de batalla junto a sus guardaespaldas, inclinando la balanza hacia el triunfo de Skabscror. Aquel iba a ser un gran día.

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Natgarion siguió atormentando a los miserables siervos del mal, cada vez más furioso y sin importarle qué la docena de sombríos que quedaban en su lado pensaran en el fondo de sus corazones sí iban a vivir o no y la otra docena restante del otro lado pensara si irían a sufrir el mismo destino qué el pobre Kthellar. Entonces Natgarion ordenó a sus camaradas sacar las espadas, ya qué una horda de hombres rata vestidos con harapos negros les atacaron. A pesar de estar en aplastante inferioridad numérica contra los esquivos infiltrados, hicieron pagar cada uno caras sus vidas. Natgarion furioso mató a siete enemigos antes de qué le clavaran un puñal por la espalda y Natgarion riera pensando en su futuro encuentro con Kthellar en el otro mundo.

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Kaldorian hizo una carga suicida contra el jefe de las ratas. Aunque era obviamente un suicidio los otros guardias no se lo pensaron dos veces y lo siguieron en su carga. Mientras su guardia iba cayendo acuchillada por las alimañas innumerables qué se les abalanzaron. Pero, imbuido con la fuerza de la desesperación, Kaldorian se abrió paso hasta un hombre rata alto, de pelaje negro y armadura carmesí y blanca oxidada. Este pareció tan sorprendido por la inutilidad de sus lacayos qué casi no esquivó el mandoble del elfo. El capitán guardián de Lothern volvió a intentar atacar, pero una alimaña le clavó su alabarda en un costado. Mientras Kaldorian caía de rodillas al suelo y se llevaba una mano a su herida, el líder volvió a acercarsele triunfante, con una mirada mezquina en sus ojos. Antes de alzar su espada para corarle el cuello a Kaldorian, el hombre rata pronunció con voz chillona en un burdo intento de hablar en Reikspiel:
-Tú serás el primero en caer en nombre de la Gran Rata Cornuda

por cierto alguien tiene dudas sobre el diario o alguna de otro tipo?

Te comento la parte 3:
Está muy chula Garrac, lo único, al principio de la 3ª tarde son lacayos, no tocayos xD
Lo que cuesta leer el diario, ese Sigismund debía llevar más pedo que Alfredo xD
Me gusta bastante como va la historia, se lee muy bien. La parte de los asesinos esta chula chula.
Luego me pongo con la 4ª.
¡Saludos!

gracias por el aviso, ya lo he cambiado
insisto en que si alguien tiene dudas sobre la borrachera de Sigismund que me lo diga y antes de que nadie me lo pregunte no, no me he olvidado de Yvninn (por cierto no se si los nombres elfos son muy propios...)

Creo que la parte que más me gusta es la última, me imagino la batalla dentro de la enorme y cueva y me parece espectacular!

he intentado recrearla lo mejor qué he podido (espero haberlo conseguido) podria haber hecho un mapa pero la caligrafia de mis lacayos deja mucho que desear y mi gran intelecto skaven no a encontrado como colgar fotos :mrgreen: pero es verdad que a lo mejor el principio de la 4ª es un poco confuso...

Los nombres elfos yo creo que están bien. Y en cuanto a la recreación de la batalla en la cueva me parece que está bien, no hace falta mapa.
Saludos
pd: para las fotos en: http://tor.imageshack.us
te haces una cuenta que es fácil y a subir cosillas :)

muchas gracias, creo que al final no voy a cambiar los nombres y a ver si me bajo alguna foto

V PARTE: CONSPIRACIONES

Los skavens se instalaron rapidamente en el escondite. Se metieron por todos los resquicios y cuevas que habían, incluso ocuparon las zonas del exterior, eso sí, por orden de Skabscror no fueron a la costa, para así no revelar demasiado pronto su presencia. Los videntes ocuparon planicies de la entrada a la cueva, mientras los señores de la guerra de clanes menores se ponían en las paredes y los clanes mayores ocupaban toda la orilla. Una vez que encontraron la torre oculta la saquearon de mil maneras posibles y cuándo gran parte de las provisiones se acabaron, Skabscrr vio la torre y se instaló allí, haciendola su guarida. Las criadoras qué habían sobrevivido al viaje empezaron a hacer a velocidad asombrosa camadas de skavens.Las tuneladoras gigantescas que se trajeron los ingenieros brujos empezaron a cavar mecánicamente, armando tal ruido que Skabscror empezó a preguntarse cómo las cosas elfas no se habían dado cuenta de su presencia. Los skavens además habían encontrado varios túneles subterráneos que daban al exterior y por los cuales Skabscror tenía pensado invadir a las cosas elfas, algo que iba a hacer lo más pronto posible...

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Mientras a varias millas del acantilado, en una playa de arenas blancas y suaves, podíamos encontrar un barril hecho añicos y un humano ebrio hasta las cejas de alcohol corriendo alocadamente hacia un bosque elfo que había a apenas unos pies de longitud. Un par de millas más un elfo no muerto abría los ojos confundidos, sin acabar de saber que serie de acontecimientos le llevaron a esa playa. No tardó mucho en recordar su nombre, su trágica historia y la huída de las tierras de los hombres y su posterior encuentro con los skavens. Pero para recordar lo que pasó después tuvo que esforzarse más. Recordó el barco de aquellos estúpidos hombres y también el ataque repentino de los fantasmas muertos por los hechizos elficos atacandole. Entonces recordó cómo los estúpidos humanos, hasta que los skavens no mataron a la mitad de la tripulación no empezaron a sospechar que a lo mejor los engendros no eran delirios de borracho, y cuándo el capitán cogió un barril, lo lanzó al agua, y se metió en el (según el humano porque un barril de cerveza flota mejor) no empezaron a correr desesperados de un lado al otro de la barca, siendo cómodamente acuchillados por los skavens. Recordó también qué en un desesperado intento de librarse de los fantasmas se tiró al agua, intentando ahogarse sin resultado. Recordó cómo la tormenta paró y entonces el logró ganar algo de terreno a los fantasmas, agarrandose a un tablón podrido de algún esquife skaven antes de que la tormenta misteriosamente volviera a aparecer y los fantasmas redoblaran su ataque mental. Entonces Yvninn supuso que el mar lo debía de haber arrastrado a la playa y una vez que el ataque fantasmal terminara el entrara en un eestado de reposo para recuperar energias. En eso mismo estaba pensando el elfo cuándo una voz insidiosa y cargada de ironía le susurro detrás suya:
-Vaya hermano, parece ser que te ha ido bien la batalla
Yvninn se giró frustrado para ver a un elfo cubierto de viejos ropajes elfos, qué ahora estaban llenos de moscas, pus y larvas y con una piel entre pálida cómo la suya y con granos inservibles por todo el cuerpo, además de lleno de suciedas, rasgos por los cuales pudo distinguir a su hermano menor corompido por Nurgle para poder librarse de la maldición Athriel. Una vez que lo distinguió Yvninn vio al fondo el barco de Athriel medio destrozado y media docena de discípulos humanos de Nurgle mirando a Yvninn con mirada entre temorosa y divertida. Yvninn le dirigió a su hermano una mirada cargada de reproche, ya que el muy traidor no había participado en lo más mínimo en la batalla.
-Tranquilo, hermano, tranquilo
-!¿Tranquilo?! Tranquilo estaría si hubieras participado en la batalla
-No pude
-¿Porqué?
-Los hechizos elficos desviaron nuestro rumbo y no pudimos ir a ayudarte
-Pues espero que sea así, por qué sino yo mismo te cortaré la cabeza
-No hace falta lanzar amenazas fútiles contra mi. Además estamos en Ulthuan¿No?
-Hummmmm..Ahora qué lo dices es verdad...
-Además si las maneras de nuestro antiguo pueblo no han cambiado, y estamos en la playas blancas de Kher-Kishr, cerca de aquí estará el Cementerio de los Caídos y podrás con ellos levantar un imperio sobre las cenizas de Ulthuan
Yvninn miró atentamente el bosque, miró a su hermano, volvió a mirar el bosque, se encogió de hombros y se adentró en Ulthuan por primera vez desde hacia mil setecientos cincuenta años.

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Molkit miró impasiblemente el cadáver del mensajero de Skabscror pidiendo explicaciones mientras uno de sus famélicos siervos se lo comía. Molkit ordenó que parara, lo mordió el mismo, y dijo a sus monjes que la llevaran al campamento skaven. Molkit miró entonces la cueva donde sus infieles hermanos skavens se habían refugiado. Cómo el no acababa de fiarse de Skabscror y su amplia red de espías, se había ocultado en una gruta lo más lejos posible del escondite pero sin llamar la atención. Molkit se dirigió entonces a sus subordinados y volvió a recitarles por enésima vez el liber bubonicus

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Aeralos se estaba aburriendo. Haría dos días desde que se fuera del último pueblo que escandalizó. Todos los días qué había pasado en su caminata buscando otro pueblo o una gran batalla los había pasado recordando su aprendizaje en Hoeth, su posterior expulsión y cómo había ido degenerando todo en general. Desde su máscara cubierta por la capa blanca y una armadura vieja y mellada pensó en cómo pudo haber cometido aquel inolvidable error en la invocación qué conllevó a su expulsión de Hoeth. Recordó también la gran fiesta qué organizó en el último pueblo y cuántas veces había hecho el amor después de vencer en un fácil duelo con su espada a dos manos al arrogante príncipe de la región, conllevando esto último en un ultimatum a su persona, ordenandole irse, después de lo cual el se tiró a la mujer del príncipe y se fue a buscar más aventuras. Aquella última en especial no le gustó nada, ya qué no hubo ni una sola rubia y el príncipe elfo no fue un rival nada difícil. A través de las brumas qué el mismo había creado pudo ver un pueblo rodeado por un río y posteriormente por una muralla de cinco metros de alto, por lo que supuso que Athel Amaraya no estaría lejos. Con una palabra retiró las brumas y empezó a pensar en cuántas rubias habrían, si habría alguna gran batalla y, lo más importante, sí tendrían cerveza.

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Los guardias albinos mudos enviados por el consejo de los trece para asegrarse que se cumplía la voluntad de estos echaron una rápida y silenciosa mirada al mensajero de Skabscror. El mensajero estaba empezando a ponerse nervioso, por lo que solicitó una audiencia con el líder skaven. Uno de los guardaespaldas pesonales de Skabscror que no habian parado de mirarlo con ojos maliciosos entró en la guarida para hablar con su jefe. Unos minutos después salió un skaven de pelaje totalmente negro, con armadura roja y blanca y una espada oxidada qué goteaba sangre negra con una enorme rata ogro del clan Moulder detrás suya qué el mensajero supuso qué debía de ser Skabscror.
-¡Oh, su más alta eminencia!, tengo nuevas del clan Skyrre
-Más te vale qué me lo digas rápido, estúpido-estúpido
-Las excavaciones van a buen ritmo y los ingenieros ya casi han terminado con la Gran Máquina
-Bien-bien.¡Torturador!
-Noooooooooooooooooooooooo
-Muy bien. Cómo siempre digo el mejor mensajero es el mensajero muerto.¡VistaLarga!
-¿Si, oh, nuestro gran-gran jefe?
-Comunica a todas llos estup...digo las tropas-tropas qué mañana marcharemos sobre las cosas elfas
-¿Tan pronto?
-¿Cómo?¿Quieres discutir las ordenes de mi espada o las quejas?¿Porqué sabes?no hay nada que me apetezca más ahora qué devorar el cadáver de un siervo estúpido-estúpido
-Oh,ningún problema-problema.
-Pues por la gran rata cornuda,¿A qué piedras de la disformidad estás esperando?

Mientras Skabscror se daba la vuelta y se metía en su madriguera, VistaLarga pensó si hacerle el gesto de burla skaven, pero al oír a Torturador comiéndose al mensajero y al notar las miradas de los cuarenta guardias albinos y alimñas se lo pensó mejor y se escabulló entre las sombras para ordenar a otro subordinado que comunicase las nuevas al resto de los skavens.

A lo mejor este capitulo no es muy bueno (peor sera la novela no?)

Por cierto, Aeralos no me lo he inventado yo, es de miguelsalve (asi que echadle las culpas a el :D ) y espero que haya sabido recrear bien a tu personaje
Ah y no os preocupeis, el principe sigue vivo :D

jajajajajaja, XD que bueno....

VI CAPÍTULO: ELFO NO MUERTO,ELFO VIVO,ELFO SALVAJE

Antes de proseguir con la historia voy a describir un poco cómo eran los alrededores de Tor Amaraya. Desde las costas blancas, que eran bordeadas por un pequeño sistema montañoso, hasta la llanura de Tor Amaraya había un gigantesco bosque, cuyo nombre se había perdido en el tiempo. Este bosque guardaba más relación con Athel Loren qué con los bosques de Ulthuan. En los tiempos del auge de los elfos, antes de la guerra de la Secesión, por el día los viajeros elfos iban por el bosque cantando melodías élficas, mientras la música de las arpas y el trino de los pájaros y otras hermosas criaturas inundaban armoniosamente el bosque, mientras se celebraban fiestas y danzas entre loos árboles. Solamente había un puñado de pueblos y todos hechos formando parte del entorno forestal.
El único pueblo qué destacaba sobre los demás era Gharn-El-Dryas. Gharn-El-Dryas estaba rodeado por un caudaloso río, y al contrario qué los demás poblados no estaba muy habitado, ya que al principio fue construido para servir de fortín. Pero todo cambió con la llegada de la guerra de la Secesión. Muchos de elfos murieron bajo las ramas del bosque, enfrentados por la guerra civil. La mayoría de los pueblos fueron arrasados y abandonados, y cuando finalizó la guerra la profunda cicatriz de la muerte dejaría marcados para siempre a los elfos de la colonia. Además, durante la guerra de la barba mantuvieron un duro combate contra los enanos del clan Martom, y posteriormente sufrirían a lo largo del tiempo invasiones de todas las razas, con la única excepción de los skavens. En los momentos del relato ya sólo quedaban un puñado de comunidades élficas en el bosque, ya qué todos los demás linajes se habían trasladado a Tor Amaraya o a Gharn-El-Dryas. El bosque había quedado totalmente silencioso y misteriosas criaturas aullaban por la noche. Gharn-El-Dryas se había fortificado hacia un milenio con una muralla de cinco metros de alto, una gran armería dedicada a Vaul, una pequeña torre vigía y una docena de barcos ocultos para poder en caso de emergencia evacuar a los elfos. Pero todo no tardaría en cambiar

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Aeralos se aburría soberanamente en Gharn-El-Dryas. Los elfos rechazaban silenciosamente sus desafíos, un inhabitual silencio tétrico invadía toda la pequeña fortaleza y para colmo las elfas rechazaban el qué el las calentara la cama. Pero, por fortuna, justo cuando estaba a punto de irse de aquel lugar de mala muerte, los forestales trajeron un humano completamente ebrio. Según ellos lo habían encontrado balbuceando dulces incoherencias de borracho mientras atravesaba el bosque corriendo. Cuándo Aeralos fue a interrogarlo por pura curiosidad (y para divertirse un poco) el humano se quitó el chaleco y demostró que su abultado tamaño era debido en realidad a doce botas de cerveza, que, después de probarlas "un poco" Aeralos supuso qué debía de ser cerveza enana, concretamente Wignur's XXX. Después, en tan sólo tres minutos tanto el humano cómo el elfo ya se habían emborrachado y ahora cantaban blasfemas canciones sobre una elfa, un enano y dos caballos.

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-Bueno, ya hemos llegado.
Yvninn se asomó desde la colina con su hermano Athriel y los fétidos aprendices humanos detrás suya. La verdad era qué la Tumba de los Caídos era uno de los cementerios más impresionantes de Yvresse con mucha razón. Miles de tumbas élficas fusionadas en parte con la hierba se extendían a lo largo de un claro del bosque inmenso. Muchos mausoleos estaban dispersos entre las tumbas, cómo los grandes edificios de un pueblo. Las tumbas estaban distribuidas de manera similar a la de una ciudad, con un mausoleo gigantesco y majestuoso, donde se enterraban a los príncipes de Tor Amaraya. Una cadena de monolitos de pequeño tamaño protegía a la Tumba de los Caídos de las fuerzas malignas.
-Esto es nuevo. No estaba aquí la última vez que estuve en Ulthuan.
-No lo recuerdas porque fue construido en los tiempos de Bel-Hathor. Los elfos de aquí habían librado muchas batallas contra los elfos oscuros, los siervos del caos y hasta con los enanos del clan Martom. Muchos elfos habían muerto en los campos de batalla, y todo tipo de depredadores y carroñeros se alimentaban de los muertos, por lo que los elfos, amargados por la guerra, decidieron dar sepultura a los caídos del presente, del pasado y del futuro qué habían muerto batallando por el rey fénix. En verdad llegamos en hora muy aciaga para los defensores de Ulthuan. Hace no más de medio siglo qué los goblins invadieron el lugar, por lo que ahora hay una gran cantidad de muertos esperando ser levantados por la magia de un vampiro para volver a batallar una vez más.
-¿Cómo sabes tanto de este lugar?
-Porque no es la primera vez que vengo por este lugar. Para obtener el favor del bienamado dios Nurgle tuve primero que venir a batallar contra los extintos elfos. Aquella vez fallé, pero ahora esos malditos van a probar la ira de los renegados. Una vez qué supere las defensas mágicas de los monolitos, los muertos vendrán atraídos a tu gran poder cómo las polillas a la luz. ¡Vosotros! ¿Qué es lo qué miráis? Tenemos cosas por hacer, oh sí, por el bien de Nurgle.

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El Guardián de los lobos blancos lanzó una mirada desdeñosa desde su carro de leones al elfo enfundado qué canturreaba borracho canciones blasfemas sobre una elfa, un enano y dos caballos. Le señalo el mendigo a Yvlerion, el mago procedente de Cracia, y este los ignoró soberanamente y dedicó una larga mirada a la luna y después al pequeño palacio qué el príncipe Fethlorgar le había proporcionado para su pequeña visita.
El guardián agachó la cabeza mientras pensaba en política. El señor de Yvlerion no buscaba solo ayudar a defender Tor Amaraya con su ayuda para rechazar a los invasores, sino qué también extender su influencia a otras zonas. Evidentemente el príncipe Fethlorgar sabía lo que tramaba, pero como no podia rechazar la ayuda, había pedido que recibiera a una embajada de Cracia para negociar. Pasara lo qué pasara, a Yvrelion y sus guardaespaldas de leones blancos no rechazarían la oferta de una estancia a largo plazo en aquel extenso bosque sin ningún leñador. Los únicos inquietos eran los tres leones blancos del carro, qué miraban los alrededores alertas y soltando algún que otro gruñido, como si presintiesen que iba a pasar algo gordo. Y sinceramente, sus “amos” pensaban lo mismo.

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¿Qué hacía ahí? ¿Porqué? ¿Quién era? ¿Donde estaba? ¿Por qué se sentía algo vacío de alma? ¿Porqué tenía ganas de matar todo lo que se encontrase? ¿Por qué esa elfa lo miraba con horror? ¿Porqué tenía un mutante medio rata medio hombre en la mano? ¿De quién era el rastro qué seguía en las tinieblas? ¿Por qué no lograba acordarse de nada?

Acababa hacia unas pocas horas de salir nadando del barco no muerto hundido. Porqué su padre lo había dejado en su frenesí encadenado en la bodega paa que no se escapase. Elthonfiel, un elfo vampiro con más de tres milenios de edad. En los bosques de Tor Amaraya, a apenas dos o tres millas de Gharn-El-Dryas. Por qué no había logrado controlar su maldición del todo. Porque una de las pocas salvaciones qué podía tener era convertirse en una mezcla de Varghulf y elfo lobo salvaje. Porqué estaba a punto de devorarla literalmente. Porqué se había encontrado con una pequeña avanzadilla skaven en el bosque. De su padre, Yvninn. Porqué no podía.

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Un grito de horror cruzó todo el bosque, provocó una reacción en cadena.
A apenas dos o tres millas del lugar, en una pequeña fortaleza élfica, un elfo embozado dejo sus canturreras de borracho para mirar con desafío la oscuridad y acto segido poner mano sobre su espada
Otro elfo cubierto de pieles de león se bajó de su carro y ordeno a sus camaradas preparar las hachas
Un mago elfo se daba cuenta de que estaba habiendo una alteración en los vientos de la magia
Medio pueblo salía de sus casas para contemplar un tanto supersticiosamente a la luna
Un humano miraba una bota vacía de cerveza algo sorprendido y se preguntaba si no se estaría pasando un poco con eso de pensar
A apenas una milla del pueblo, en un majestuoso cementerio, Un elfo vestido de harapos pestilentes contemplaba con satisfacción cómo las energías protectoras de unos monolitos desaparecían
Un elfo amargado con un parche en el ojo miraba las sombras, recordando a su olvidado hijo, mientras orquestaba una táctica
Miles de no muertos se levantaban de sus tumbas atraídos hacia un elfo pálido con parche en un ojo
Media docena de seguidores de Nurgle se preguntaban abatidos qué hacían ahí
A apenas unas cinco millas, en los riscos de una montaña Un skaven de pelaje gris se preguntaba si alguno de sus enemigos habría encontrado la muerte
Un skaven de pelaje negro soltaba frenéticamente órdenes a sus lacayos
Un skaven lleno de pus y enfermedades ordenaba a sus enfermizos subordinados qué moviesen más rápido un caldero gigante de plagas
Más de diez mil skavens se preguntaban si el clan Moulder habría soltado una nueva bestia y quién sería el siguiente
Miles de skavens se preguntaban quién sería el siguiente en sufrir semejante destino y si no iría a por ellos

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Aeralos dejo sus borracheras, logrando controlar su embriagadse con uno de sus más queridos hechizos, qué hacia qué el alcohol “se retirara”, aunque la consecuencia negativa era que al día siguiente tendría el peor resacón del mundo. Aeralos controlo el flujo de sus pensamientos tal y cómo le habían enseñado sus maestros en Hoeth. Respiró hondo y acto seguido concentró su larga vista amplificada por otro hechizo en el sombrío bosque. Algo no iba bien. Los pájaros salían volando de las copas de los árboles, cómo si huyesen de algo, y toda una bandada de cuervos sobrevolaba el pueblo.

Concentró aún más su vista y sus sentidos mágicos y detecto dos perturbaciones en los vientos de la magia. Miró a su izquierda y pudo ver cómo mientras los leones blancos preparaban sus hachas el mago elfo ascendía en el nivel del suelo y mediante su misma técnica observaba alerta el bosque. Y la otra…
Estaba a punto de intentar averiguar el paradero de la otra cuando de repente el vigía bajó de su torre, alertando de que un enemigo se acercaba. Mientras los elfos corrían silenciosamente para armarse, un elfo algo distinguido se acercaba al mago, qué ya había descendido al suelo y preparaba un bastón mágico de oro y gemas con un cristal azul qué relucía en la oscuridad. El elfo se dirigió al mago en susurros, tan inaudibles qué Aeralos, poco acostumbrado a susurrar, pudo captar lo que decían acercándose a casi dos metros de la conversación y afinando el oído todo lo qué pudo.
-Se acerca un ……………. Hay … prepa…… Necesi….. tus ……… y … de …. guarda….das. ¿Es… listo … bat…la?
El mago miro al supuesto noble un tanto sorprendido. Finalmente el cristal se iluminó levemente y hizo un gesto de afirmación con la cabeza. El elfo dio media vuelta esperanzado hacia las murallas, donde se estaban preparando las defensas apresuradamente. El mago hizo el mismo gesto de afirmación con sus guardaespaldas y estos asintieron también de la misma manera. Aeralos, un tanto confundido, se dirigió al mago:
-Ey, tu, el de la vara
“El de la vara” se encaró a él, un tanto cansado, y le recibió con impasibilidad su mirada interrogativa.
-¿Qué es lo que quieres, Aeralos el desterrado?
Aeralos se detuvo, mirandolo con una mirada aún más interrogativa y un toque de amenaza que hizo que el jefe de los leones caminara para ponerse al lado del mago. El mago hizo un gesto con las manos apenas apreciable y el jefe de los leones volvió con sus camaradas, un tanto alerta a la conversación. Aeralos retiró la mano del pomo de su espada y siguió preguntando.
-¿Sabes contra lo que nos enfrentamos?
-No, no lo sé con certeza. Puedo percibir en estos momentos varios focos de energía maligna, uno en las montañas, otro por el bosque y otro muy cerca de aquí.
-¿No será de fuentes muy muy muy malignas?
-Si, tiene además cierta similitud con un foco de magia élfica.
-Pues solo pueden ser no muertos.
-¿Porqué?
-¿No notas qué en nuestra dirección sopla un viento gélido como las brisas invernales? ¿No notas qué en la dirección de esa fuerza hay un halo de energía sepulcral? Al principio creía qué era por este lugar de mala muerte, pero ahora ya se qué es por otros motivos…
-Pues entonces estamos perdidos.
-¿Porqué?
-Porque muy probablemente el general haya despertado a la no muerte a los miles de muertos que hay enterrados en un cementerio de la zona. ¿Se te ocurre algo? Si son no muertos solo nos quedaría la opción de huir en los veleros ocultos…
-¡Jamás! ¡Yo nunca huyo ante una buena pelea! Nos quedaremos a pelear como homb… digo elfos. Pero bastantes muertes de inocentes ha habido en mi vida. Solo hay una alternativa. Precisamente en mi última visita robe a un mago los pergaminos de la perdición. Son mucho más eficaces que los de dispersión, ya que anulan TODA la energía mágica qué haya e cinco millas a la redonda. Lo único malo es que tarda dos horas en recargarse. Así que cómo yo soy mejor que tú, aquí te dejo el pergamino mientras yo me voy a dirigir la operación distracción.
Antes de que el mago pudiese decir nada, Aeralos ya se había ido junto a las líneas, gritando a los cuatro vientos que les enseñaría a pelear de verdad.

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La batalla empezó casi una hora más tarde. Mientras Yvlerion recargaba el pergamino de la perdición Aeralos había suplantado al noble del fortín sin miramientos, dando a los elfos varias tácticas para aprovechar la inferioridad numérica. Cuándo los primeros esqueletos surgieron del bosque los elfos ya tenían los arcos tensados. La horda no muerta era lo más inmensa posible, ya qué Gharn-El-Dryas iba a tener qué batallar con todos los no muertos qué habían ido entrrando, muchos de los cuales tenían hasta cuatro milenios de antigüedad. En el centro de la horda podía verse a un elfo de tez pálida, acompañado por unos humanos y todos ellos con las pústulas, granos y enfermedades cracterísticos de los seguidores de Nurgle.

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Aeralos observó a sus ahora más confiados “aprendices”. Todos tenían el brillo de la arrogancia en sus ojos y todos pensaban en lo más hondo de sus corazones si Aeralos sería un traidor a la raza élfica. Aeralos suspiró y miró la puerta por vigésima vez. La mujer elfa a la qué había intentado cortejar antes varias veces tenía instrucciones de abrir la puerta en cuánto los esqueletos pusieran un pie sobre el puente. Echó una ligera mirada hacia las murallas y vio que los arqueros y lanzavirotes habían empezado a disparar. Aeralos pronunció entre dientes una maldición qué hizo qué las flechas se tornaran rojas. Eso conseguiría qué ningun arquero fallara el blanco y qué hasta el más fornido gigante tendría qué ponerse a cubierto para no acabar acribillado.

Veinte minutos estuvo esperando plantado delante de la falange élfica. Sabía que en cuanto cruzaran el puente la puerta se cerraría y el puente se levaría, por lo qué una vez fuera no habría marcha atrás. Aeralos reaccionó de pronto, ya qué la elfa buenorra le había hecho la señal. Le hizo un pequeño guiño que hizo que se sonrojara tímida, y acto seguido el desterrado sacó de su vaina la espada, pensando feliz en que esa noche iba a hacer el amor.
La puerta se abrió y Aeralos pudo ver lo que quedaba de la vanguardia enemiga. Casi todos los muertos llevaban ropas élficas y armaduras oxidadas. Los elfos de su falange hicieron un gesto de asco al ver los gusanos mancillando el cuerpo de sus antepasados y Aeralos supo qué lo segurían hasta el final. Se adelantó, con la espada en vilo, y le cortó el cuello a un muerto qué llevaba viejas ropas de príncipe. Otro qué estaba detrás alzó su lanza, pero Aeralos rápidamente la esquivó y devolvió la muerte a otros cuatro esqueletos más. Aeralos pudo observar qué aquellos no muertos eran más rápidos de lo normal, por lo qué susurró entre las sombras a los lanceros que tuvieran cuidado Estos ya habían empezado a acometer contra los huesos de sus antepasados, corriendo en pos de su nuevo líder. Este último alzo la espada y la volvió a cargar contra los que nunca debieron de salir de sus tumbas, consiguiendo qué todos los elfos vivos cruzaran el puente para qué acto seguido la puerta se cerrara y el puente se levara. Ahora si qué le gustaba el pueblo.

Bueno, todavía tenía qué hacer el amor, y pensó que si terminaba rápido la batalla a lo mejo cumpliría ese cometido, pero una lanza podrida lo despertó de sus ensimismentos cuándo casi se clavó en un resquicio de la armadura.

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Yvninn estaba que no cabía en sí de gozo. Su plan era tan bueno qué ni siquiera los elfos se lo habían imaginado, ni siquiera remotamente. No en vano había cogido a una cuarta parte de su ejército, desde luego qué no. Podía ver a los espíritus de los difuntos recorriendo el oscuro cielo estrellado, intentando robar el alma a cualquier elfo despistado. Cómo muchos de los elfos muertos habían sido otrora veteranos en asedios, estos estaban trepando por la pequeña muralla, buscando algún vivo al que quitarle la vida. Yvninn terminó de trepar por la muralla y se asomó desde las almenas no defendidas. Pudo ver que Athriel había seguido sus instrucciones de atacar en un mismo lugar para concentrar las fuerzas élficas en un mismo sitio. Saltó desde las almenas, aterrizando en el suelo de manera similar a un murciélago. Ordeno a los esqueletos avanzar por las calles, pero entonces se fijo en que tenía en su pierna una flecha de leñador clavada. Estaba a punto de reaccionar cuando vio surgir de entre las brumas una esfera azul de poca potencia, que ni siquiera lo despeinó. Pero acto seguido unos pocos lanceros acompañados por unos elfos con pieles y hachas.

Una vez qué el combate empezó, Yvninn pudo ver qué los elfos de capas eran mucho más eficaces, ya que destrozaron con sus hachas a casi toda la vanguardia, pero esto no hizo más que hacerle encogerse un poco los hombros, ya qué a su paso los muertos se levantaban para volver a combatir. Yvninn sujeto una hacha que estaba a punto de decapitarle con la mano y le clavó la espada al portador. Mientras, otro elfo alzaba su hacha, pero hizo una X en el aire que hizo que le cortara la oreja a uno, a otro le rajara la cabeza por la mitad y le dejara sin una pierna y a un elfo del centro se le quedaba “dibujada” en el cuerpo una X ensangrentada con su propia sangre. Yvninn pisoteó la cabeza de un elfo que estaba a punto de levantarse. Mientras combatía y lanzaba tajos a diestro y siniestro, pudo oír un rugido de tres leones en el fondo de la calle.

Solo cuando estuvo a veinte metros pudo distinguir a un carro élfico tirado por tres leones qué iba directo a él. Yvninn corrió entre los contrincantes hacia el carro, rugiendo tambien. El impacto fue muy duro. Yvninn se escurrió entre los leones soltando algun espadazo a estos, y se subió al carro. Los aurigas tardaron un poco en reaccionar, tiempo que aprovecho para tirar al suelo a uno y romperle el hacha a otro. Justo cuando otro elfo de capas del carro alzó su lanza Yvninn saltó a los lomos de uno de los leones. El león rugió al cielo, desesperado por no poder hacer nada, mientras Yvninn esquivaba los zarpazos de otro león y las estocadas de el auriga con lanza. Finalmente logró clavarle la espada al león, que cayó estrepitosamente al suelo muerto, volcando al carro. Yvninn aprovechó la confusión para clavarle la espada a uno de los leones en la frente y decapitar a uno de los dos aurigas restantes, al que le había partido el hacha. El elfo con lanza intentó clavarsela, pero Yvninn tiró de la lanza, haciendo qué el elfo cayera al suelo víctima de su inferior fuerza, para acto seguido ser apuñalado por la espalda.

Yvninn miró alrededor de la batalla y antes de que pudiese hacer nada el león que quedaba se le abalanzó encima, intentando morderle el cuello y clavando sus uñas afiladas en los hombros del semivampiro. Yvninn, al habérsele caído la espada mordió al león la lengua, arrancándole la mitad. Escupió la lengua y se levantó aprovechando qué el león se alejaba un poco rugiendo al cielo estrellado. Yvninn cogió la espada, justo antes de que el león furioso e diera un zarpazo en un hombro. Yvninn intentó volverse, pero el león lo tumbó de nuevo al suelo. Pero justo cuando el león saltó para intentar darle el zarpazo definitivo Yvninn se reincorporó a la velocidad del relámpago y metio la espada en el vientre blanco, haciendo que ambos cayeran al suelo por el impacto. Finalmente el animal soltó un último rugido antes de morir mientras Yvninn se alzaba triunfante y ensangrentado sobre el campo de la batalla. Una vez se hubo levantado Yvninn pensó que ya iba siendo hora de buscar al líder de los elfos de pieles, cuándo notó qué alguien estaba invocando un hechizo. Rápidamente atravesó las líneas élficas rumbo hacia el supuesto mago.

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Aeralos hizo un barrido con su espada que partió huesos por todas partes. Posteriormente se adelantó por enésima vez a los intentos de las lanzas viejas de matarle y repartió mas tajos en llos puntos donde las armaduras oxidadas poco podían hacer. Los no muertos intentaron hacer una barrera con sus lanzas para impedirle su implacable avance, pero hizo otro barrido qué rompió las lanzas y otro tercero qué mató a los portadores. Alzo la espada al cielo, cómo si pretendiese hacerse un retrato heroico y echo un vistazo a sus “aprendices”.

Iban algo más retrasados, pero su muralla de escudos y lanzas también avanzaba implacable, destrozando una y otra vez a los viejos huesos de sus antepasados, qué lo único qué hacían era estrellarse contra tan sólida defensa cómo el mar choca contra las impávidas rocas. Pero al igual que el mar, la interminable horda de difuntos mataba a algún elfo con cada ataque y sólo era cuestión de tiempo el qué los elfos no se dieran a vasto para cubrir todos los huecos. Es más, cada vez los huecos aumentaban en número, pero a pesar de todos esos deslices Aeralos se sintió orgulloso de sus guerreros y pensó que si seguía así a lo mejor un día podría volver a Hoeth cómo un triunfador y no cómo el elfo avergonzado que se fue. Este pensamiento le dio tantos ánimos cómo cuando hizo el amor con la última princesa o cuándo derrotó en honroso duelo al último príncipe qué sabía combatir de verdad. Además también pensó que, lamentablemente el mago se llevaría protagonismo que le correspondía por legitimidad, pero le quitó importancia cuándo invocó un águila de fuego para arrasar las líneas no muertas y frenar un poco el próximo ataque.

Cuándo dirigió la vista a las murallas vio cómo se estaba librando un sangriento combate entre los arqueros, los centinelas y unos no muertos qué parecían haberse infiltrado por una zona del fortín no defendida. Sorprendido se dio cuenta de que estaba viendo una pequeña visión del futuro desgraciadamente próximo. Entonces supuso qué el resto estaría avanzando por las calles, lo cual arruinaría por completo sus planes, por lo qué mandó un mensaje telepático al mago informándole del peligro, el cual le respondió diciendo que no se preocupara. Eso no le tranquilizo, pero al fin y al cabo el no iba a estar ahí, por lo qué cerró la comunicación y decidió buscar al no muerto de Nurgle que vio antes.

Unos minutos de combates con ambas líneas intercambiando por igual lanzazos y los elfos continuando su avance Aeralos por fin lo vio, escoltado por unos antiguos espaderos de Hoeth. Curiosamente la procedencia de la guardia hizo que cargara furioso contra los elfos no muertos y su repugnante líder, acompañado por sus “aprendices”. Al principio el impacto de las fuerzas empezó con la balanza a favor de Aeralos, ya que sus “aprendices” empezaron haciendo una carga asombrosa, destrozando con sus escudos a varios no muertos, y Aeralos en el centro decapitando no muertos sin problemas. Estos al final reaccionaron y se aprovecharon su gran y ancestral maestría para esquivar los escudos y matar elfos cómo quién presiona todo el ato una concha que al final se fractura por la presión. Aeralos vio cómo algunas de sus estocadas eran paradas con éxito, mientras los esqueletos de los guerreros se unieron al combate. Pero lo peor fue cuándo el mago no muerto empezó a usar su maligna y pestilente hechicería. Al principio intentó lanzar una bola mágica verde pálido qué Aeralos dispersó con éxito. Luego, aprovechando que Aeralos forcejeaba con uno de los espaderos el señor no muerto lanzó un viento sulfuroso qué hizo qué un puñado de elfos vivos se sumaran a las bajas.

Aún así Aeralos consiguió sobreponerse a las adversidades y atrvesó las líneas de los guardaespaldas, hallándose finalmente con el pustulento general. Este miró a los lados buscando una ruta de huida, en la cual se interpuso Aeralos. Aeralos, ya un poco aburrido, alzó la espada para poner fin a todo, pero de repente notó una intromisión mental. ¡Fantasmas! Le gritaban en lo más profundo de su cerebro, impidiéndole hacer algo, y intentando arrancarle el alma literalmente. Aeralos puso todas sus fuerzas mágicas para oponerse a los fantasmas. Estos le impedían hacer cualquier cosa, pero aún así Aeralos consiguió ganar algo de terreno, mientras acumulaba magia para imponerse. Mientras libraba esta lucha mental pudo ver antes de arrodillarse y llevarse las manos a las sienes cómo sus “aprendices” iban cayendo o huyendo desesperados frente a este nuevo enemigo, y los camaradas a los cuales no les habían atacado mentalmente ya tenían serios problemas contra los ahora superiores esqueletos. Aeralos no se rindió a la desesperanza pese a las malísimas circunstancias y acometió mentalmente con todas sus fuerzas. Mientras libraba desesperado su batalla mental y mágica un esqueleto con hacha se le fue acercando amenazador.

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Squeweel reunió los vientos de la magia cada vez más amenazadoramente. Para no despertar sospechas entre los demás videntes sólo se había tomado tres fragmentitos de piedra bruja, lo cual habia hecho que tardara tiempo en reunir la energía y ahora ya estaba listo. Con una sonrisa en el morro lanzo el letalísimo ataque mental que mataría a Skabscror sin dejar rastro. Pero justo cuando señalaba simuladamente a Skabscror notó qué un contrahechizo de las cosas elfas dispersaba el hechizo insultantemente fácil. Squeweel se llevó desesperado una garra a la cara y se escurrió entre las sombras.

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Yvninn observó desesperado cómo después de qué el mago soltara una terrible descarga sobre sus muertos estos iban descomponiéndose a velocidad alarmante, mientras los elfos mataban cómodamente a los que todavía no habían sido invocados. Por unos momentos pudo notar cómo felizmente la maldición desaparecía, pero al rato volvió, provocándole un nuevo ataque fantasmal qué hizo que huyera lo máss rápido posible antes de que los elfos aprovecharan su debilidad. Pero juro que volvería en un futuro.

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Aeralos se levantó aliviado de que el ataque fantasmal cesara. Vio cómo después de la exitosa invocación por parte del mago y antes de lo previsto todos los muertos iban descomponiéndose. Lamentablemente ya sólo quedaban unos doce “aprendices”, pero aun así había valido la pena. Cogió el hacha del muerto de antes mientras buscaba con la mirada al seguidor de Nurgle, pero este había desaparecido como alma que lleva el diablo. No importaba. Ahora iba a tener el polvo de su vida.

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Skabscror se encaramó desafiante desde la roca. Había visto (bueno, había ordenado a VistaLarga que viera) cómo iba avanzando la batalla entre las cosas elficas y las cosas muertas. Torturador rugió desde el suelo impaciente por comer algo y mirando hambrientamente a uno de los guardias albinos. Temeroso de represalias del consejo de los trece Skabscror le señalo cansado a un guerrero, qué después de eso solo tardaría medio segundo más en estar entre los vivos. Antes habían librado una exitosa baalla contra las cosas elficas del bosque, batalla que se habia tornado en victoria absoluta después de la intervención del clan Eshin. Después sus avanzadillas le comunicaron que habían tenido encuentros con cosas muertas que iban hacia una fortaleza de cosas elfas. Skabscror ordenó después a las tropas que esperaran a su señal.

Y ahora apenas quedaban cosas elfas y las cosas muertas ya no existían, por lo que Skabscror señalo con su dedo a la fortaleza de las cosas elfas, haciendo que hasta las ramas temblasen bajo el paso de su gran horda. Después pudo notar una punzada de dolor provocada por el veneno. Skabscror miró algo asustado la cicatriz, ya que antes el dolor era muy agudo. Iban a tener que darse mucha prisa si querría curarse…

Joe menudo tostonazo os he escrito no?

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por cierto, cambio algo o no? es que no me convence el resultado,no se...
Por cierto los elfos tienen alcantarillas?

CAPÍTULO VII:TRAMAS EN LAS SOMBRAS

Diario de Sigismund del Imperio. Día (?): Estoy completamente confuso. Hace unas cinco horas que me he levantado y todavía sigo teniendo una de las diez peores resacas de mi vida. Apenas puedo hablar y ya me cuesta seguir escribiendo en este diario, pero haré un esfuerzo. Cuando me levante me encontré en el camarote de un barco. Olía todo muy bien y además todo era también muy elegante. Pero cuándo salí a cubierta a tomar un poco de aire…bueno, pues digamos que he visto entierros más alegres. Estos elfos son todavía más amargados que los comerciantes que vienen al castillo desde Ulthuan. Nadie me ha dicho nada, el único elfo que ha venido a verme ha sido un elfo embozado en capa y máscara preguntándome si me quedaba más cerveza. Lamentablemente ya no me queda nada, al parecer ser lo gaste todo el otro día. Para relajarme un poco he leído la última anotación del diario y… ¡que Sigmar nos proteja¡ ¡He bebido de la Wignur’s XXX! Lo tenía reservado para celebrar una fiesta con los lagartos… En todo caso tampoco se cómo he llegado aquí ni qué le ha pasado a mi tripulación. Lo único qué sé es que voy a…
(Media página manchada de vómito)
¡Maldita sea! Si tuviera una buena jarra de cerveza…

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Si hubiera un ranking de las cinco ciudades de Tor Yvvresse mejor defendidas, seguro que Athel Amaraya estaría en él. Era una magnífica ciudad. La muralla principal, que se alzaba imponente sobre las llanuras, cercaba completamente la ciudad y solo se podía acceder a través de una serie de pasadizos secretos qué sólo un puñado de elfos conocían o a través la gran puerta con forma de cono y plateada que era custodiada en todo momento y podía resistir casi tanto cómo las blancas y azules murallas. El resto de la ciudad ya estaba hecha con fines un poco más artísticos. Un gran número de minaretes, ciudadelas y pequeñas torres se alzaban por encima de las hermosas casas elfas. A pesar de los amargos tiempos por los qué pasaba Tor Yvresse, siempre acudían a la ciudad trovadores y comerciantes de toda Ulthuan. Aún así todavía había más murallas y refugios para esconderse, además de qué si el enemigo no conocía bien el entramado de callejuelas de la ciudad estaría en una seria desventaja, ya que los caminos de mármol se dividían en tres o cuatro direcciones más a cada paso qué dabas. En casos de emergencia también podían crearse barricadas improvisadas en las plazas qué había dispersas. En la ciudad había tres sitos principales:
La Plaza del Guardián, una gran plaza delante de las puertas de la ciudad en forma de óvalo, en cuyo centro estaba una estatua de un antiguo héroe elfo que ayudó a rechazar el avance imparable de los enanos del clan Martom y qué todavía tenía un arco de piedra y una flecha apuntando al cielo, cómo si todavía estuviese vivo.
La Cúpula de los Sanadores, una gran estructura en forma de cúpula qué se hallaba en la penúltima línea de defensas de la ciudad, enfrente de un hermoso y pequeño lago. El edificio en sí no destacaba mucho sobre los demás, lo único que hacía que el viajero observador se fijara en el eran la gran cantidad de minaretes qué había alrededor de la zona qué ocupaba y su forma de cúpula. Además el templo está totalmente dedicado a Isha, por lo qué hay una gran cantidad e sanadores y sanadoras, además de qué el lago tiene cualidades curativas y es en una de las salas donde reside el Gran Mago de Athel Amaraya y también donde entrena a los nuevos aprendices de mago.
El último emplazamiento más importante de Athel Amaraya era el Palacio de los Panteones Estrellados. Visto desde lejos el palacio guardaba grandes parecidos con los palacios humanos, con un jardín laberíntico, puertas de mármol, cúpulas que se elevaban al cielo, ventanas estrechas, guardias (en concreto la guardia del fénix) patrullando los alrededores, un establo donde los corceles de los elfos venían a descansar…pero todo cambiaba cuándo entrabas por la puerta amarmolada repleta de adornos. Las paredes estaban pintadas por grandes artistas de épocas más felices, los espejos abundaban por doquier, las gemas relucían en las salas, por las ventanas entraba un viento fresco y cálido al mismo tiempo qué hacía al viajero sentirse cómo en su casa, sobre todo cuando habían habitaciones donde el viajero podía reposar. La única zona prohibida era la habitación del Príncipe de Amaraya, vigilada en todo momento por dos silenciosos guardias.
Por último, y sin dejar por ello de resultar magnífico y hermoso, la fortaleza se erguía imponente sobre una amplia llanura de hierba verde chillona. Normalmente esta pradera estaba vacía, pero eso no tardaría en cambiar…

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Dolía. Y dolía mucho, pero a pesar de que hasta un no muerto cómo él podía sentir su propia arma incendiaria explotante abrasándole la piel, torturándole el alma y hasta regurgitando en su cerebro, quería más. Ya estaba harto de esperar, buscando remedio a su maldición. Ya estaba harto de ser un no muerto, de no sentir ya el latido de su corazón, o del sudor que atravesaba su cara, o de la mayoría de sentimientos que la maldición le había arrebatado. Ya solo quería morir. Pero su propia autotortura no lograba hacerlo. Lo único que no quería era que los skavens lo capturasen, por lo que llevaba días encaramado en un árbol, autotorturándose. Ahora ya solo pasaban inmundos skavens de vez en cuando, por lo que no había peligro. Una vez en el suelo, escuchó una voz que conocía demasiado, una voz que lo había traicionado, recordó, pero eso no le importaba ya:
-Yvninn ¿qué haces?
-¿Tú que crees,Athriel? Voy a librarme de esta maldición
-Muy bien, pero antes de que lo hagas déjame hacerte una propuesta.
-…………………..Te escucho
-Cómo bien sabes, yo ya no tengo que sufrir los condenados efectos de nuestra maldita dinastía, ya qué hace tiempo el Todopoderoso Nurgle me tocó con su divina mano, y desde entonces ya no soy cómo tú. Pues, verás, yo y mis siervos hemos pensado en qué podríamos hacer un ritual en el que podemos devolverte a la normalidad con, por supuesto, la ayuda del Todopoderoso. Lo único malo es que para qué el ritual adquiera efecto, necesitamos la sangre de un maldito.
-De acuerdo. Pues empecemos.
-No, aquí no. No me gustaría tener a los skavens husmeando en mis asuntos.
Una vez dicho esto, se marchó por donde había venido junto a sus aprendices humanos. Yvninn se paró un rato a pensarlo, pero finalmente decidió seguirlos. Tal vez no lo hubiera hecho si hubiera visto a su hermano sonreír disimulada y maliciosamente.

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Skabscror sonrió enseñando todos sus dientes a la blanca luna. Todo era perfecto. Su plan de no atacar ni a las cosas muertas ni a las cosas elfas había acabado dando sus frutos. Las cosas elfas habían huido a su patética ciudad, seguramente aterrados al ver su gran poderío. Sonrió una vez más, pero esta vez a los guardias albinos qué había enviado el Consejo, y el jefe de la guardia respondió con un gruñido amenazador. Antes había estado ordenando dictaminando a los caudillos y señores de la guerra la estrategia a seguir, que por supuesto había hecho su gran intelecto skaven. Hace poco había recibido un mensaje de Squeweel, diciéndole que quería tener con él una audiencia. Skabscror no se fiaba mucho del rastrero vidente, ya qué sabía lo poco reacios qué podían ser los videntes a perder una batalla política, y además en su lista de sospechosos de querer asesinarle él era el primero. Decidió al final qué vendría, pero cuando la aguja del cronometro skaven se pusiera en el trece. Ahora además tenía cosas más importantes por hacer. Iba a hablar con el asesino skaven más famoso de aquella horda, el sigiloso Kritten del clan Eshin. Pero antes de todo eso tenía qué hablar con los maestros del clan Moulder. Pero justo cuando se dispuso a dirigirse con sus andares nerviosos hacia el laboratorio de los maestros, sintió una punzada de dolor terrible en los pulmones. Se agarró el pecho con fuerza y pensó qué se le estaba acabando el tiempo. Atacaría dentro de dos días.

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Squeweel se asomó a su piedra de vidente, escudriñando en ella cómo un avaro observa los detalles de una moneda. Estaba espiando al trece veces maldito Skabscror, qué no se cansaba de burlarse de él. El vidente no pudo evitar morderse la cola. ¡Cuántas veces más se libraría de un destino qué se merecía! ¡No era justo! Sólo un skaven de su gran intelecto podía liderar a aquella horda a la victoria, sólo el. Pero ya tenía el plan perfecto. Aún así quería ver que tramaba el insolente traidor antes de ejecutar su plan. Vio al insolente gritando nervioso a un maestro del clan Moulder. No paraba de llevarse la mano al pecho, lo cual intrigó al vidente, pero aun así tenía qué saber qué tramaban. Esnifó un saco de polvo de piedra bruja y volvió a asomarse a la piedra de vidente. Al fin pudo saber qué el hereje estaba hablando de…de una arma. Sí-sí, de una arma, un arma que parecía llamarse “el rey de las ratas”. Cada vez estaba más intrigado. Siguió intentando vislumbrar a través de la piedra y pudo ver un monstruo bípedo enorme. Le sacaba por lo menos tres cabezas a Torturador, en vez de mandíbula tenía unas tres hileras de dientes dispuestas de tal forma qué parecía qué estaba sonriendo, y tenía el pelaje totalmente blanco. Esa enorme criatura sólo podía ser el rey de las ratas. Ya tenía encargo para Kritten era su asesino más rentable.

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El jefe del consejo de sacerdotes de la plaga estaba divirtiéndose. Ya había creado una plaga qué inundaría en el nombre de la Gran Rata Cornuda toda la isla de las cosas-elfas y las enseñaría el verdadero valor de la fe hacia Su Deidad Suprema. Ya había infectado con su plaga a dos ratas esqueléticas, qué infectarían primero a los habitantes de la fortaleza e iría extendiéndose cómo el fuego por el papel. Sabía que los elfos, al contrario que los humanos, no tenían grandes capacidades de reproducción, por lo qué pensó qué si lograba infiltrar a aquellas tres huesudas ratas lograría extinguir toda una raza en unos pocos latidos. Y ahí entraba Kritten. Molkit observó con un poco de intriga al famoso asesino, que no paraba de moverse entre las sombras de la cueva. Muchas leyendas había sobre él, entre ellas qué Snikch lo había entrenado, qué había asesinado reyes, príncipes y caudillos de todas las razas, incluido una de esas ranas gordas del sur (Slann) y un dragón, qué estuvo durante un par de meses en la desconocida disformidad…Muchas eran las leyendas, y muchas las mentiras, pero Molkit pensó que el asesino seguía siendo absolutamente misterioso, con o sin leyendas. Kritten iba siempre oculto en una capa larga tan negra y siniestra cómo la noche, y ahora estaba tan bien escondido en las tinieblas qué sólo podía ver el resplandecer de sus dientes de oro. Según decía una leyenda, perdió los dientes contra el dragón, por lo que Molkit pensó que solamente alguien totalmente fiel a la Gran Rata Cornuda cómo él podría hacer esa acción. Salió de sus ensoñaciones y se dirigió al asesino:

-Lleva esto a la ciudad de las cosas-elfas-dijo ofreciéndole con la zarpa una jaula con las ratas infectadas. Antes de qué el asesino respondiese Molkit creyó ver cómo la dentadura de oro adquiría un brillo durante unos segundos.
-Ya sabes qué no trabajo gratis-dijo amenazador con una voz que se asemejaba más con el hablar viperino de las serpientes qué de la lengua skaven. Durante unos segundos se pensó el matar al skaven infiel con una de sus plagas, pero al final se dio cuenta de que no tenía ganas de volver a torturar a los mensajeros del clan Eshin. Ni tiempo. Disgustado, sacó de su túnica harapienta un saco con piedra bruja y se la arrojo. Antes siquiera de qué la bolsa alcanzase el suelo Kritten la atrapó a la velocidad del rayo. Pudo oír, a pesar de qué era medio sordo, cómo el miembro del clan Eshin abría el saco y lo miraba disgustado, penetrandole con sus ojillos rojos

-También sabrás que no solo pido eso-volvió a decir sibilinamente. El obispo tuvo que volvérselo a pensar, pero al final arrojó otro saco lleno de monedas de oros que esta vez lo cogió antes siquiera de que lo lanzase y que el obispo se diese cuenta de qué había pasado. Cada vez más disgustado le concretó por donde ir y donde dejar la apestosa rata, aprovechando el ataque de vanguardia qué haría Skabscror el siguiente día al mediodía. Molkit se volvió y pensó que ya era hora de mandar a sus garrapultas qué bombardeasen desde la retaguardia (por supuesto él y sus monjes tendrían que quedarse también en la retaguardia) a la ancestral ciudad. Mientras se dirigía a sus discípulos hizo que el portador de la plaga les leyera un pasaje del Liber Bubonicus. Tampoco iba a perderse la audiencia entre Skabscror y Squeweel…

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Skabscror miró al vidente desde su trono improvisado de un esclavo. No paraba de escudriñarlo, esperando cualquier tipo de gesto de duda qué le otorgase cierta ventaja, pero desafortunadamente lo único qué logró intuir era qué el vidente tramaba algo, aunque eso hasta un esclavo de las cosas-verdes lo podía ver. El vidente estaba además cometiendo la insensatez de no postrarse ante él. Finalmente, después de unos latidos de espera de intercambios no verbales que se hicieron eternos Skabscror le ordenó hablar
-Cómo legítimo general de este ejercito,oh sí-sí, no tienes porque ordenarme nada-nada, alimaña.
El señor de la guerra no pudo contenerse y estallo en carcajadas, sin dejar de pensar que aquel insolente mago estaba empezando a resultarle molesto
-¿cómo-cómo? Cómo superior a ti en rango, no tengo porque obedecerte, es más, el consejo de los trece me ha nombrado a MI.
A medida qué la discusión iba tomando un cariz más morboso, los caudillos y los señores de guerra que staban presentes en la concava mansión elfa observaron con interes la escena. De entre los convidados Skreek surgió molesto:
-Y como segundo al mando, que soy yo, tu no pintas nada-nada aquí. Vete con tus papiros a tu cueva.
Ahora empezaron a haber cada vez más cuchicheos entre los miembros del consejo. Skabscror le soltó por lo bajini una mirada asesina. Nadie había dicho que pudiese inmiscuirse en la conversación, lo cual le recordó a Skabscror los rumores de qué Skreek había cogido a todo un ejercito de esclavos, varios ingenieros y incluso al aprendiz de Ikit, Haw el “ingenioso”. Nadie sabía que era lo qué se traía entre manos, ya que Skreek había puesto toda una cadena de centinelas en el perímetro que impedía el paso a cualquiera. Según los rumores, una humareda de viento salía desde el escondrijo donde supuestamente estaban Skreek y su horda. Skreek no había querido decir nada al respecto, por lo que los rumores habían aumentado. Además todos los espías que enviaba desaparecían…Pero ahora habían cosas-cosas más importantes que hacer, cómo impedir qué Skreek se apuntase el tanto, pero antes de dirigirse al insolente skaven, Squeweel tuvo la osadía de hablar con voz amenazadora, interrumpiendole.
-He pensado qué cómo vamos a tener una gran victoria frente a las cosas-elfas, no tendrás inconveniente en que invoce a un señor de las alimañas para mostrar todo el poderío de nuestra raza, pero antes me preguntaba si su señor de la guerra no tendría ninguna inconveniencia.
Ahora el nivel de los cuchicheos aumentó en la sala. Todos los convidados olfatearon ansiosos el aire, esperando la respuesta de Skabscror. Menua encerrona.

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Squeweel sonrió para sus adentros. El plan era perfecto incluso para su gran intelecto skaven. Si el señor de la guerra se negaba a que dicha invocación tuviese lugar, el lo tildaría de hereje, lo encerraría en un calabozo y se autootorgaría el liderato del ejército. Y si el señor de la guerra aceptaba, muy probablemente saldría muerto, atrapado en los maquiavélicos planes del señor de las alimañas. Ya podía olfatear las mieles de la victoria. Pero justo cuando se disponía a hablar, el señor de la guerra le contestó:
-Muy-muy buena idea, vidente. Y además, cómo gran día de Su Deidad, invocarás al señor de las alimañas justo frente a las murallas del enemigo, desde tu campana, para demostrar a La Gran Cornuda nuestra entera sumisión y lealtad.
¡Maldición¡ Esa respuesta no se la esperaba. Ahora era él el que estaba metido en una encerrona, pero aún así Skabscror seguiría siendo el general, por lo que todavía tenía una oportunidad. Aceptó el reto y salió correteando hacia su cueva. Además le tenía que mandar un recado a Kritten…

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El señor de la guerra examinó al furtivo asesino. No podía evitar pensar que había visto a Kritten en algun sitio, pero ya no se acordaba de donde. Tampoco recordaba haberle hecho algún “encargo”, por lo que a lo mejor…pero tenía qué encomendarle al asesino su tarea. Ente sus tareas le mandó que asesinase a todos los centinelas que hubiesen en los túneles tanto cuando los hambrientos lanzasen su ataque al mediodía, cómo dentro de dos días, cuando se produjera el asalto a gran escala de la ciudad. Lo que le extraño fue la recompensa que tuvo que darle.Tambien le mandó una última tarea que trastocaría a Squeweel y sus planes…

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Squeweel miró nerviosamente a Kritten mientras este último se removía entre las sombras. Sabía qué sólo él podía infiltrarse en el cubil del clan Moulder y ocuparse del rey de las ratas. Lo único qué ahora le estaba poniendo nervioso era la sensación de que el asesino se burlaba de él y que tendría qué ir preparando los preparativos del ritual que invocaría al demonio. Justo cuándo le dio los dos sacitos el asesino le dio una fragancia que según él le haría sentirse alguien todopoderoso, otorgándole poderes adicionales para la invocación. Alabado, no pudo evitar echarse la fragancia, mientras el skaven de negro se escabullía con una sonrisa en su mandíbula de oro.

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Fethlorgar nunca había sido un elfo de sentimientos, ya que todo lo que hacía lo hacía sirviendo a su milenario (tenía mil doscientos años) cerebro de elfo. Ya desde nació tuvo que pelear por Ulthuan en encarnizadas batallas. Fue a la temprana edad de ciento cincuenta años cuando entro a servir cómo Guardián del Subsuelo. Estuvo durante Dos siglos y medio peleando como un desesperado en catacumbas y túneles imposibles y fue por esta época cuándo fueron forjadas en recompensa a su ardua tarea sus dos espadas rojas gemelas que a partir de entonces usaria en todas sus batallas:Ari y Irai. Cuando decidió irse de la orden, ya que su padre, un soldado de Caledor, había muerto y tenía que cumplir con su deber. Así fue cómo estuvo otros cinco siglos peleando cómo príncipe dragón de Caledor, hasta que un día le salvó la vida al rey de Athel Amaraya y este le nombró sucesor. A partir de entonces se trasladó a la ciudad, donde se enamoró de una elfa del bosque llamada Irian. Tuvieron una hija, a la que llamaron Lorgarian, y justo entonces tanto Irian cómo el rey murió, por lo que Fethlorgar subió al mando. Una vez ahí ordeno a un herrero de Vaul que le fabricara una armadura de gemas y azul y negra, qué compartía la mayoría de los aspectos con las armaduras caledonianas, incluida la forma del casco. Justo hace cien años Fethlorgar tuvo que encabezar el ejército a lomos de su dragón, Gilgriath, un dragón de Caledor con más de siete milenios de edad, contra el asalto de una horda de Grom que huía de Eltharion. Desde esa batalla Fethlorgar no había ha vuelto a pelear en serio, aunque ahora que había llegado un extrajero sería su oportunidad

Cuando el príncipe Fethlorgar de Athel Amaraya vio a la gran horda de skavens cubrir rápidamente la gran pradera mientras lanzaba al aire una serie de chillidos inteligibles a los defensores o vete a saber quien más. Al final, cómo vio que la horda no iba a asaltar la ciudad y qué habían acampado lejos del alcance de sus arcos, se dio la vuelta y volvió a la plaza. La última vez que vio a la inmunda raza fue en el siglo y medio que estuvo ejerciendo de Guardián de los Túneles, y sabía cómo enfrentarse a ellos lo suficientemente bien cómo para que estuviesen preparados. Lo único malo es que los muy puñeteros habían coincidido con el waaagh del orco Gruztag. Recorrió con la mirada la plaza, y vio cómo en el centro se hallaba Aeralos, el elfo vagabundo. Había oído hablar de él, y pensaba qué su fama le precedía. Estaba ahora enseñando a varios aprendices cómo pelear al más puro estilo de los maestros de las espadas.
Entonces recordó la historia qué le había contado Yvlerion. Después del ataque no muerto, los skavens surgieron del bosque, obligando con su número a Aeralos y sus elfos a retirarse al pueblo. Después de un rápido debate entre los qué querían irse por los barcos (Yvlerion) y los qué querían quedarse a luchar (Aeralos), al final Aeralos se inclinó por la opción de Yvlerion, ya que según el mago de Cracia en la ciudad habían rubias y un par de barriles de cerveza inútiles obtenidos después de un comercio con los enanos,lo cual era cierto, muy a pesar del príncipe. Luego las incursiones skavens se fueron sucediendo, y según muchos los principales asentamientos de los elfos de los bosques habían sido destruidos.

Aparte de los supervivientes de Gharn-El-Dryas(Incluido el humano borracho), no había mas refugiados. Ya les había hecho saber el otro día más o menos a que se enfrentaban. Ya había reunido varios consejos militares y la táctica que seguirían estaba trazada. El único problema era el laberinto interminable de pasadizos qué había en el subsuelo, y eso era algo qué no podían controlar totalmente. Ya habían enviado mensajeros a todas partes, pero sólo quedaban los elfos de la Montaña Pálida. En esa montaña había una comunidad de elfos qué vivían justo a los pies de un gigantesco nido de águilas gigantes. Pero esos elfos se negaban a negociar de ninguna manera, ya qué durante la Guerra de la Barba la alianza entre Tor Yvresse y los habitantes de Pico Pálido se rompió al matar accidentalmente el héroe de Athel Amaraya al héroe de Pico Pálido, que al ir montado en el símbolo de esos elfos, un dragón ancestral, parecíase mucho a sus primos oscuros, lo confundió. Después de eso el dragón entró en un dormitar del que lleva sin despertarse tres milenios. Así pues, las negociaciones serían duras, aunque Hraith(El Gran Mago de Athel Amaraya) le había dicho que iba a solucionar personalmente el problema.
Siguió observando a los concurrentes de la plaza y vio que su hija Lorgarian no estaba. Eso le recordó a qué dentro de una semana, a pesar de su reticencia, iba a ir a Cracia a conjuntarse con el principe Gargoder así establecer relaciones entre Tor Yvresse y Cracia. Su hija aun así se había opuesto, lo cual a el no le importo, ya que iria, quisiera o no quisiera, aunque hubiese una guerra de por medio. Batante
tenía con que cuando su amada Irian murió dejando en el mundo a una hija, justo cuando tenía que encontrar un sucesor. Al final no tendría más remedio que otorgarle ese título al principe Gargo. Al final la impaciencia lo pudo y fue a hablar con Aeralos, ya qué sus cantos de borracho con el humano, sus ofensas al pueblo, sus libertinajes y sus osadías estaban empezando a causar serios problemas.
-Aeralos-le dijo cuando tuvo al embozado elfo cara a cara-¿Que es lo que pretendes? En los dos días que llevas aquí ya has escandalizado a media ciudad…
-No se preocupe, la otra mitad también-le respondió el elfo entre carcajadas. Fethlorgar frunció el ceño.
-No quedaras impune. La familia real de Tor Yvresse lleva consintiendo tus actos demasiado tiempo…
-Pues su hija no se opuso mucho en la cama mientras soltaba orgasmos.-Eso ya era demasiado. La furia de Fethlorgar ya había llegado a su límite de golpe. Buscó otra vez a su hija para interrogarla con la mirada, pero seguía sin estar ahí. Aquel elfo estaba siendo muy insolente y ya no le quedaba otra alternativa
-Eres un hereje. No mereces estar aquí de ninguna de las maneras. Tendrías que volver con tus hermanos de Naggaroth,*****************(retahíla de insultos elfos que podrían traumatizar al lector)-El príncipe lo miró con cara de indignado, y el vagabundo calló y le dedicó la misma mirada. Al final, furioso, Fethlorgar cogió su guante izquierdo y se lo lanzó al aire-Te desafío.-Aquella era una tradición elfa que tenía raíces en la guerra de la Secesión. El desafío era fácil. Si el desafiado cogía el guante y lo volvía a lanzar, aceptaba un desafío sin juego sucio de muerte u honor, pero si el desafiado lo dejaba caer al suelo, tendría que alejarse del desafiador lo máximo posible hasta que restaurara su honor con un desafío o cualquier hazaña de cualquier tipo. Pero Aeralos era un tipo con agallas, y además lo habían insultado y humillado, así que por su honor cogió el guante y se lo devolvió al príncipe:

-Acepto tu desafío

No se escuchó nada, ningún gesto o susurro, simplemente había acudido de repente a la plaza un gran número de elfos. Nadie quería perderse el duelo. Todo el mundo pensaba en una victoria fácil del príncipe, pero la fama de Aeralos le precedía demasiado. Incluso el humano en su refinado calabozo (lo habían encerrado al no saber nadie sus propósitos) calló, sabiendo que algo gordo estaba pasando. Si la impaciencia matara, entonces hasta los skavens de fuera de las murallas habrían muerto ya. Los dos desafiadores se quitaron sus capas, dejando relucir sus armaduras. La armadura de Fethlorgar era azul marino, repleta de joyas preciosas y con un casco con forma de dragón, mientras qué, aunque la armadura de Aeralos estaba deslucida, no dejaba de tener algo misterioso que la hacía parecer igual de hermosa y letal. Aeralos desenvainó su arma pesada lentamente, mientras que Fethlorgar sacó sus espadas gemelas al unísono (Nota del autor: cómo en las pelis). Antes de combatir ambos adversarios intercambiaron una mirada profunda y ardiente. Ambos avanzaron un par de pequeños pasos, y al final, rápidamente empezó el combate. Los primeros toques fueron simplemente toques de advertencia, que les permitieron a los dos calibrar las aptitudes de cada uno. Luego, después de comprobar que aquel sería un duro combate, Aeralos inclinó su espada, empezando el combate de verdad. Ambos intercambiaron estoques a una velocidad tan asombrosa que ni los elfos presentes lograban seguir de verdad. Aeralos, aunque necesitaba las dos manos para manejar su espada, se las arreglaba para no dejar de ser rápido, mientras Fethlorgar se intentaba aprovechar del menor peso de sus espadas, pero aún así el combate seguía siendo sistemáticamente equilibrado.

Aunque el noble fuera más rápido que el embozado sabía que no podía permitirse el dejarse ser golpeado por la mortífera arma, ni siquiera un roce, así que el combate estaba en realidad en un equilibrio qué podía inclinarse para cualquiera de los combatientes con igual facilidad. Fue entonces cuando el duelo alcanzó su clímax. Cada vez los golpes eran más rápidos y precisos y ahora era un auténtico baile que parecía haber estado sincronizado con años de antelación. Era tan rápido que ya sólo los elfos más veteranos podían seguir el combate, y lo hacían a duras penas, ya que los dos contendientes luchaban con la furia de los indignados sin proferir ninguna palabra más que el continuo choque de las tres espadas, que arrojaban alguna que otra chispa al suelo con su batir. Los ataques, contraataques, defensas, contragolpes, fintas y otras florituras del arte de esgrimir una espada estaban a la orden del día. Todo el mundo contenía la respiración, ya que lo que esparaban qué sería una pelea fácil se estaba tornando en uno de los duelos más largos y cruentos de la historia de Ulthuan (y de los elfos en general). Ya nadie sabía porque bando decantarse, y la pregunta que también era igual de acuciante era si seguirían así cuando les invadieran los hombres rata, ya que no eran solo de las espadas las chispas.

Tampoco lo sabían los duelistas, que ya se estaban preguntando hasta que punto llevarían el combate, ya qué la indignación de ambos rivales era ya de lo más siniestra. Pero procedente de las calles estrechas salió un elfo ensangrentado que miraba a su alrededor confuso. Cúando uno de los centinelas le interrogó el elfo le dio en silencio la respuesta. En seguida la cara de asombro del elfo se acentuó, y fue corriendo a hablar con los indignados:
-¡Señor,señor¡ los skavens nos estan invadieno a través de los túneles. Llegaran dentro de cinco minutos. Ninguno de los dos le hizo caso al principio, pero al final el príncipe solicitó con un gesto al mago que debían de parar ya, ya que ahora tenían un enemigo común. Con otro gesto el elfo asentió y decidieron liderar juntos la improvisada defensa que se iba a producir delante del túnel contra los hombres rata. El elfo herido accedió a guiarles, hasta que llegaron junto a la milicia reunida a un túnel improvisado. El mismo elfo les dijo que muy probablemente no sería el único punto de ataque de los hombres rata. Cuándo el elfo les contó su historia la incredulidad fue máxima. Según el al principio todos los centinelas empezaron a desaparecer en los pasadizos misteriosamente, hasta que oyeron el repiquetear de un correteo en los pasillos y unos chillidos salvajes. Los supervivientes se quedaron para ganar el tiempo suficiente cómo para que escapara y avisara a los demás. Y así fue. Sin más dilación el príncipe ordenó a los lanceros que formaran una falange en la entrada para tapar el cuello de botella y ordenó cubrir los demás túneles, sin dejar indefensas las murallas. Dos minutos estuvieron esperando silenciosamente a los hombres rata, hasta que oyeron sus típicos chillidos infernales, aunque estos en concreto sonaban más a un perro rabioso. Los elfos aguardaron hasta que pudieron ver a los hombres rata salir de la oscuridad. Entonces los arqueros dispararon, y con la ayuda de un hechizo de Aeralos todas las flechas encontraron un objetivo. Luego, mientras los hombres rata trepaban rabiosos con espumarajos saliéndoles por la boca Aeralos soltó gracias a un hechizo una niebla negra que los entetendría lo suficiente cómo para que pudiesen cargar contra los hombres rata. Fethlorgar y Aeralos se hallaban al frente cercenando miembros a los hombres rata, pero estos se lanzaban desesperados a por los elfos, intentando arañarles, morderles o hacerles daño de todas las maneras posibles. Al principio sólo Fethlorgar y Aeralos resistieron al primer embite, pero cuando la segunda oleada se aproximó los elfos acometieron, intentando hacerles retroceder. De vez en cuando alguno de los rabiosos se escapaba de las filas élficas para buscar alimento en la ciudad. Pero aún así los elfos, dirigidos por los indignados resistían, haciendo que su silencio implacable contrastara enormemente con los rabiosos chillidos infernales de los “hambrientos”.

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Lorgarian se sentía sola. Bueno, en realidad llevaba sintiéndose sola desde que su madre murió, pero ahora se sentía más sola qué nunca. Su padre no la comprendía. Aunque siempre la trataba bien, sabía que en realidad no la comprendía. Para empezar su padre no vio con buenos ojos el que Lorgarian se convirtiera en una principe dragona de Caledor, cómo él, Ni tampoco el que su hija se prestara cómo sucesora suyo. Tampoco comprendía el que su corazón no pertenecía al arrogante príncipe Gargo de Cracia, no, su amor residía en otra parte. Justo ahora su amado Hraith acababa de salir de la Cúpula de los Sanadores. Ella corrió hacia él y se fundieron en un ardiente beso. Después de eso Hraith le dijo cómo llevaba diciéndola desde que Hraith llegó de Pico Pálido hace diez años y se enamoraron mutuamente que se controlara, no les fueran a pillar, ya que ahora el rey quería que los amores de Lorgarian fuesen por otros derroteros. Ambos habían tenido que llevar su amor en secreto, ya qué a los magos de Hoeth no se les permitía (Nota del autor: los elfos se casan?) casarse hasta que tuvieran experiencia suficiente, y aunque Hraith ya era un Alto Mago de Hoeth, tenía que completar sus inacabados estudios, pero ella suponía que a pesar de su joven edad su amado podía con todo. Luego el elfo la miró con gesto de preocupación:
-¿Te ha tratado mal Aeralos?
Ella desvió entonces la mirada, todavía disgustada por el plan que tuvieron que ejecutar la noche pasada, ya que para apartar las sospechas de Hraith ella se acostó con Aeralos, aunque este conocía el plan y había consentido en no revelarle a nadie el secreto. Ella le contó todo, procurando no meterse en detalles incómodos. Él se relajó enseguida, pero entonces se oyó una serie de chillidos muy cerca de donde estaban. Hraith frunció el ceño preocupado, mirando primero a la zona de donde provenían los gritos y después miró a un callejón abandonado. Frunció todavía más el ceño y se dirigió con semblante preocupado hacia Lorgarian.

-Nos atacan por todas partes, skavens, creo. Pero es una simple distracción. El verdadero peligro se halla en ese callejón-fijo señalandolo.
Lorgarian miró con gesto decidido el callejón, confiando en las premoniciones del mago, escudriñando su oscuridad y pudo oír un chillidito apenas inaudible de rata. Luego se dirigió a Hraith
-Te necesitan. Necesitan tus dotes curativas en otra parte. Yo me enfrentaré al peligro…sola

Aquello pilló a Hraith con la guardia baja. Sopesó durante unos segundos qué hacer. Era obvio qué lo necesitaban, y ya estaban empezando a cruzar el aire grtos de elfos, así qué al final tuvo que resignarse.
-De acuerdo, pero por favor ten mucho cuidado. No soportaría perderte.
La elfa sonrió y le contestó con la misma respuesta. Se despidieron con un gesto, y mientras Hraith corría hacia donde provenían los gritos, ella se adentró decidida en el oscuro callejón. Ya estaba harta de que la impidiesen pelear por diversos motivos, y aquel combate sería su primer combate real, después de dos siglos entrenándose para ese momento. Aún así no se dejó embargar por la emoción, ya qué en las peleas cualquier exceso de confianza podía resultar fatal.. Así pues atravesó el callejón hasta que pudo ver en la oscuridad a un skaven envuelto totalmente con una capa negra, que por lo que su padre la había contado era un letal asesino. Lo más intrigante era qué sus dientes de oro brillaban en la oscuridad con un refulgir siniestro y estaba intentando abrir una jaula llena de ratas famélicas. Lorgarian gritó al skaven en lengua Común, y entonces el skaven postró sus ojillos rojos en ella. Lorgarian sacó su espada y su escudo y se dispusó a luchar para impedir al skaven cumplir su cometido. Este dejó en el suelo la jaula y se preparó. Antes siquiera de que la elfa alzara su espada, pudo ver tres estrellas punzantes rezumantes de veneno atravesando el aire sigilosamente con un silbido siniestro. Ella alzó por fortuna su escudo a tiempo, pero tuvo que rechazar una acometida por la retaguardia del asesino con la espada. En seguida volvió a las sombras. Unos agonizantes segundos después el asesino volvió a atacar, intentando esquivar el escudo de la elfa, pero esta estaba bien entrenada. Al final después de varios cruces entre la espada élfica y las dagas venenosas el asesino volvió a la oscuridad. Afortunadamente la elfa podía guiarse por el brillo de sus dientes, pero aún así a duras penas logró esquivar la tercera acometida del skaven, otra vez en las retaguardia, y Lorgarian pudo sentir cómo un par de pelos cortados caían al suelo. Esta vez fue ella la que acometió antes de que el asesino volviese a las sombras. Esto pilló por sorpresa al asesino, que tuvo que agacharse, y a pesar de que intentó apuñalarla las piernas Lorgarian vio sus intenciones y retrocedió un par de pasos, logrando que el puñal se clavase en el suelo. El asesino silbó de manera parecisda a las serpientes y atacó otra vez, pero esta vez sin ningún tipo de preámbulos. Esta vez estaba preparada, así qué sólo tuvo que alzar su escudo, rechazando el ataque, pero justo cuándo iba a contraatacar el asesino se retiró una vez más. Estaba empezando a hartarse de aquel juego absurdo, así que arriesgó una vez más, adentrándose en las sombras y golpeando como una posesa con su espada. El asesino mantuvo una distancia prudencial y esperó a que la furia incontenida de la elfa la hiciese cometer un fallo garrafal(decuido su flanco izquierdo) y ya justo cuándo iba a apuñalarla una bola azul apareció de repente encima de ellos y lanzó enseguida un destello tan grande que los cegó temporalmente. De el fondo del callejón surgió una silueta envuelta en una capa azul marino con adornos relacionados con las estrellas que la elfa identificó con su amado. En seguida se volvió hacia el skaven, qué para su sorpresa ya se había escabullido del callejón, soltando a las ratas en el camino. Luego se volvió enfadada hacia Hraith, regañándole por haberla engañado a lo que el respondió que de no ser por él estaría muerta. En seguida abandonaron la discusión, ya que tenían que buscar a las ratas y la arma qué traían.

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Aeralos cercenó la garganta a los dos siguientes skavens, y enseguida atravesó a un tercero. Antes de qué pudiera cortarle la cabeza a una quinta las dos primeras intentaron en sus últimos estertores de vida matarle. Una vez se hubo deshecho de ellas vio cómo el quinto caía cómo un tronco al suelo sin qué el hubiera hecho nada. Antes de que pudiera sorprenderse un sexto skaven rabioso intentó estrangularle, pero murmuró un hechizo que hizo que al skaven le ardieran las manos. Aprovechando la distracción le atravesó el cerebro limpiamente. Mientras combatía vio qué el príncipe hacía que sus dos espadas se convirtiesen en un imparable torbellino de muerte, matando a tres hombres rata con cada floritura. Pero a pesar de sus esfuerzos perdían terreno. Los skavens eran muy letales, y a peasr de que sabían que ya sólo quedaban esos, estaban resultando muy duros de matar. Vio cómo un elfo al que había adiestrado horas antes cayó al suelo superado por la inferioridad numérica. Y entonces, sin saber porqué, se acordó de la elfa y su plan. Él había prometido no decir nada a nadie (lo descubrió a la primera) a cambio de que se dejase echar un polvo. Al fin y al cabo las mejors elfas en la cama eran las princesas y las rubias, y esa princesa era rubia…ahora tenía que cumplir con su parte de no desvelar nada del amorío secreto a nadie, y después del duelo le estaba costando, ya que cada vez sentía más respeto por el anciano príncipe. Pero tuvo que dejar de pensar, ya qué vio qué los skavens huían de algo. Iban ensangrentados y tenían en sus rostros las tenazas del miedo. Aeralos observó en la oscuridad, esperandose lo peor, pero entonces salieron unos elfos ataviados con armaduras modestas pero prácticas que reflejaba al máximo cualquier lus, con la cara totalmente cubierta por sus yelmos adornados con velas y dos espadas cada uno de diseño idéntico al del príncipe. Los skavens huían de ellos, y con razón, ya que esos eran los legendarios guardianes del subsuelo, una orden de la qué había oído hablar y que todos consideraban extinta. Pero ahí estaban, y ahora gracias a ellos los skavens se hallaban entre la espada y la pared, sin saber por donde huir. Cuando las dos lunas alumbraron la noche los túneles estaban cubiertos d sangre negra.

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Hraith arrojó con un gesto de repugnancia las ratas muertas a la hoguera qué había encendido. Lorgarian estaba esperando impaciente lo qué diría
-Ya sólo queda una rata pestilente-al ver el rostro alegre de su amada tuvo que verse obligado a negar con la cabeza sombrío-Estaba preñada

Hala, tochazo. El primer articulo de transfondo del 2010, je je je. Por cierto, miguelsalve si quieres que cambie algo de tu personaje dimelo por MP. Ademas espero que os este gustando (mas os vale... :P )
h, y por favor, lo unico que os pido, fieles lectores, es que escribais un comentario sobre el relato, no os preocupeis por ofenderme, ya esoy un tanto costumbrado ultimamente. Lo unico que necesito saber es si os esta gustando o no...

Pues Garrac yo personalmete pienso que a medida que escribes vas empeorando tu manera de escribir. No haces apenas descripciones y te lias de mala manera, ademas de que escribes con faltas de ortografia. En el capitulo 5 no aportas nada al argumento, podrias habertelo ahorrado, y como ya he dicho es muy dificil seguirte. Ni siquiera dices fechas, tenemos que suponerlas...

Uf...voy a tener que esforzarme para mantener lo prometido, pero una promesa es una promesa. Las faltas de ortografia podria alguien señalarmelas, por favor? lo de escribir no se muy bien a que te refieres en concreto, las descripciones las dejo a la imaginacion del lector, solo doy los detalles que tiene que respetar. La fecha tambien, es despues de las invasiones de Grom y calith. El capitulo 5 lo he hecho para darle un respiro al lector y que no se sienta presionado por que en todos hayan peleas, ademas en mi opinion no son tan poco importantes. Lo siento mucho si te he ofendido, si ese es el caso que sepas que no era mi intencion.

Explicación
La guardia del subsuelo fue un orden que se inventó durante la Guerra de Secesión élfica para proteger a los elfos de Ulthuan de los rastreros ataques subterráneos de sus oscuros hermanos. La orden estaba formada por elfos en su mayoría procedentes de Tor Yvresse y Ellyrion. En aquel entonces el jefe de la orden decretó los requisitos para ser guardián implacable de los subterráneos, así que por templo los sabios elfos de Hoeth no los reunían. La orden prosperó sin dificultades, pero su etapa de paz y tranquilidad acabó muy pronto.
Con la llegada de la Guerra de la Barba fueron muchos los asaltos que tuvieron que rechazar en los túneles excavados por los enanos, y muchas las ciudades que salvaron o perdieron. No fue hasta el final de la Guerra que obtuvieron un respiro, pero duró muy poco, ya que después de la invasión de Malekith llegaron los ombres rata.
Al principio los guardianes se vieron abrumados por aquel nuevo enemigo y su descomunal número, pero al final los elfos aprendieron a base de palos los principales puntos débiles de los hombrs rata y cómo derrotarles. Las guerras se sucedieron hasta que los elfos lograron rechazarlos definitivamente en el 516 antes de Sigmar en los pasadizos de Lothern, obteniendo una aplasante victoria. Pero aun asi todavía siguen siendo muchos los intentos de perpetrar sus defensas y aunque siempre han acabado fracasando, cada día que pasa estan mas cerca que ayer…
Individualmente un guardián del subsuelo tiene dos espadas gemelas, una armadura puntiaguda y acorazada sobre todo en la retaguardia, unas botas duras pero ligeras, un trapo para cubrirse la cara y una mirada atemorizadora que ha hecho ganar más de una batalla sin blandir las armas. En grupo, cómo normalmente van, son más fuetes y son expertos en descuartizar. Suelen hacer cuando pueden una formación en círculo sin retaguardias que acribilla al enemigo con una tormenta de espadas

CAPÍTULO VIII:EL ASEDIO

Diario de Sigismund: Bunnnnoo, pus no ssss lo k passssssaaaa aka, pro loooooo’ oreja’ afilada’ tan algo revolto’. Hyyy one paire k haannn caio al souelooo mortos y no sss por k, pro m record la’ pete’ de mon town. Now yo drink con el encapuchao, y ll vrdad ssss k sta muy good. Aka en la prisión me tratan Molto bene y por Segmar ( o era Sotk?) k la Wignur XXXXX eneana deel 2450 sabe molto bene, pero molto molto. Aunnn asssa io creer k aki va a pass something gordo, pero no ‘e’ el k.

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-No puedes abandonarnos ahora, Hraith. Sabes que en la ciudad necesitamos de tus dotes curativas para frenar la plaga.
-No te preocupes Fethlorgar, tienes bajo tu mando a mis mejores curanderos, y además según mis predicciones los hombres rata no asaltaran hasta dentro de dos dias.
-No se, pero te sigo diciendo que los elfos de Pico Pálido te van a echar a patadas. Recuerda que te consideran un traidor.
-Hay cosas más importantes que el orgullo. Recuerda que nuestra raza esta al borde de la extinción por eso.
-Bueno, cómo quieras, pero luego no dirás que no te advertí.
Hraith le dio la espalda y se monto en Jairlos, una águila gigante. Mientras se elevaba por las alturas del cielo, el mago echó una última y melancólica mirada a la ciudad de su amada, hasta qué finalmente se perdió en la inmensidad de las nubes. Mientas en la ciudad se armaba un gran revuelo, y las puertas de la ciudad eran abiertas para dar paso a una docena de jinetes de Ellyrion magullados y manchados de sangre negra y… de sus camaradas.
-¿Qué es lo que ha pasado?-dijo Fethlorgar-¿Qué están tramando esas alimañas?¿y donde están los demás?
El jefe de los jinetes movió la cabeza de un lado a otro negativamente y se adelantó para hablar con el rey. Mientras en las almenas se podía oír a los arqueros disparando sin cesar a una oleada de harapientos enemigos.
-No hay “demás”. Los hombres rata han improvisado varias zanjas y se han atrincherado de tal manera que han rechazado nuestras incursiones. Hemos tenido suerte de sobrevivir, pero esos malditos no se quedaran sin perdón. Mañana al amanecer volveremos a atacar.
-De eso nada. Ya hemos perdido demasiadas vidas como para permitirnos más muertes sin sentido. ¿Sabéis que están tramando?
-Se preparan para atacar, no cabe duda. Sabemos que han ordenado a sus innumerables esclavos construir varias escalas mal hechas y podridas. Están talando el bosque para conseguir más recursos y hemos podido llegar a ver varios monstruos y algunas de sus infernales máquinas cavando para atacarnos desde abajo.
-¿Y tenéis noticias de los elfos de los bosques?
El jefe volvió a negar con la cabeza para acto seguido marcharse a las cuadras del palacio con sus magullados camaradas. Mientras Fethlorgar decidió reunir a otro consejo militar para decidir la estrategia a seguir para la defensa. Ya llevaban tres días planificando y todavía no habían llegado a un acuerdo. Seguro que todo era por la culpa de ese maldito Aeralos y sus nuevos aprendices, que con sus cánticos de borracho lo único qué hacían era molestar. Por lo menos pelearía, aunque cuando ganaran aquella maldita batalla ya seguirían con su duelo. Y encima su hija seguía desafiándole…

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Yvninn miró con escepticismo el círculo qué habían dibujado en el suelo de la cueva los discípulos apestosos de Yriel. Seguía sin fiarse de su hermano, aunque ahora, al estar totalmente abstraído leyendo y recitando ese podrido libro verde de su putrefacto dios por lo menos no seguiría incordiándole con esa maldita risilla. Todavía seguía teniendo la sensación de que estaba siendo timado, y no sabía porque. Pero era o eso o arriesgarse a que los malditos skavens lo descubrieran, así que en el fondo no tenía elección. Le volvió a preguntar a su hermano:
-Maldito seas, ¿a qué siglo esperas para terminar de una vez? Mi paciencia no está muerta… y tu no eres inmortal-al decir esto último el elfo sacó su espada amenazadoramente
-Paciencia, hermano. La invoc…digo el hechizo estará preparado en muy poco tiempo. Y necesitamos de tu colaboración
-De acuerdo, pero hazlo rápido, o si no ya sabes…
Entonces su hermano volvió a soltar otra vez esa risilla que, a pesar de estar muerto, le hizo sentir un pequeño escalofrío inquietante…

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Squeweel miró con orgullo y temor los preparativos para la invocación. Ya estaba todo listo, y además para otorgar a su invocación más “validez” la haría desde lo más alto de su campana gritona. Antes de proceder con el ritual ordenó a sus campaneros que empezaran a hacer tañer la campana. No podía evitar pensar que tarde o temprano el señor de las alimañas se volvería contra él, pero por lo menos tenía de consuelo el no ser el jefe. Volvió a ingerir un fragmento de piedra bruja y una vez que subió a la campana empezó a recitar los salmos de destrucción de la Gran Rata Cornuda, mientras el esclavo que tendría que ser sacrificado se estremecía de temor por su propio destino…

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DONG

Skabscror miró insidiosamente a la guardia del consejo. Aquellos soldados de élite lo habían estado incomodando con sus inquisitivas preguntas desde que el consejo se los asignó. Algunos de sus enlaces habían intentado sobornarles, pero los muy alimañas habían rechazado con temor los sobornos.

Ensimismado con estos pensamientos estaba cuando un gran dolor le sacudió todo el cuerpo. Abatido por este repentino ataque del veneno cayó al suelo mientras secretaba el almizcle del miedo. Aun así logro levantarse a tiempo para evitar qué uno de sus caudillos lo apuñalara por la espada. Sus guardaespaldas, siguiendo sus ordenes, decapitaron en apenas medio latido al insolente skaven. Entonces Skabscror decidió que el rodeo había tardado demasiado, así que decidió soltar a los cuatro vientos la orden de ataque, mientras en otra parte del ejecito una campana maldita tañía esplendorosamente invadiendo el ambiente…

DONG DONG

Aeralos observó desde su posición privilegiada en las murallas el avance de los skavens y el bullir de los defensores. Los arqueros se habían dispuesto muy rápidamente en las almenas, mientras que en la plaza ya se estaba preparando una defensa de falanges de lanceros, arqueros, empalizadas de mármol y la guardia del fénix del rey, junto al mismo. Mientras los yelmos plateados recorrían las calles y los supervivientes de los incursotes también.

Entonces Aeralos se acarició el puño. Hacia apenas media hora que había tenido que convencer al jefe de la estirpe Ellyrion de “buenas maneras” el porque no podía volver a intentar atacar al enemigo. Y había conseguido convencerlo. También intento vislumbrar las defensas de los círculos de defensa interiores, qué iban a estar al mando de una comitiva de generales, aunque Aeralos presentía qué la resentida elfa tomaría parte en la defensa sin dudarlo. Y, a pesar del “bullicio” que había en la ciudad el elfo podía todavía oír los cánticos de borracho del humano desde su celda. La verdad era qué gracias a él había conseguido echarle una mano a los toneles de cerveza enana. Entonces se dio la vuelta y contempló a la horda a la qué se iban a enfrentar. Centenares de esclavos componían la primera oleada, mientras qué eran cubiertos por la potencia de fuego de la tecnología enemiga. Mientras entre los chillidos de los hombres rata podía distinguirse el tañir de la diabólica campana bendecida por dioses siniestros. Aeralos miró a la cara a sus discípulos. La mayoría era de Gharn-El-Dryas, aunque gracias a sus hábiles estrategias y planes y explicaciones había un par de elfos a los qué acababa de entrenar hace apenas dos horas mientras tenía dulces delirios de borracho, que habían entorpecido un poco el aprendizaje.

Miró acto seguido a la otra mitad de murallas, qué iba a estar dirigida por Yvlerion y su escolta de Cracia. Además los siete aprendices de Hraith estaban repartidos por toda la ciudad para ayudar a hacer frente a la magia del enemigo y atender a los heridos. También estaban los dos magos errantes qué habían venido de Hoeth junto a varios espaderos, además de los pequeños ejércitos de elfos provenientes del perímetro de la ciudad, aunque al haberse producido el asedio tan rápidamente no eran muchos. Y es qué si Athel Amaraya caía todo Tor Yvresse podría correr gran peligro…

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Skabscror contempló con gran orgullo SU ejército. A una sola orden suya miles de skavens habían avanzado rápidamente para invadir la ciudad de las cosas élficas, las tuneladoras habían acrecentado su actividad, los skavens avanzaban con más ímpetu, las arrolladoras y ruedas de la muerte se habían puesto en marcha (aunque no todas), los despellejadotes avanzaron sin rechistar junto a los esclavos y lo mejor de todo era qué el rey de las ratas se estaba sacando de su madriguera.

Lo único que le podía amargar aquel glorioso día eran o bien el maldito vidente y sus tejemanejes o bien el estúpido Skreek y su arma secreta. Además, aunque había costado la vida de varios poco llorados esclavos tenían algunas torres de asedio dignas de las grandes mentes skavens. Ahora ya sólo faltaba proceder con las presentaciones…

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Aeralos ordenó a sus discípulos desenvainar sus espadas mientras que todos los arqueros sacaban flechas de sus carcajs, preparándolas para clavarse en las abyectas monstruosidades que se avecinaban. Pero no solo en el primer circulo de la ciudad los arqueros estaban preparados. También los del segundo estaban sacando sus respectivas flechas, mientras qué los lanzavirotes apuntaban desde sus esbeltas torres en las que estaban posicionados. Un pequeño regimiento de lanceros corrió hacia su posición a través de una frágil pero bella pasarela. En unos segundos toda la ciudad se sumió en un expectante silencio, sólo interrumpido por los lejanos infernales chillidos de los hombres rata y por los cánticos de los hechiceros que preparaban sus fuerzas.

Aeralos hizo un tanto, poniendo los ojos en blanco y elevándose a varios centímetros del suelo, concentrando energías hasta que estuvo preparado. Cuándo volvió a concentrarse en la realidad vio cómo el rey elfo hacía el definitivo gesto qué ordenaba el fuego a discreción. En seguida vio un mar de flechas y virotes qué cruzaron el cielo hasta hallar implacables sus miserables objetivos, mientras qué los chillidos infernales se transformaban en aullidos de dolor. Volvió la vista a la plaza y vio qué el rey había desaparecido. Cobarde. Volvió a fijar la vista en las líneas enemigas y entonces oyó cómo algunos elfos gritaban de dolor y algunos qué se caían de las almenas. Eran los skavens con sus malditos mosquetes, qué sólo lograran acertar si disparaban a centenares, ya qué gran parte de los disparos se quedaban en las almenas. Luego de las zanjas empezaron a salir raros verdes que le indicaron que los cañones no se quedaban ociosos tampoco. En eso estaba pensando cuándo de repente vio qué uno de los cañones lo apuntaba. Inmediatamente se agacho, y fue una fortuna, ya qué segundos después un rayo verde pasó zumbando al lado de su oído hasta estrellarse contra una esbelta torre, haciéndola añicos.

Una vez qué se levantó vio qué los arqueros dividían su fuego entre las hordas qué estaban al pie de las murallas y las tropas de las zanjas, aunque los disparos contra estos últimos eran guiados por los magos para poder evitar los paveses y impactar sin problemas en sus objetivos. ¿Qué rayos estaría haciendo esa alimaña del rey? Seguro qué corriendo en dirección contraria a los rayos. Y encima esa maldita campana no paraba de sonar.

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Los chillidos se oían cada vez más cerca. Podía oír también a sus camaradas luchar, y las flechas atravesando el viento. Los preparativos ya estaban hechos. Después de tantos años de letargo, Fethlorgar volvería a cabalgar por encima de las nubes para abalanzarse sobre el ejército enemigo. Volvería a ver la gran superioridad de su raza y a sentir en sus dos espadas el fuego de la batalla. No podía esperar.

Pudo ver cómo algunos de sus cabellos grises se asomaban por las rendijas de su casco. Y Indraugnir también se estaba volviendo viejo, ya qué tuvo el honor de pelear junto a Aenarion. Un resoplido del ancestral dragón le indicó qué los esclavos de Catai ya le habían puesto la coraza de plata qué le protegía el escurridizo vientre, y el casco también de plata qué le protegía los ojos. Pudo ver la forma serpentina del plateado dragón emerger de la oscuridad, y entonces Fethlorgar sonrió suavemente, cómo quién ve después de mucho tiempo a un viejo familiar muy cercano. Un intercambio de miradas entre las dos nobles criaturas afirmó qué ya estaban preparados para batallar de nuevo. El rey se subió a la silla que le habían puesto a poca distancia de la cabeza mientras qué pedía una lanza azulada de plata y un escudo gris con el símbolo de una serpiente con patas rugiendo al cielo.

Cómo imitando aquel parecer, Indraugnir se levantó sobre sus dos patas traseras y soltó un terrible rugido qué hizo temblar de miedo a los hombres rata y saltar de júbilo a los elfos. Ya había llegado la hora, ya había llegado el momento. Ya había llegado su última batalla antes de adentrarse en el umbral de la muerte.

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Los estallidos de las maquinas infernales no paraban de resonar, causando explosiones verdes que causaban una gran carnicería. Aeralos no era muy buen general, así que lo único que podía hacer al respecto era soltarles a sus alumnos una mirada amenazadora retocada con magia para mantenerlos un poco quietos. Se concentró en las energías mágicas de los alrededores y se dio cuenta de qué entre los magos de la fortaleza y los diabólicos hechiceros de la horda se estaba produciendo un cruento combate. Él decidió buscar la fuente de magia maligna más cercana y por fin encontró un hombre rata de pelaje gris con un báculo. Este también se fijó en él y lo señalo con su báculo mientras murmuraba cantos de destrucción, hasta qué al final surgió una bola de fuego verde y qué olía a deritus que se dirigía a su posición.

Pero en vez de huir, junto las dos manos en su espada ceremoniosamente murmurando el nombre de Lileath. Finalmente un cegador resplandor azul rodeó a su arma por completo justo cuando la bola estaba a pocos palmos de distancia. Al final, con un grito de guerra cortó en dos la bola, deshaciendo implacablemente esta en polvo verde. El elfo tosió un poco, pero inmediatamente se puso en guardia para protegerse de otro inminente ataque, pero su adversario parecía tener otros planes.
No paraban de caerla babas de la mandíbula mientras gritaba frenéticamente y movía el báculo haciendo círculos en el aire y señalando con una garra a una torre repleta de lanceros. Entonces vio cómo nubes de color negro se aglutinaban en el cielo, mientras qué los truenos resonaban entre las mismas. Intentó desbaratar el hechizo con un contrahechizo, pero las fuerzas qué se estaban invocando eran demasiado fuertes. Un poder ancestral maligno colmaba el aire, mientras qué los truenos seguían sonando. Vio cómo el hechicero rata explotaba en una gran explosión verde con forma de hongo qué se tragó también a los hombres rata qué había alrededor suya, pero el daño ya estaba hecho. El mismísimo tejido de la realidad estaba siendo agrietado por un gran poder y finalmente vio caer del cielo un trueno negro con forma de garra sobre la torre qué el brujo había señalado antes.

Desesperado, entró en la torre para ver qué había pasado junto con un par de alumnos. Pero una vez ahí vio qué sus camaradas elfos estaban de rodillas, gritando desesperados y agarrandose la cabeza. Su tamaño empezaba a disminuir, los gritos se agudizaban, el pelo les crecía, los dientes también y el color de los ojos les iba cambiando. Vio qué se intentaban quitar desesperados sus ropas élficas, y solo entonces se dio cuenta de lo qué pasaba. Le cortó la cabeza al qué tenía más cerca para acto seguido clavársela en el corazón al siguiente y tirar por una cónica ventana a un tercero, pero ya era tarde. Miró a sus dos alumnos, pero estos estaban paralizados de terror y no reaccionaban. Los elfos ya se habían transformado en miserables hombres rata qué habían cogido sus otrora limpias armas del suelo y ahora le penetraban a través de la oscuridad con sus ojillos rojos…

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Podía sentir el viento rozandole el cabello gris mientras qué las nubes negras se deshacían. También podía oír el jaleo de la batalla qué se estaba armando por debajo suya. En seguida ordenó a Indraugnir descender hacia la horda negra, más en concreto hacia las zanjas, de donde no paraban de salir rayos verdes. Cuándo descendió del cielo el terror empezó a cundir entre los skavens, y cuándo Indraugnir soltó una gran llamarada roja, amarilla y plateada sobre los skavens, incinerándolos, algunos empezaron a escabullirse por donde habían venido, pero de alguna forma los jefes de guerra consiguieron qué no cundiera el pánico absoluto.

Pero el tenía ya la mirada fija en las zanjas, donde los skavens les estaban apuntando. En segida oyó algunas blas al rebotar contra la coraza de plata o contra las escamas grises, y él tuvo qué cubrirse con su escudo, qué resistió muy bien los disparos. Luego el dragón esquivó muy fácilmente uno de los rayos verdes qué escupían los cañones, haciendo auténticas proezas aéreas. Uno de dichos rayos estalló cerca suya, pero eso no lo amedrentó, ya qué ya estaba muy cerca. Apuntó con su lanza a uno de los cañones, y enseguida surgió de esta un rayo azul qué hizo explotar por los aires tanto a los artilleros cómo al cañón. Finalmente llegó a una de las zanjas, donde Indraugnir soltó una llamarada de fuego qué incineró la susodicha bajo el fuego de Caledor.

Él mismo se ocupó personalmente de algunos skavens qué desesperados intentaban atacarle por los flancos, mientras Indraugnir devoraba a los qué atacaban por el frente. Un codazo del rey le bastó para echar a un skaven qué intentaba apuñalarle, y otra estocada hizo qué hubiese un skaven en llamas menos en el mundo.

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El Guardián de los lobos blancos volvió a acometer con su hacha a los escasos skavens qué trepaban por las podridas escalas. A una orden suya los otros cuatro lobos blancos qué habían sobrevivido a la batalla contra el vampiro alzaron al unísono las hachas, decapitando a todos los enemigos. Mientras Yvlerion no paraba de forcejear en lo mágico contra los brujos hombres rata. Parecía sudoroso y no era para poco.

Cómo las almenas ya estaban limpias de insignificantes enemigos, el Guardián empujo a dos flemáticos lanceros para poder contemplar las líneas enemigas. De la primera horda ya solo quedaban restos, y las cinco ruedas de la muerte se habían estrellado inútilmente contra la gran puerta, así qué ahora tendrían qué hacer frente a la segunda oleada. Esta ya estaba compuesto por insignificantes enemigos mejor armados. Pues qué vinieran. Se armasen cómo se armasen se encontrarían tarde o temprano con su fría hacha. Entonces vio cómo entre las aullantes criaturas surgían estructuras con forma de cono.

Un examen un poco más exhaustivo le hizo ver que en el frente tenían un ariete cónico, mientras qué en toda la estructura bullían skavens ansiosos por pelear. Por detrás de las estructuras había una hilera de seis ratas ogro qué, ayudadas por los esclavos, hacían avanzar la estructura. Además, de lejos daban la impresión de ser ratas gigantes de varios metros de altura. Luego se puso a contar y pudo ver qué habían cómo una docena o algo así totalmente construidos y otras dos a medias. Yvlerion se dio cuenta de su implacable avance, por lo qué elevó su vara al cielo, haciendo aparecer media docena de cometas qué quemaron por completo una de las máquinas. Cada vez estaban más cerca. Ya podía oler a las ratas

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Aeralos miró agotado al mar de cadáveres qué ahora habían en la torre y a los guardias elfos qué ahora cubrían sus posiciones. Al principio había logrado matar a la mitad con su magia. Unos pocos escaparon para encontrarse con los guardias, pero la mayoría fue a por él. Finalmente los dos alumnos lograron reaccionar y se sumaron con él y otros dos guardias más a la pelea. Al final de la contienda sólo sobrevivió Aeralos, ya qué los otros fueron demasiado piadosos. Demasiado. Contempló tristemente los cadáveres cuando de repente un mortífero y apestoso proyectil. Cuándo vio a los guardias caérsele la piel a tiras y crecerles llagas por todo el cuerpo, Aeralos lo primero qué hizo fue salir de ahí tapándose la boca.

Cuándo salió vio cómo los elfos formaban filas apretadas para enfrentarse a los skavens qué salían de las escalas y de una rara máquina con un ariete qué no paraba de golpear la muralla. Aeralos se sumó rápidamente a la batalla. Con un gesto de mano tres skavens empezaron a arder con un fuego a zul y él aprovechó la confusión para matar a varios más. Pudo ver cómo sus aprendices ocupaban posiciones al lado suya y justo cuándo iba a alzar su espada vio cómo dos skavens preparaban un raro artilugio con forma de pequeño cañón. Inmediatamente se hizo al lado milésimas de segundo antes de qué de este surgiera una gran llamarada qué quemó a cuatro de sus discípulos, siete skavens y un arquero. Justo cuándo paró de regurgitar fuego, Aeralos se abalanzó rápidamente sobe los artilleros, los mato, y volvió a las almenas. Y justo cuándo iba a alzar sus manos para invocar un hechizo de potencia un rayo verde mágico cruzó el aire, estrellándose en el suelo y haciéndole saltar por los aires hasta estrellarse inconsciente contra un tejado élfico.

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Skabscror miró orgulloso a su última maravilla de la mutación. Lo había mantenido todo el tiempo en el bosque, alimentándolo, aumentándolo y domándolo junto a los maestros del clan Moulder hasta qué al final estuvo preparado. El rey de las ratas ya estaba avanzando cómo una bola inmensa, rodando por el suelo y guiada y empujada por los ciegos y grisáceos ratas-ogro-topo. Lo único qué lo molestaba era qué uno de los domadores muriese en la víspera de la batalla, pero su obra maestra estaba ya preparada. Pero de repente lo atacaron otra vez los dolores. Tenían qué atacar de una maldita vez.

El rey de ratas había sido producto de una criatura de la realidad. Y es qué los grandes días de la Gran Rata Cornuda siempre aparece un grupo de ratas en con las colas atadas en un mismo punto qué atacan salvajes a todo el que se les acerque. Él había capturado una de estas maravillas de su dios, y había visto cómo alargarlo. Había puesto en el punto de unión una gran cantidad de skalm y habían atado a la bola muchas ratas, incluso algunos skavens y un puñado de ratas ogro, todo le había servido para formar una gigantesca bola de ratas chillantes más grande qué un gigante y que ahora se dirigía a la puerta de la ciudad. Skabscror buscó con la vista las innumerables torres qué Garrac le había citado y finalmente las encontró. Otra punzada de dolor le hizo insistir a los domadores qué fueran más deprisa. Se le acababa el tiempo. Vistalarga miró detrás suya, esperando a qué a Skabscror le atravesase alguna flecha, pero siempre a una prudente distancia de Torturador.Mientras la campana seguía sonando rítmicamente.

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Fethlorgar dirigió la mirada hacia la monstruosa bola de ratas. Un pequeño toque de piernas le hizo saber a Indraugnir cual sería su próximo objetivo. Este último alzó las alas y se puso a volar otra vez hacia un nuevo objetivo. La lanza lanzó un rayo azul a este, pero tan sólo chamucó a algunas ratas. Luego Indraugnir devoró a otras cuantas, pero seguían siendo pocas. Finalmente el dragón soltó una gran llamarada por todo el perímetro qué hizo poner en llamas toda la bola, pero esta seguía avanzando implacable. Acto seguido se concentró en los domadores, que no tardaron mucho en huir, pero la bola seguía rodando hacia las puertas de la ciudad. En seguida Fethlorgar supo qué hacer.

Se bajó del dragón y se adentró en las profundidades, rodeado de miles de ratas qué no paraban de mordisquearle la armadura. Haciendo caso omiso de estas se fue adentrando enre las ratas, trepando. Dio gracias también a llevar una armadura dragón, ya que esta le protegía también del fuego. Finalmente llegó a donde quería. Una bola de piedra de la disformidad que formaba el núcleo de la “estructura”. Se puso a trepar todo lo alto qué pudo sin perder de vista el núcleo, lo apuntó con su lanza y disparó. Al principio no pasó nada, pero Fethlorgar sabía lo que terminaría pasando, así qué trepó todo lo rápido qué pudo, recibiendo dentelladas desesperadas por todas partes.
Finalmente llegó a la superficie, pero una vez qué asomó la cabeza al aire libre para respirar un poco de aire puro vio con horror donde estaba la bola: a pocos palmos de distancia de la puerta, y pudo ver las caras de terror de sus camaradas y en sus ojos se vio a él mismo acobardado. Lo único que podía hacer era subir a su ragón y huir. Y finalmente la bola estalló en una gran explosión verde, llevándose consigo puerta, muralla, elfos, skavens y dragón.

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Yairffeel escuchó un gran estallido en la superficie. Acto seguido se encogió de hombros y volvió a vigilar cómo guardia del subsuelo qué era las cloacas ahora selladas bajo escombros. Luego, al ver qué no pasaba nada volvió a ver los pies de su amigo, qué seguía durmiendo. Todavía seguía indignado por la insolencia qué había cometido un elfo al decirle qué a lo mejor pelearían mejor en los túneles con lanza y pavés.¡Por favor! Los paveses eran para los skavens y las lanzas para los de la superficie. Cómo miembro de la Orden de los Subsuelos qué era no iba a quedarse detrás de un escudo ni a poner un palo entre el y la batalla, no. Tampoco iba a romper la tradición.

Seguiría peleando con sus espadas gemelas hasta el fin de los tiempos, cómo todos sus antepasados. Y todavía había quien pensaba que era imposble pelear así. Mentira. Él desde luego había peleado en condiciones peores a aquella y llevaba ya noventa y ocho primaveras así. Dentro de dos entraría a formar parte de la élite de la superficie cómo un orgulloso caballero. Pero un chapoteo en el agua interrumpió sus pensamientos. Desenvainó sus espadas y intentó vislumbrar en la oscuridad cuándo de repente surgió un skaven con harapos negros. Este intentó apuñalarle, pero Yairffeel se echó a un lado rápidamente. Justo cuando recompuso su posición el atacante había desaparecido entre las sombras. Yairfeel soltó gritos de desafío a la oscuridad, apelando al orgullo marcial de su oponente, pero no pasó nada. El guardia pensó qué no merecía la pena avisar a sus compañeros, ni siquiera despertar a su compañero. Él solito podía con aquella alimaña. EN eso pensaba justo cuando la susodicha salió otra vez de las sombras para volver a acometer, pero esta vez estaba preparado, ya qué paró sus puñaladas.

El combate se prolongó un poco más hasta qué su oponente volvio a escabullirse entre las sombras. Esta vez no tuvo qué decir nada, ya qué pudo ver un destello de oro perteneciente al skaven, pero justo cuándo alzaba sus espadas para acometer se dio cuenta de que sus piernas no le respondían. Intentó moverse, pero cayó al suelo para darse cuenta de qué tenía clavadas en el corazón tres estrellas negras. Justo cuando cayó al suelo pudo oír los escombros retumbar mientras se oían por el otro lado muchos chillidos. Antes de morir pudo ver qué su compañero no había estado durmiendo, ya qué llevaba clavadas en el cuerpo dos estrellas. Irónico. Mientras en la oscuridad el brillo de los colmillos dorados se intensificó mientras se oía una risilla tan aguda como maliciosa.

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Squeweel sonrió de estupefaciencia. El dichoso ritual ya había acabado. Había seguido paso por paso todas las instrucciones a seguir para invocar la voluntad de su inmisericordioso y todopoderoso señor. El aire empezaba a emputrecerse, las pocas plantas qué quedaban se apagaban, mustías y podridas, los skavens habían corrido a evitar la zona, la campana le retumbaba ya los tímpanos y las últimas palabras de su ritual todavía sonaban por la zona cómo un eco maligno. Enseguida apareció una bruma negra qué cubrió por completo el cadáver del horrorizado esclavo y el círculo de invocación.

En seguida lo qué empezó en una risa de poder se convirtió en miedo, pero se contuvo a secretar el almizcle. De la niebla surgió entonces primero dos pezuñas negras, después un báculo con la punta roja, después un torso flácido lleno de pelos y finalmente un rostro adornado por dos cuernos, un rostro bovino y finalmente unos penetrantes ojos rojos qué estaban fijos en su persona. Entonces el skaven fijó la vista en sus pezuñas, ya qué según decían si lo miraba a los ojos se condenaría eternamente. Tampoco podía mentir, pero si transformar un poco la verdad a su antojo:
-Oh, gran señor de las alimañas, esos miserables y arrogantes cosas-elfas han desafiado al poder de la Rata Cornuda, y mi líder me ha pedido que te invoque para poderlos aplastar bajo nuestras garras
El señor de las alimañas se le acercó, lo olisqueó, miró la campana y se escabulló entre las sombras mientras soltaba una risa más siniestra que todas las cosas-muertas juntas. Esto dejo entre aterrado y perplejo al vidente, qué no pudo evitar rascarse la cabeza con una de sus garras delanteras.

DDDOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOONNNNNNNNNNNNNNNNNNNGGGGGGG

Squeweel se acarició desesperado los oídos, sordo por aquel último tañir. Pudo ver cómo la campana se resquebrajaba mientras se abrían una gran fisura en el suelo. Vio cómo el señor de las alimañas se escabullía. Le pidió desesperado auxilio, pero este hizo oídos sordos mientras se dirigía a la ciudad. Las nubes se teñían de verde mientras los skavens intentaban huir desesperados del lugar. Finalmente se abrió a sus pies un gran abismo por el cual cayeron tanto él cómo la campana cómo los campaneros cómo una docena de skavens cercanos. Y antes de que pudiera gritar cayó del cielo un rayo verde qué llegó hasta la campana, donde el estaba casualmente. Antes de morir en lo último qué pensó fue en que ya no podría esclavizar él mismo a las cosas-elfas.

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Los sombríos ya estaban preparados silenciosamente en sus puestos. No paraban de vigilar a los skavens y la misteriosa máquina en la que estaban trabajando. Qué fuera le traía sin cuidado a Higelf, lo único qué sabía era qué a la larga resultaría dañino para toda Ulthuan, pero nada más, y a él esa información le bastaba. Además quería vengar las muertes de sus alumnos, Natgarion y Kthellar, qué habían caído por las rastreras artimañas de los hijos del caos. Lo único qué no sabía era si toda una compañía de sombríos y los supervivientes élficos de los bosques bastarían para poder vencer a toda una inmensa horda de skavens, pero al estar a los pies de las montañas no recibirían refuerzos, aunque entre sus enemigos se estaba produciendo una revuelta. Lo qué si qué le pareció extraño era qué el cielo fuese verde y no pararan de abrirse pequeñas grietas en el suelo. Algo había pasado…

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Haw se puso a los pies de Skreek Garrafija, alabándolo de mil maneras y intentando así de paso alejarse de su hacha oxidada. Mientras, los guardias se preparaban para cubrirle las espaldas a su líder vestido con una armadura carmesí rapiñada a las cosas con barba. También no paraban de oírse los gritos de huelga de los esclavos y sus amenazas de donde debería meterse el ingeniero su invento y los picos.
-Me estoy impacientando, sucia-sucia alimaña-amenazó Skreek mientras alzaba su espada
-¡No! ¡Paciencia, mi señor, paciencia! Ya faltan unos pocos-pocos latidos para qué el cañón entre en funcionamiento y reduzca a cenizas la ciudad qué las cosas-elfas llaman Tor Ynes…vress…fress…bueno, qué después podrás aplastar bajo tus garras todo el este, y después, oh sí-sí, amenazaremos con destruir su Plagaskaven, y entonces, oh sí-sí, se rendirán y alabarán tu nombre, oh sí-sí, junto al de la Gran Rata Cornuda, oh sí-sí
Esta tentativa pareció agradarle mucho a Skreek, qué bajo su espada, pero no la mirada asesina
-¡¿Y qué quieres- preguntó con tono de rabia-que haga con tus rebeldes esclavos?! ¡Sin ellos no podemos-podemos seguir con el cañón y dentro de poco notaré debajo de mi cola a los malditos espías de ese imberbe de Skabscror! Oh, sí-sí-Terminó irónicamente. Poco a poco ya se fue notando cómo todos los skavens se ponían nerviosos.
-No te preocupes, oh no-no-De repente se oyó un estallido procedente de la sala de máquinas-Ya está listo, oh sí-sí-Dijo el ingeniero mientras una sonrisa se le abría en la boca.

AMPLIACIÓN

Maldita sea. Esos despreciables seres inferiores con forma de rata no para con su continuo reflujo de tropas a las murallas. Forcejeo con uno, intentando arrebatarle esa larga alabarda con intenciones asesinas, y mientras qué este me dice un par de cosas en su incomprensible idioma, yo no dejo de pensar en el porque de todo. Sus inmundos camaradas mataron a toda mi familia del bosque a sangre fría. Glorbidil, Kaith, Alacarth... Todos ellos muertos muy seguramente en uno de esos enormes incendios. Y yo ya no tengo nada más qué perder más que mi propia vida y algo que mis compañeros llaman "orgullo". Ah, si, se me olvidaba lo más importante de todo. La venganza. La fría , amarga y dulce venganza. Por Khaine qué la obtendré aunque me cueste mi último aliento.
Este último pensamiento me da fuerzas renovadas, las suficientes cómo para lanzar a mi indigno enemigo por el pequeño precipio qué me han dejado entre las almenas los ya innumerables bombardeos del enemigo. Un skaven se lanza a por mi con su espada oxida alzada. Pega muchos alaridos, aunque hace ya unas explosiones que deje de oír. Cierro los ojos y mi vida pasa delante mía en milésimas de segundos. Los vuelvo a abrir la rata ya no está. Raro. Muy raro.

Miro a mi alrdedor y ya sólo veo muertos y más muertos. Y más skavens. Y las escaleras que dan el acceso a la plaza. Y yo soy el único elfo vivo. Y estoy en medio, cómo siempre.
Veo a uno de ellos lanzarme una esfera verde, y contengo instintivamente la respiración, y menos mal qué lo hago, ya qué de la esfera salía un humo venenoso qué de haberlo respirado me habría hecho dejar definitivamente las ganas de venganza. Cojo mi lanza y el escudo de alguien (no sé de quién) y me lanzo con la boca cerrada hacia mis innumerables amigos con cola, mientras me recuerdo a mi mismo que no soy más qué un lancero qué se las va a ver con Khaine dentro de muy poco.

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Maldita sea. Por la Gran Rata Cornuda que cómo Skabscror siga así voy a perder mi amado pescuezo pronto-pronto. Un vidente gris de la categoría y calidad de Horrk no podía morir a causa de unas flechitas de nada. Me ocultó detrás de mis esbirros, mientras qué estos tapan valientemente con sus cuerpos las flechas-flechas y corren a pedir más refuerzos, yo me pongo a urdir mis planes-planes de supremacía, sí-sí. Por supuesto, sobra-sobra decir qué no pienso hacer cómo mis antecesores y hacer un ataque directo, no-no. Una mente privilegiada cómo la mía tiene maneras más sutiles de atacar-atacar a las cosas-elfas y a las cosas-almenas. Sí-sí. Con un chasquido de mis dedos desaparezc en un, supongo, estallido verde.

Miró a mi alrededor. No, esto no es lo que buscaba, no-no. Solo hay cosas elfas yendo a una puerta y una estatua de una cosa-elfa. No-no, aquí no es. Toca teletransportarse.

Otra vez miró. Esta vez sí. El maestro Moulder me mira sorprendido, oh sí-sí, parece tonto-tonto. Una mirada de malas pulgas le hace saber lo qué quiero, y mientras qué servilmente escupe a su majestuosidad, ordena a sus maestros del clan con la garra qué suelten a las cosas-lagarto. Son raras-raras, oh sí-sí. Tienen cola de rata, patas de lagarto, mandíbulas de rata y cuernos enormes. Ah, y miden seis o siete veces yo. Algunos tienen implantes, suturas y heridas, pero es un rebaño muy singular, oh, sí-sí. Maravillosas-osas. Debieroon ser obra mía, oh, sí-sí. Lanzando rugidos se lanzan a la lanz..., digo-digooo a la cosa rara con almenas. Algunas caer al suelo llenos de pinchos, otros se estrellan en un temblor fuerte-fuerte con la cosa rara de las almenas, y otros van a por tropas Skabscror (o, cómo líder absoluto qué soy, y por extensión, mías) y uno hace gukero grande-grande en la cosa rara de las almenas. Bien. Pero me aburro, y todavía no me he apareado con mi harén de una criadora. Toca aparearse, oh, sí-sí.

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Maldita sea. Ese elfo que acaba de llegar a la ciudad, Hraith creo qué se llamba, no para de decir qué Athel Amaraya está siendo asediada y qué necesita la ayuda de nosotras las águilas y de nuestros aliados elfos. Pero no es el momento. La profecía dice qué solamente cuándo el dragón ancestral qué siempre gobernó antaño las montañas se levante y suelte su gran rugido, solo entonces el pueblo de las montañas saldrá con cólera resurgida de sus hogares a enfrentarse al enemigo. Y llevamos yacuatro mil años preparandonos.
Bueno, en realidad estoy mintiendo al (espero) sagaz lector. Unos seres de tamaña inteligencia cómo nosotras las águilas gigantes no están atadas a primitivos escritos. Lo único qué nos impide levantar el vuelo es qué sin la ayuda de nuestros hermanos elfos no podríamos enfrentarnos a la horda qué describe Hraith sin más ayuda qué nuestros picos y garras. Así qué yo y el consejo de los ancianos no tenemos más remedio qué decirle a Hraith qué no podemos ayudarle.

Entonces el se cabrea y se mete en la cueva del dragón. Los elfos se enfadan, claro, y intentan detenerle, pero yo les pido que le concedan una oportunidad, ya qué ya sé lo que Hraith pretende...

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Maldita sea. Mira qué antes en el imperio nos iba bien. éramos buenos recaudadores de impuestos, estábamos forrados. Adorábamos a Nurgle y de vez en cuándo matábamos algún pueblo con alguna de sus plagas, pero nada más. Pero claro, entonces llegó aquel estúpido elfo muerto llamando a la puerta de nuestra casa, en busca de respuestas. Y ahí se empezaron a complicar las cosas. Padre se emocionó y le enseño los escritos viejos de nuestro viejo abuelo el hechicero del Caos. Pero el elfo quería saber más, y padre también estaba ya intrigado, así qué !Hala! !Nos vamos de vacaciones a los Desiertos del Caos en busca de respuestas! !Hala! !A la porra el trabajo, novias, dineros, y demas etcs!

Y claro, consiguimos todos lo qué elfo y padre querían.No sólo consiguieron el favor de Nurgle, (bueno, y toda la familia tambien) sino qué además si cumplían con el plan del elfo obtendrían la inmortalidad qué otorga el ser un príncipe demonio. Y la parte complicada, la del hermano de Athriel, ya estaba hecha. Aún así yo no me acabo de fiar del elfo. Sí, sí, padre confiar plenamente en él, pero no hemos lleguado a ser hechiceros de nurgle por ser estúpidos. Padre tiene plan para matar elfo a última hora, pero yo también tengo plan para matar familia a última hora...

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Maldita sea. Esos skavens malditos se han infiltrado en pleno corazón de la ciudad los guardianes de las cloacas, al parecer ser se hallan en una serie de túneles convexos intentando parar a la mayoría de la horda, pero a mí no me parece qué hayan reducido mucho en número. Blando mi espada y mato a dos en un abrir y cerrar de ojos. Otro skaven, sin decir nada, me intenta apuñalar por detrás, pero cuándo me doy la vuelta ¿ya no está?

Miro a mi alrededor. Le atravieso la garganta a otro skaven de ropajes negros y salgo del combate. No estoy huyendo, ni mucho menos. Es tan sólo qué estoy preocupado por mis compañeros del consejo. Alain se lanzó en su flamante hiopogrifo a por las filas de skavens, y ya no se supo más de él. Wailth murió por la plaga antes de la batalla. Alcaran fue de los primeros en caer en las murallas, Kael se halla esperando en el placio y Uniiil, mi compañero desde hace poco más de quinientos años se halla entre los escombros de la muralla. Y es a él al qué voy a rescatar. Me hago acompañar por una docena de guardias de la ciudad y cruzo la segunda muralla.

En la Plaza del Héroe todo se había vuelto un absoluto caos. La puerta estaba totalmente destrozada, sus soldados intentaban organizarse en falanges, mientras qué una compañia de guardias del fénix se adentraba silenciosamente en las brumas de la explosión. ¿Que hacían?

Pero no tenía tiempo para eso. Cruzó rapidamente las calles, buscando a Uniil con la mirada, pero sólo encontraba elfos qué huían en desbandada a la plaza. No era buena señal. Pero por fin encontró el lugar en el qué estaba Uniiil. De la seccíon de muralla de la zona ya sólo quedaban escombros, y elfos trepando por ellos. Por fin encontró a Uniiil, que se encontraba pelendo desesperadamente por su vida contra tres ratas ogro y innumrables skavens hambrientos penetrandolos con sus ojillos rojos. La cosa se complicaba por momentos.

(Mañana sigo con los mi relatos, ya explicaré de que va la cosa)

UNA PEQUEÑA TREGUA
Yvlerion pasó su mirada por la plaza. Docenas de elfos ataviados con sus armaduras plateados y ropas blancas y armados uniformemente con sus escudos y lanzas se hallaban formados, esperando silenciosamente en sus puestos a qué el enemigo se decidiera a atacar, mientras qué los arqueros esperaban con los arcos tensados desde sus posiciones, escrutando el humo y las llamas qué residían e lo que quedaba de la antaño ancestral puerta.
De repente surgieron de la bruma 13 sombras silenciosas. Antes de qué los elfos más tensos hicieran algo uno de los generales alzó la mano, prohibiendo con ese gesto una inútil masacre, y justo entonces las trece sombras surgieron del humo, aclarando el misterio. Era una docena de elfos ataviados en armaduras doradas embadurnadas del ya familiar líquido negro de algunas gotas rojas de sus camaradas. Un tambor acompañaba el rítmico y totalmente silencioso paso de la guardia del fénix, mientras que las alabardas, alzadas, se hallaban a la espera de nuevas víctimas.
Pero lo más importante era el elfo que era portado por dos guardias. Nada más verlo el elfo pronunció un par de palabras, y acto seguido en menos de lo que canta un gallo élfico (casi nada) una ave flamígera atravesaba la plaza hasta posarse al lado del malherido elfo, y otro par de palabras devolvieron al mago a su estado original.
Los temores del mago de Cracia quedaron confirmados en seguida: era el príncipe caledoriano Fethlorgar. Estaba agonizando. Tenía astillas clavadas por todos los recovecos de su armadura, siendo la más importante una que le atravesaba el ojo izquierdo.(sobra decir que iba sin casco). Su armadura de dragón lo había salvado del fuego disforme de la explosión, pero ante las astillas que salieron despedidas de la puerta poca cosa pudo hacer. Quién no había tenido tanta suerte había sido el dragón, que yacía muerto entre los escombros.
Y ahora a Yvlerion se le presentaban dos opciones: salvar al príncipe a riesgo de su propia vida y acabar sus días en alguna anónima batalla, o, y esta era la opción más beneficiosa, fingir qué intentaba salvar al elfo, dejándolo morir, dejar las tierras sin dueño alguno a merced de su señor, recibiendo por sus méritos unas tierras en Cracia y la promesa de acabar su longeva vida pacíficamente cómo recompensa.
Pero el dilema moral se convirtió rápidamente en arrepentimiento. Ese tipo de pensamientos y vanidades eran más propios de las mentes enfermas de sus primos oscuros de Naggaroth, impensables en un elfo de tan noble estirpe cómo la suya. Tarde o temprano ayudaría a su señor a poseer esas tierras alejadas de la mano de los dioses, pero no con esos métodos y circunstancias. Puso su mano en frente sucia y ensangrentada y empezó a concentrarse.
La verdad era qué Yvlerion nunca había sido conocido por sus dotes curativas, ya que en una tierra tan invadida por las tropas del Rey Brujo, normalmente más numerosas, se apreciaban más las habilidades destructivas píricas que permitían destruir barcos negros llenos de corsarios que unos hechizos curativos que los fuertes y orgullosos cracianos no estimaban demasiado.
Y estaba también que Yvlerion tan solo había curado animales pequeños y alguna que otra cría de león blanco, nada muy importante.
Pero estudiarlo lo había estudiado, así que poco a poco las palabras ancestrales fueron surgiendo de sus labios poco a poco, mientras la guardia del fénix formaba un círculo silencioso y pétreo de alabardas, valentía y armaduras doradas y sucias.
La tranquilidad no duró mucho, ya que enseguida surgieron de la oscuridad tres rayos verdes serpenteantes qué surcaron la bruma hasta posarse ferozmente en los guardias. Milagrosamente sólo uno cayó carbonizado, ya qué los demás siguieron impasibles escrutando la niebla, protegidos en todo momento por Asuryan. Los gritos de Fethlorgar se oían a través del viento aullante.
En seguida la pesada bruma se fue dispersando, dejando ver por fin al enemigo. Todos los hombres rata se mantenían a cierta distancia de la puerta, esperando recelosos, pero lo qué importaban eran las tres ruedas de la muerte qué acompañadas por su ráfaga de rayos verdes cruzaban los escombros, dirigiendose todas hacia el mismo objetivo: la guardia del fénix.
Otra vez salieron despedidos varios rayos de los artefactos maquiavélicos. Uno estalló a varias yardas de los elfos, otro corrió la misma fortuna, un tercero dio en una de las ruedas ratoniles, sin provocar nada más que humo, fuego y chillidos desesperados, pero nada que parase su infrenable ritmo. Los demás rayos se dirigieron a por el cerco, para horror de los elfos que caminaban raudos a ayudar a sus camaradas. Milagrosamente los rayos tan sólo mataron tres guardias y dejaron con la cara carbonizada a otro, pero el cerco se mantenía en pie, y ahora un aura blanca lo rodeaba. La voz de Yvlerion empezó a imponerse sobre el sufrimiento agónico de Fethlorgar, pero necesitaba más tiempo. Las ruedas estaban cada vez más cerca.
Y justo cuándo las ruedas ya estaban a punto de disparar otra vez, un rugido gutural surgió de entre los escombros, y, cómo un demonio de furia vengativa, un dragón milenario se levantaba sobre sus cuatro patas, rugiendo a los nuevos enemigos y dispuesto a vender muy caro su último aliento.
Las ruedas se pusieron de mutuo acuerdo y decidieron replegarse para evitar al dragón y coger carrerilla. Una lluvia de flechas las intentó dar, pero lo único que hicieron fue o estrellarse contra el suelo o rebotar contra la carcasa, pero enseguida tuvieron los elfos que concentrarse en una marea de skavens que se aproximaba por detrás de las ruedas.
Mientras tanto el dragón alzó sus fauces al cielo, las volvió a bajar en dirección a una de las ruedas rápidamente y una oleada de llamas salió de su boca con trayectoria a la rueda ratonil qué iba en cabeza. Unos segundos de llamaradas y gritos después la rueda estalló en un gran fogonazo, pero las otras dos rodaron sobre los restos de la rueda destruida hacia el dragón. Una vez más los rayos volvieron a salir de los lanzarrayos. Dos estallaron lejos de su objetivo, levantando grandes cantidades de polvo, otras dos carbonizaron a un par de hombres rata descuidados y finalmente los restantes impactaron de lleno en el dragón. Este aulló de dolor por la gran herida propiciada, estuvo a punto de caerse al suelo y morder el polvo, pero logró reunir voluntad suficiente para levantarse y plantar cara. Intentó volar, pero sus alas estaban totalmente atrofiadas y destrozadas, así que el dolorido dragón se vio incapacitado para volver a levantar el vuelo. Las ruedas estaban cada vez más cerca.
Entonces un virotazo de algún lanzavirotes anónimo salió proveniente de las torres y impactó de lleno en uno de los mecanismos, el que despedía humo sin parar. Al parecer ser debió de impactar en algún generador o algo así, ya que de nuevo una explosión estruendosa iluminó los ojos de los skavens que andaban por detrás con ganas de pelear, saquear y pirarse.
Pero todavía quedaba una rueda de la muerte infernal. Y a esta le pasaba algo raro. No dejaba de despedir humo por los laterales mientras el ingeniero piloto se aferraba desesperado a los controles, sin saber qué hacer y mirando con odio a su ayudante y a las ratas. Obviamente había perdido el control.
Y mientras que la alocada rueda iba de cabeza hacia el enfurecido dragón y los esclavos se acercaban más y más a los guardianes del fénix y la vanguardia elfa, Yvlerion tenía serios problemas. Había tenido un error de pronunciación en una palabra del ritual mágico y ahora las heridas de Fethlorgar eran aún mayores que antes. Sus quejidos llegaban a niveles desesperantes. Oyó al dragón aullar, pero al mago lo único que lo interesaba era su paciente. Ya solo le quedaba una alternativa: sacrificar su propia vida a cambio de darle al caledoriano más tiempo para así poder llegar a las torres y ser curado de verdad. Pero Yvlerion no estaba seguro de poder llegar tan lejos…
Justo entonces uno de los elfos silenciosos, supuestamente el guardián de la llama, se plantó frente a él. Un intercambio de miradas lo aclaró todo, así que Yvlerion empezó con el ritual. Y mientras, la rueda de la muerte ya estaba a tan solo unos pasos de su destino, pero este abrió las fauces y las cerró, pero debido a la lentitud de sus reflejos y sus heridas solo consiguió morder aire. El piloto hacia ya un tiempo que no gobernaba la máquina, y viendo que iba a colisionar, saltó a lo bruce willis de la rueda, estrellándose contra el suelo, mientras que la rueda hacía lo propio con el dragón, provocando una explosión verde qué cegó a los espectadores del evento. El dragón, moribundo, echó un último vistazo al círculo de guardias del fénix que se retiraba. Ya había cumplido con su cometido y ya podía morir en paz.
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El túnel era completamente oscuro, a excepción de una lamparilla de aceite que desde su posición en el suelo iluminaba a los confidentes.
Skabscror miró la lámpara, y, también por si los casos, retrocedió entre las sombras para ocultarse detrás de los tres guardias albinos, ya que tratándose de los taplins, nunca se sabía.
Acto seguido le lanzó una mirada de desconfianza y recelo al brujo de los hombres topo, y muy seguramente el también le estaría lanzando la misma mirada si gozara de capacidad de visión. Cómo todos los taplins parecía la horrible parodia de un topo que quisiese andar a dos patas. Los hombres topo son sencillamente topos de metro, metro y medio de altura que se sostienen sobre sus dos patas traseras. No tienen cola, ni escrúpulos en saciar sus avaricias lo más cruel y rápidamente posible. Van normalmente encorvados, con una gran joroba a sus espaldas. Y los tentáculos de sus bocas siempre se remueven impacientes, emitiendo sonidos parecidos a una mezcla entre un silbido de máquinas del clan Skyrre y los gritos guturales de los necrófagos. Sus largas zarpas de entre veinte centímetros y treinta lo toquetean todo con avaricia y curiosidad, tanteando en la oscuridad. Desde luego eran unas zarpas muy afiladas que podían atravesar fácilmente el acero. Y ese último pensamiento le hizo a Skabscror retroceder un par de pasos más.
Pero por si los hombres topo no fueran ya raros, sus líderes, los brujos grises, lo eran todavía más. Cómo su nombre sugería, su pelaje es totalmente gris, o blanco en algunos casos. En la frente tenían un cuerno de cabra y sus bocas tenían una forma diferente, más parecida a la de un caimán, y además normalmente llevaban un bastón rúnico de algún metal raro (en este caso oro) con gemas más raras todavía incrustadas (rubís) y un símbolo estrellado en la punta de a saber qué. Y como todos sus avariciosos parientes, este iba embadurnado en unas placas de oro.
El solitario taplin olisqueó un poco el aire, tanteando el suelo con su vara hasta que esta tocó la lámpara. El taplin se paró y dirigió su cónica cabeza al techo, como si buscase algo.
-¿Qu ssssssss lo que quressssssss e losssssss hombressssssss topo SSSSSSkbscror? (Sí, tenías razón, tienen que sesear, pero no me gusta mucho hacer esto, ya que no son los únicos que sesean en Warhammer)
El sonido procedente de la mandíbula de tentáculos y dientes sorprendió a Skabscror. Los únicos taplins que sabían hablar la lengua skaven eran eruditos recelosos encerrados en sus madrigueras-escritorios, por eso al líder skaven le sorprendió al principio que el rujo fuera totalmente solo.
A continuación, y muy a su pesar, Skabscror se adelantó un par de pasos en la oscuridad
-Bien-bien, veo que sabes mi idioma
-¿Qu ssssssss lo que quressssssss e losssssss hombressssssss topo SSSSSSkbscror?
-Bien-bien, quiero que me hagáis un favor, sí-sí.
-Repite
-Teneis que hacerme un favor
-No enender…Repite
-Tu vas ayudar mi
-SSSSSSSSSí, yo enender, sssssssí. ¿Qu qures? Yo no gratis.
-Hay una torre de cosas-preciosas
-¿Cosssssssasssssss preciosasssssssss? Grklk ,arlghk
-Sí-sí, se lo dije a tus súbditos antes de zarpar.
El hombre topo alzó una de sus zarpas, pidiéndole que parara. Acto seguido, metió su zarpa posterior izquierda en un saco, y tres segundos después sacó del saco un artefacto extraño, parecido a un mando, con un botón y una especie de contador con símbolos extraños. El taplin pulsó el botón, manteniéndolo pulsado y enseguida del aparato salió un horrible y sonoro pitido fuerte que ensordeció a Skabscror y sus tres guardaespaldas. Incluso al hombre topo se le escaparon unas lágrimas de sus ojos mientras fruncía el entrecejo, y a los cinco segundos soltó la zarpa del botón, parando aquel horrible sonido.
-Verdd esssssss, ssssssssssi
-¿Y bien?
-¿Recomensa?
-Toda torre
-Toda to’’e? Bon recomensa, ma’’a.
Esta vez fue Skabscror el que scó un mapa en relive de la torre y un plano subtérraneo. No había ningún túnel o alcantarilla que accdiera al palacio.
-Recuerda, tres horas
-¿Ein? Grdfghkr
-Toma
-Trece veces trece
-SSSSSSSi
-Buuuuuuuuum
-Sssssrk
-Que nuestros túneles no se junten ni hoy ni mañana…
-Ni ayer.
Entonces la estrella se iluminó de un resplandor azul que iluminó toda la cueva, iluminando también a una docena de hombres topo que esperaban detrás de su líder. Este se dio la vuelta, golpeó tres veces el suelo y se retiró con sus camaradas, dejando tras de sí un fuerte olor a miedo.
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Molkit miró de largo a sus tropas mugrientas y malolientes. Todos los monjes de la plaga le miraban con ansiedad y odio, y Molkit entendía de sobra qué los monjes estuvieran ansiosos de pelear al menos un poco después de varias semanas de inactividad. Lo último que deseaban era morir, pero también es verdad que a los miembros del clan Pestilens les gustaba expandir sus procelosas plagas por el mundo de Warhammer. El portador de la plaga Psiust le miraba la toga con una mezcla de respeto y maldad. Pero Molkit alzó su garra, ordenándole parar. Si querían expandir la plaga por toda Ulthuan tendrían que esperar un poco más. Solo un poco.
Entonces de repente surgió un águila gigante del cielo. Los monjes se escabulleron lo más lejos posible, y Molkit se mezcló entre sus aprendices, buscando protección. Entonces finalmente el águila descendió a la velocidad del rayo, cogió a Psiust, y salió finalmente volando, todo ello sin que a los mojes les diera tiempo siquiera a alzar sus vengativas dagas al cielo. Al pontífice de la plaga lo que más le sorprendió fue que el águila no matara a Psiust
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-¿A qué coño-coño esperas, inútil?
-Paciencia-paciencia, oh mi gran señor, la máquina de destrucción definitiva ya está puesta en marcha.
-Ah, sí? Bien-bien… ¿Y porque no dispara?
-Amo, la máquina tarda en cargarse. Para poder destruir la Gran Ciudad de las cosas elfas necesitamos munición y tiempo.
-Me da igual. Dispara a esa ciudad. Así-así, Skabscror y todas sus tropas morirán, y me convertiré en el señor legítimo de Ulthuan. Y dile a esos esclavos que trabajen.
-Pero…
-¡¿QUÉ?!
-Mi señor… ¡díselo tú, Skarsnik!
-Eh…oh, mi gran señor, amo y subyugador de inocentes, mano derecha de la Gran Rata Cornuda…
-Corta el rollo, imbécil.
-Eh…hay un pequeño y molesto problemita que les “impide trabajar”…es un problema de nada, unas pequeñas trifulcas aquí y allá, nada preocupan…¡AAAAAAAIIIIIIIIIIEEEEEE!
-…
-Bueno, vale, se lo digo yo-yo, pero no me mate-mate, se lo suplico.
-…
-…Vale…vale, bien-bien…Resulta qué…que…que…
-…
-Se niegan a trabajar
-¡¿QUÉ?!
-Piden a su excelencia que su excelencia trabaje por ellos. Los lidera un skaven encapuchado.
-Bueno-bueno, no importa mucho-mucho. Mandaré cortar unas cuantas cabezas, oh, sí-sí
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Por fin había llegado el momento. Llevaba ya años esperando pacientemente a que algún idiota abriera el portal, y ya había llegado el momento. Recordó con amargura cómo su dios, Malal, le dio las instrucciones para ir a la isla élfica. Recordó las penurias que tuvo que pasar para atravesar el océano y como sobrevivió por los pelos a los afilados acantilados. Recordó como había estado viviendo todos estos largos años cómo una bestia encerrada en el misterioso bosque, rugiendo como una fiera indignada que no encontraba a su presa y escondiéndose de los putos elfos cursis de mierda y de otras cosas peores todavía y menos mariconas. Pero sobre todo recordó la frustración y odio que llevaba acumulando todos estos años.
Embutida en su armadura blanca como la luna cruzó los bosques lentamente, en dirección a las montañas. Pudo sentir en los Vientos de la Magia una perturbación.
Su casco sobresalía entre las sombras y su capa negra arrastraba a su paso las hojas que o bien el fuego skaven o bien alguna estación habían hecho caer al suelo. Su guante se iluminó con un resplandor de fuego rojo, y como siguiendo una orden, pudo ver a través de los pequeños huecos de su casco con su visión sobrenatural cómo la señora de la transformación encerrada en su negruzca y rúnica espada se removía, intentando inútilmente escapar de su pequeña prisión. El cráneo rojo que adornaba su poste de trofeos de los hombros se iluminó en los ojos con destellos amarillos.
Por fin la brutal seguidora de Malal podría encontrar víctimas para descargar su frustración, odio, rabia, furia y espera contenidos.

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Fethlorgar abrió los ojos. Le dolía mucho la cabeza. Pero que muy mucho. Pero no tenía heridas. Pudo oír a través de su cama a dos elfos discutiendo, pero sus voces le llegaban cómo ecos lejanos. En seguida se levantó y los miró. No eran más que figuras borrosas a sus ojos.
-Callaos.
Los dos elfos le hicieron caso. Pudo oír como uno de ellos (parecía ser una elfa) le decía algo, pero no sabía que era. Hizo un gesto con la mano y se llevó una mano en la cabeza. Intentó ordenar sus pensamientos. El dragón…la abominación…una explosión…Yvlerion…unos rayos…gritos…dolor…Sí, ahora ya pensaba con más claridad, y sus pensamientos ya se iban coordinando. Su último recuerdo era Yvlerion con el cejo fruncido y a su dragón agonizante. Volvió a abrir los ojos y se encontró una elfa pelirroja con túnicas y a Yvlerion.
-Indraugnir…Ugh…Lorgarian…
-Su hija está bien en sus aposentos, preocupada, pero sana y a salvo-respondió la elfa-en cuanto a Indraugnir…no volverá a sobrevolar los prados de Ulthuan nunca más, ni volverá a Caledor…
Maldit sea…pobre Indri…tantos años peleando y ese sería su final glorioso…morir a manos de un puñado de ratas…
-¿Y los skavens?
-Están…inactivos…de momento. Llevan ya una hora y media esperando. Puede que se retiren. Habrán visto nuestra superioridad.
-¿Qué pasó?
-Aquí el imbécil este-dijo señalando a Yvlerion-se las dio de curandero y por poco no le mata. Tuvimos que llevarle a caballo aquí para restaurarle las heridas. Yvlerion será enviado a Hoeth cuando todo esto acabe. No admitimos novatos en nuestras filas…
-Todo eso está muy bien, pero traemos noticias…
-¿Cuáles?
-Una de nuestras aliadas emplumadas fue al campamento skaven. Al parecer hay unos hombres rata con túnicas que planean algo al lado del río.
-¿Y que conclusión sacó?
-No lo sé, pregúnteselo a ella misma…
Acto seguido los dos elfos se hicieron a un lado, dejando enseñar a un skaven atado a una silla élfica.
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Hraith estaba que no cabía en sí de entusiasmo. Lo había conseguido. Justo cuándo estaba a punto de flaquear, cuando las palabras del ritual se le escapaban de los labios, pensó en Lorgarian con todas sus fuerzas, cogiendo ánimos suficientes para volver a la carga, consiguiendo finalmente su objetivo. La ayuda estaba en camino. El asedio de Gharn-El-Dryas no iba a durar mucho tiempo más.
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Skabscror miró con desconfianza los restos de la puerta. Al otro lado había más de un centenar de cosas elfas, esperando desde sus escondrijos a que el bueno de Skabscror asomase el hocico para clavarle sus malignas flechas. Mientras tanto sus esbirros esperaban impacientes y nerviosos a que su legítimo líder diera la orden de ataque.
Y su legítimo líder no dejaba de morderse la cola y de merodear por el frente, siempre con un ojo puesto en la puerta y el otro en su preciada espalda.
Las murallas exteriores ya habían sido conquistadas, pero ahora las cosas elfas se habían atrincherado en las escaleras y en puentes que solo Morrslieb sabía adónde conducían.
Mucha sangre se había derramado en las secciones de murallas derrumbadas, pero sus despiadados enemigos no cedían ni una sola cola de terreno, así que al señor de la guerra no le quedaba otra que atacar por la puerta. Ya se sabe que un enemigo bien apuñalado es un enemigo menos.
Y justo cuando iba a dar la orden de ataque surgió de entre los skavens la figura alta y todopoderosa de uno de los avatares de la Gran Rata Cornuda. Su sola presencia bastó para que todos los skavens se lanzaran de cabeza a la puerta, dirigidos por el señor de las alimañas. Skabscror se regocijo con eso, ya que le supondría no tener que dirigir el ataque.
Las cosas iban bien-bien

Bueno, para los despistados os hago un resumen de personajes:

Yvlerion y Fethlorgar: interrogando al skaven en las torres de curación(la de los magos)

Lorgarian: en el palacio, pensando en lo que os salga de las narices

Hraith: en las montañas con los elfos de las montañas haciendo Dios sabe que cosas (algo que ver con un ritual o algo así)

Aeralos: Paradero desconocido. A lo mejor esta muerto, no se sabe.

El señor de las alimañas: Al frente de la horda skaven

Skabscror: detrás de la horda skaven

Skreek: Al lado de una máquina gigantesca, maldiciendo a sus patanes

Molkit el Sulfuroso: En la retaguardia skaven, junto a todos sus monjes de la plaga

Los hombres topo: Excavando un túnel

Yvninn: Mirando con escepticismo a su hermano

Athriel: Mirando triunfante a su hermano

Los siervos de Nurgle: Mirando temerosos a los dos elfos

Tía tenebrosa con armadura blanca: Caminando por el bosque y riendose de un chiste.

Yo: Escribiendo el capítulo 10

Jo, me da la impresión de que aparte de nadie nadie más está leyendo el relato, y eso deprime un poco. Si alguno ha conseguido terminar de leerselo, por favor, que diga algo (no empecemos con la broma). Pero vereis, quería variar un poco antes de seguir con el relato (uno o dos minirelatos del 40k) y me preguntaba si había por ahí algún forero interesado en escribir el décimo capítulo. Para los interesados, que me envíen un ensaje y les doy más detalles.

Planeta:Ghortis

Población:20.000 billones de civiles, 50.000 miembros del Adeptus Arbitres

Datos del clima: Aceptable. 35 grados con el calentamiento global del paneta, pero en invierno se han datado temperaturas inferiores a los 10 grados.

Geografía. Solo hay un gran mar de 60.000 kilómetros cuadrados de tamaño. Los otros dos tercios de superficie los ocupan las ciudades imperiales

Grados de diezmos:Exactis Tertius

Fecha de colonización: MK 36, 789

Aestimare: C249, mundo Forja con minas y fábricas industriales

Datos de informe: MK 41, año 956

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Planeta:Ghortis

Población:21 miembros de la legión de los Golpeadores, 1 juez del Adeptus Arbitres

Datos del clima: -41 grados

Geografía. Totalmente árido

Grados de diezmos:Non Adeptus

Fecha de colonización: MK 36, 789

Aestimare :G500 planeta muerto

Datos de informe: MK 41, año 958

INTRODUCIÓN

Antes de nada tengo que hablar de los guerreros del arcoiris. Fue una legión fundada durante la Segunda Fundación. Su servoarmadura era azul, y tenían una banda de colores del arcoiris en el casco. Eran conocidos por seguir fielmente la palabra del Emperador y también por intentar preservar la naturaleza, por lo que eran botánicos empedernidos y también zoologistas, sin que eso afectara sus dotes para los combates.

Pero un día todo eso cambió. Todo empezó con la guerra de Badab. En el mar Aestus, atracado en un puerto, había un barco enorme de los garras astrales, con mucha munición y armas suficientes como para destruir flotas enteras. Entonces los guerreros del Arcoiris, que se habían quedado cruzados de brazos durante la guerra, decidieron actuar por la noche. Enviaron un par de marines para sabotear el barco y que no pudiera zarpar, pero no sabían era que los Tiburones Espaciales ya habían puesto una bomba en el barco, que acabó detonando sin que los infiltrados pudieran huir. Cuando los marines se pusieron a buscar entre los escombros supervivientes, encontraron los cadáveres de los dos miembros de la legiçon ecologista, y claro, rápidamente avisaron a las órdenes imperiales de la traición.

El Imperio envió a las sororitas para purgar el planeta natal de los guerreros del Arco Iris. Efectuaron un fuerte bombardeo, pero cuando aterrizaron se encontraron que en vez de una férrea resistencia los marines habían salido con pancartas de protesta por la invasión. Finalmente, después de quemar a algunos manifestantes, el Imperio aceptó su redención, pero a cambio su planeta natal les fue confiscado, y se les condenó a hacer una cruzada sagrada por toda la galaxia. También se les requisó su código genetico, quitandoles la opción de reclutar nuevos hombres.

Avergonzados, los Guerreros del Arco Iris decidieron cambiar los colores de la legión y su heráldica, pasando a llamarse desde entonces como los Golpeadores. Todavía siguen intentando purgar sus pecados.

ARMADURA NEGRA,CORAZÓN NEGRO

El planeta Ghortis era un planeta imperial normal y corriente. Cómo no habían muchas especies autóctonas, el Imperio no tardó mucho en colonizar el planeta con grandes ciudades y grandes fábricas. Pero un día la cosa empezó a cambiar. En los barrios bajos las acciones criminales aumentaron de repente. Sin que viniera a cuento habían misteriosas mutilaciones de ciudadanos imperiales, y el pánico se iba extendiendo poco a poco. Entonces el juez del Adeptus Arbitres decidió hacer una llamada de socorro a una compañia de los Golpeadores. Rápidamente estos acudieron a Ghortis, deseando redimir los actos de su legión con algún hereje. Así, pues, empezaron a buscar entre los bajos fondos a los culpables con la típica táctica de "o me lo dices o te quemo y me lo dices", así que varias ciudades quedaron derruidas bajo la furia de los marines, y el descontento general se extendió, hasta que una caravana de los Golpeadores sufió una emboscada. Del cielo surgieron varias furias del caos, que se llevaron por los aires a vaios golpeadores, y del escaso follaje surgieron varios disparos certeros. Finakmente surgieron de las sombras las figuras de los Amos de la Noche, que masacraron a todos los marines menos a uno, que propagço la informaciçon del enemigo por todo el planeta. Entonces se produjo una rebelión mundial. Todos los civiles se lanzaban al cuello tanto del uno como del tro, los adeptus arbitres no se daban a basto y los Golpeadores tan solo podían ver como una y otra vez el enemigo se les escapaba. Era como intentar coger humo. Intentaron pedir llamadas de auxilio a cualquiera, pero la señal estaba interferida. Finalmente las masacres y escaramuzas llegaron a tal punto que nadie se atrevía a cruzar las calles solo.

La población era escasa.Los civiles o bien huían en sus naves para desaparecer misteriosamente, o bien eran descuartizados en plena calle, o bien se suicidaban. Cada día un marine desaparecía misteriosamente y las pocas veces que se conseguían hacer prisioneros estos eran asesinados. Y dos años después, cuando ya solo quedaban un puñado de supervivientes, decidieron retirarse a un búnker de la ciudad principal, Ghortis Prime. Pero vieron que el enemigo no les seguía. Las calles estaban frías y solitarias, y podían oír los ecos de sus pasos. Pasaron las semanas y el enemigo seguía sin dar señales de vida.Al final los marines se atrevieron a usar el intercomunicador, y se dieron cuenta aliviados de que la señal era recibida y respondida. Concretamente tres veces.

!!!!!

Código:

Vermellón se agachó para coger el panfleto que había en el suelo. En el panfleto había una imagen de un ultramarine señalando al lector y al lado suya ponía en letras grandes:

ALÍSTATE EN LAS FUERZAS IMPERIALES

AYUDA O MUERE

TEN EL HONOR DE ESTAR ENTRE LOS MEJORES DEL EMPERADOR Y PELEAR EN SU NOMBRE

Luego en letras pequeñas ponía:

Servicio militar no voluntario, obligatorio. Cualquier civil reacio a participar será tildado de hereje. Servicio voluntario hasta los 13 años. A partir de esta edad será obligatorio, ya seas mujer o hombre. Se aceptan criminales, pero tendrán que pasar un analisis psíquico previo.

A través de su amarillento casco Vermellon no pudo evitar sonreír con amargura. Los "voluntarios" no les habían dado más que problemas, ya que todos ellos eran humanos que no habían cogido en toda su vida un rifle láser, y algún que otro marine había muerto "accidentalmente por algún disparo inexperto. Ya tenían bastante con no poder reclutar nuevos marines como para que encima murieran de esa forma. Pero ahora eso ya no importaba.Las calles ahora desiertas iban a volver a llenarse de miembros del Adeptus Astartes. Según los informes la Guardia del Cuervo sería la primera en llegar. Y cumplieron su palabra.

Los primeros en llegar fueron los exploradores, que rápidamente hicieron una identificación del terreno y analizaron la ciudad durante varias horas, hasta que al final constataron a sus superiores que la zona esba despejada. Entonces, al lado de los antiguos hangares de la ciudad aterrizaron dos cápsulas de desembarco y del cielo surgieron dos escuadras de veteranos de la vanguardia con cuchillas relçampago y alguna arma reliquia, y entre ellos estaba su líder, un comandante con retroreactores y dos letales cuchillas relámpago. Nada más llegar el comandante de la Guardia Cuervo se dispuso a interrogar al capitán de los Golpeadores, el sargento Pazerde, para informarse de la crítica situación.

Dos horas después llegaron los Templarios Negors. Aterrizaron sin ningún remilgo al lado de una antiguaa capilla destruida y su fervor justiciero aumentó todavía más, buscando la venganza. Las tres decenas de iniciados y neófitos acompañaron a un gigantesco Land Raider, que finalmente desembarcó a doce hermanos de armas y un fervoroso capellán que también clamaba justicia. Los Templarios Negros también fueron al búnker, uniendose a la Guardia del Cuervo. El capellán enseguida hizo un analisis a todos los marines y al juez, buscando alguna herejía oculta.

Y finalmente llegaron los Manos de Hierro. Apenas eran una veintena de legionarios con implantes mecánicos, pero su principal aporte eran dos dreadnoughts flanqueando a un señor de la forja y también había un cañon Tormenta. Los Manos de Hierro resultaron totalmente indiferentes de sus otros compañeros astartes y hicieron su propio campamento cerca de una armería. Tan solo el señor de la Forja se dignó a hablar durante unos escasos minutos con los señores de los otros capítulos, para despues marcharse.

Durante los breves minutos durante los cuales el sargento Pazverde, el capellán Kegismund, el comandante Griveart el "Cuervo Feroz" y el Señor de la Forja Mech coincidieron en la misma sala se llegó a una conclusión: Los Amos de la Noche habían dejado a los atartes reunirse con el único fin de divertirse. A lo cual Griveart respondió: "Bueno, pues si quieren divertirse, pues que salgan a bailar bajo la música de nuestros bolteres"

Nota del autor: Tengo pensado darle una patada en los huevos tanto a esos tipos que se ponen tquismiquis con el transfondo como al transfondo. Repito, pienso darle una patada en los huevos al transfondo. JUAS JUAS JUAS

PARTE X:LA BATALLA DE LA PLAZA

La gran horda skaven atravesó la puerta. Era monstruosamente horrenda. Puestas en la vanguardia estaban las monstruosidades de los maestros del clan Moulder, deseosos de probar sus creaciones con cualquier cosa, estuviese o no en el mismo bando, y junto a ellas estaban centenares de esclavos desafortunados de todas las razas imaginables. Por detrás iba el grueso del ejército skaven, una gran horda de haraposos guerreros de toda una miscelánea de clanes acompañados por las infernales máquinas del clan Skyrre y dirigidos por el cornudo avatar de la Gran Rata Cornuda. Y finalmente en la retaguardia se hallaban los líderes skavens, acompañados por sus respectivas escoltas de alimañas. Y como no, el último era Skabscror, viendo desde una posición aventajada (¿?) como iba a desarrollarse la batalla.

Pero el ejército alto elfo estaba preparado. Después de poner a salvo a Fethlorgar, los elfos habían reorganizado rápidamente sus filas, esperando nerviosamente la llegada del enemigo. Situados detrás de las improvisadas barreras de caliza y sin apenas adornos estaban situadas las falanges de los lanceros elfos, con las lanzas en ristre y los escudos apoyándose unos a otros. Todos ellos eran civiles (artesanos, limpiadores de cloacas, pintores, escultores…) que llevaban siglos preparándose para momentos como este. Todos ellos miraban con frialdad la horda babeante que cruzaba la puerta. Detrás de las líneas de defensa estaban los elfos supervivientes de Gharn El Dryas y los jóvenes de doscientos años que, ya fuese por carencia del temple necesario o por ansias de venganza o por poca preparación tenían que quedarse atrás, en la reserva. Entre las filas del ejército elfo estaban los veteranos de guerra, elfos con el pelo gris, enfundados en armaduras llenas de polvo y manchas de sangre seca y que intentaban memorizar batallas lejanas olvidadas por los historiadores del Viejo Mundo.

También estaban veteranos elfos, viajeros, o como los elfos les llamaban en las cortes, los “sucios”. Estos tipos habían recorrido tanto el viejo como el Nuevo Mundo, por lo que habían visto todo tipo de cosas extrañas y peleado en multitud de extraños y exóticos lugares. A pesar de ser ariscos, solitarios y orgullosos hasta la médula, de vez en cuando se reunían en grupos y y volvían temporalmente a su tierra natal (la mayoría son de Tor Yvresse) para ofrecer sus habilidades marciales a cambio de bienes y servicios. A pesar de que iban a costar una fortuna, el príncipe elfo aceptó contratar a varios de ellos que volvían a Tor Amaraya para darse un respiro.

La orden de fuego fue dada. Miles de flechas atravesaron el gélido viento de la noche recién dada. Los veteranos y los “sucios” usaron también sus extravagantes y rocambolescas armas (flechas, balas, boletines de TV…) disparos a los que se unieron los lanzavirotes Garra de Aguila que causaron varias bajas entre los hombres rata. En esta primera andanada élfica cayeron varios monstruos y esclavos, además de algunos skavens de otros status sociales. Por un momento estuvieron a punto de parar a la horda, pero los skavens siguieron inmutables, pisando los cadáveres de sus camaradas en la marcha. Mientras se acercaban más y más a las barricadas, los ingenieros brujos respondieron a la artillería elfa con sus modernas y mortales máquinas de guerra. También salió de entre las filas rata un rayo verde dirigido a los elfos, pero en el último momento un escudo invisible se interpuso, provocando que las consecuencias fueran un buen susto para los elfos y una gran sorpresa para el ingeniero. Luego otro ingeniero lanzó un cometa verde, que si que llegó a su destino, provocando las muertes de algunos elfos, incinerados en vida por el fuego mágico. Acto seguido cruzaron el espacio aéreo bolas verdes envenenadas, disparos de mosquetes, llamas, rayos, perfume barato… El resultado de este fuego hizo que por lo menos la mitad de los efectivos que se hallaban en las primeras filas murieran de maneras desagradables. Pero el olor a rata quemada también invadió el ambiente, ya que no todas las máquinas funcionaron a la perfección.

A medida que el tiroteo se recrudecía el inevitable choque de fuerzas se encontraba cada vez más próximo…

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El haraposo y pobre esclavo skaven ya se había olvidado de a que clan pertenecía. Tampoco se acordaba de si tuvo una vida antes de la esclavitud, tan sólo tenía recuerdos lejanos de una guerra subterránea. Ni siquiera se acordaba de su nombre, tan solo sabía que él y otros miles de esclavos tenían que pelear en nombre de señores de la guerra desconocidos y que si conseguían sobrevivir se les concedería la libertad. Pero este siervo ya se había escabullido milagrosamente de muchas batallas, siempre con alguna cicatriz, y con deformidades en el cuerpo, como que por ejemplo carecía de sus dos colas. Pero a pesar de ello no había adquirido veteranía con todas esas batallas. Tan solo heridas. Al lado del esclavo marchaban varios seres de otras razas desconocidas. Podía distinguir como soltaban rugidos al cielo, y como estaban fuertemente atados y vigilados para que no se rebelaran. Habría intentado matar a alguno de ellos para subir un miserable escalafón social o siquiera para poder saciar su terrible hambre. Pero tenían pinta de muy peligrosos. Además, ahora no se podía concentrar en minucias como esa, ya que la enorme muchedumbre de esclavos lo estaba arrastrando hacia la batalla. No podía ver mucho, pero por el estruendo y los sonidos de batalla que le llegaban los miles de desafortunados skavens de la vanguardia ya estaban chocando con los los escudos alargados de los enemigos de sus jefes. Lo que sí que pudo ver fue como una enorme abominación tapaba la luna mientras se abalanzaba hacia un enemigo invisible para él.

Los latidos le avanzaban. Cada vez más los gritos de sufrimiento y muerte eran más nítidos, lo cual significaba que estaba más cerca de su destino. Intentó desesperado dar la vuelta, pero la muchedumbre avanzaba, alentada por los maestros de esclavos y sus látigos. Había uno en particular que usaba púas de piedra bruja, matando a algún desgraciado con cada chasquido. Iba a vengarse del muy jodido cuando surgiera la oportunidad. Pero entonces volvió a girarse desesperado, ya que había un esclavo muerto delante de él. Intentó esquivarle de todas las maneras ratamente posibles, hasta que al final consiguió salvar el escollo a duras penas, cosa que no consiguió su compañero de detrás. Pudo oír sus gritos de pánico ahogados por la marcha.

Ahora ya estaba casi al lado de la batalla en sí. Pudo ver fugazmente a los skavens ser masacrados por las largas lanzas de los elfos, que permanecían impasibles. El esclavo intentó revolverse, pero sin éxito. Ya estaba enfrente de los blancos y alargados escudos. Se revolvió con todas sus fuerzas, como una rata acorralada. Soltó furiosas estocadas que golpearon los escudos y arrancaron el ojo a otro esclavo que había cerca. De momento los elfos pasaban absolutamente de él, distraídos como estaban con los demás esclavos desesperados. Y afortunadamente, antes de que una lanza acabara con su estúpida retahíla de puñaladas se tropezó finalmente en el cadáver de otro skaven. Miró aterrorizado a la horda de esclavos que estaba a punto de pisotearle, pero justo cuando cerró los ojos oyó algo extraño. Los chillidos de las ratas cercanas habían cesado, y incluso podía oírse a los elfos dfando gritos que a saber que significaban. Finalmente abrió los ojos para ver cómo los demás esclavos habían retrocedido un par de pasos, suficiente para que se levantara. Miró confundido a su alrededor, pero en medio de su confusión finalmente se calmó y se dijo a sí mismo que los elfos no iban a quedarse de brazos cruzados. Pero al parecer ser estos estaban disparando a algo que había en la lejanía y apuntando las lanzas hacia otro lado, ignorándoles completamente.

El esclavo volvió a girarse confuso.

ROAAAAAAAARG

Eran dos ratas ogro que estaban rugiendo al enemigo y alzaban sus garras, dirigiéndose hacia las falanges élficas. El esclavo sabiamente decidió echarse a un lado (nota del autor: no sé, echadle imaginación), decisión que le evitó correr el mismo destino que sus otros compañeros. Y mientras que las colosales ratas chocaban con los elfos girando los brazos como si fueran molinos y haciendo volar por los aires a varios elfos, el esclavo buscó una vía de escape de esa locura. Lamentablemente todos los huecos estaban tapados por hombres rata igual de atemorizados que él, así que no le quedo más remedio que darse la vuelta desilusionado.

Y mientras tanto las ratas ogro habían despejado un camino de sangre. Al final el esclavo, desesperado, fue a refugiarse detrás de la espalda de las ratas ogro, que eran lo más aparentemente seguro. Correteó los pasos distantes, esquivando los muertos y intentando adelantar a sus rivales (otros esclavos) con regular éxito. Y al final de su ligera caminata disfrutó de una buena panorámica de la batalla desde un sitio seguro. Las bestias del clan Moulder despedazaban todo lo que se encontrara en su camino, incluidos esclavos estúpidos que se ponían delante suya. Pero entonces surgió de entre los elfos uno con hacha. Aprovechó que una de las ratas ogro estaba comiéndose a un esclavo para clavarle el hacha en la entrepierna. Y, mientras la bestia rugía de dolor, un disparo desconocido le acertó certeramente (demasiado certeramente, posiblemente el autor hechizó aquella maligna bala) en el ojo izquierdo (o el derecho), y mientras la rata ogro acumulaba dolor tras dolor, dos largas picas se clavaron en su pecho, matándolo definitivamente. Afortunadamente, la rata ogro cayó como un tronco para delante, aplastando a sus asesinos.

Pero aún así al esclavo ya le había quedado claro que no estaba seguro ni siquiera ahí, así que buscó una vía de escape. Por suerte para él, como habían muerto muchos esclavos ahora ya había muchos huecos. Pero justo cuando había abandonado la línea de batalla se acordó del maestro de esclavos de las púas de piedra bruja. Lo buscó y buscó en medio de la confusión, hasta que al final lo encontró. La pena era que tenía ya seis agujeros sangrantes en su pecho, pero por si los casos le soltó un séptimo. Ahora si que podía irse. Pero entonces se fijo en que había algo que no iba bien. No notaba nada en sus patas inferiores, y ahora era igual de alto que una rata ogro. El esclavo no quiso ni siquiera pensar en la optativa, pero a pesar de ello la idea fue infiltrándose en todo su cerebro hasta que el esclavo se vio obligado a admitirla.

Estaba volando.

Estaba a varios metros de altura. Podría haberse parado a observar la panorámica de la batalla, a soltar una maldición, a decir alguna imprecariedad, pero finalmente hico lo que cualquier hijo de pueblo haría en esa situación.

Se puso a gritar como una nena y revolverse en el aire, intentando encontrar algún asidero al que agarrarse, alguna sujeción a la tierra, cualquier cosa que borrara esa sensación. Al menos en su interior se sintió un poco satisfecho. Por lo menos no sería el único que estuviera sufriendo esta horrible tortura, ya que a su lado había otros skavens que vivían la misma escena patética que él. Finalmente fue observando con horror como se dirigía gradualmente hacia los elfos, aumentando de velocidad, hasta que la velocidad le impidió siquiera gritar de terror, o revolverse, ya que la sensación de velocidad era muy grande. Tan solo podía notar como sus latidos desesperados aumentaban en algún lugar de su enclenque pecho.

Pero al menos si él se jodía no sería solo.

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Rattchitt le lanzó al señor de las alimañas una mirada llena de respeto y terror. No paraba de desear que el demonio no decidiera que los guerreros del clan iban a ser también lanzados por los aires. Afortunadamente tenía otras ideas, ya que se puso a corretear por la vanguardia, blandiendo su espada negra.

Mientras los guerreros del clan respiraron aliviados y acto seguido se lanzaron con sus oxidadas armas a las barricadas. Los cadáveres de los miserables esclavos invadían el suelo y el aire con el olor a rata muerta, pero a Rattchitt solo le importaba saltar las barricadas y devorar y descuartizar. Lamentablemente las cosas elfas no eran muy nutrientes y los banquetes no duraban mucho. Pero mientras que los hombres rata roían cosas muertas el Jefe Garra les señalo cabreado las barricadas de las cosas elfas con cosas elfas vivas. Rattchitt abandonó su hueso a regañadientes y se lanzó hacia las filas blancas y azules del enemigo.

Rápidamente trepó la muralla de medio metro, aprovechando que las cosas elfas intentaban ensartar con sus lanzas cosas invisibles. Alzó su daga oxidada y la descargó sobre el elfo sorprendido más próximo, y antes de que las otras cuatro cosas elfas se dieran siquiera cuenta el guerrero del clan Mors se escabulló entre sus camaradas, justo a tiempo para que una ametarradora disparara, dejando a su paso un reguero de sangre y balas de piedra bruja.

Rattchitt se quedó al lado de la ametarradora y pensando cómo podría aprovechar la situación para ascender en la tortuosa escala social skaven. El Jefe de Garra era muy fuerte, pero con sus insultos y salvajadas se había ganado muchos enemigos entre los guerreros del clan, por lo que a Rattchitt le resultaría fácil reunir aliados contra el malévolo Jefe. Un vez que estuviese apuñalado y devorado, obviamente Rattchitt ocuparía su posición por motivos de peso y a continuación valoraría a todos los caudillos del clan para considerar cual era el más débil y el más propenso a las puñaladas, aunque había un caudillo cuyo nombre desconocía que por sus últimos y numerosos fracasos sería fácil destituirlo. A continuación tendría que contratar a un asesino del clan Eshin para que matase a un caudillo de más rango, y una vez que hubiese acumulado bastantes aliados se aprovecharía de su posición política para, quien sabe, poder destituir a un señor de la guerra (Skabscror era la opción más fácil, ya que el autor se quería deshacer de él) y así convertirse a ojos de la Gran Rata Cornuda en su más poderoso servidor, aunque todavía quedaran algunos reticentes a su ascensión. Y todo ello sin alzar su daga para nada… Y encima ha conseguido pensar todo esto en unos pocos segundos. Increíble ¿no?

Pero no le dio tiempo a tramar mucho más, ya que de repente los cañones del ingenio Skyrre se pararon, escupiendo tan solo una columna de humo. Mientras los ingenieros se miraban con cara de estúpidos y mirada acusatoria, el guerrero del clan se temió lo peor, y instintivamente salió con el rabo entre las piernas, consiguiendo por los pelos (nunca mejor dicho) escapar del champiñón verde resultante. (Se traduce en un POUM)

Asqueado, tiró el escudo quemado al suelo y intentó ponerse en pie para buscar una vía de escape. Mientras la segunda horda de skavens compuesta por guerreros del clan y artilugios de los clanes menores estaba consiguiendo que las cosas elfas retrocedieran poco a poco, pero justo cando Rattchitt y los demás skavens se disponían a devorar los restos, una una furiosa horda de cosas elfas con ropajes distintos y con la furia grabada en sus lanzas fue directo a las miles de bocas aullantes, consiguiendo arrastrar con su ímpetu a las otras cosas elfas. Los pocos monstruos que quedaban rugieron ante la perspectiva de no poder comer en paz(menos las abominaciones). La segunda oleada retrocedía poco a poco ante las ordenadas falanges de las cosas elfas. Centenares de skavens chillaban al viento, intentando encontrar una vía de escape. Pero tanto Rattchitt como todos los supervivientes de la segunda oleada se dieron cuenta con horror que la tercera oleada, compuesta por los siervos de los clanes mayores, avanzaba imparable, obligándoles a darse la vuelta para seguir peleando.

Pero Rattchitt ya estaba cansado de pelear, tan sólo quería saciar el Hambre Negra y huir por patas, a ser posible vivo. A su alrededor no paraba de caer la sangre, y los elfos furiosos que se habían lanzado a la batalla ya habían perdido parte de su ira, ya que en las batallas no hay sentimientos, ni pensamientos, tan solo armas. Aún así, las cosas elfas ya habían repelido a todos los enemigos de áreas superiores, y ahora se lanzaban a por los skavens en un alarde de orgullo y altanería más que valentía.

Un skaven muerto cayó encima de Rattchitt,. Este, horrorizado, se intentó librar de él, pero cuándo finalmente lo consiguió perdió el equilibrio y cayó al suelo aparatosamente. En seguida se recompuso, pero a sus “compañeros les pasaba algo. Pudo ver a un par de guerreros del clan huyendo con todas sus ganas, pero no sabía dislucir porqué. De inmediato le llegó la respuesta, proveniente de un ruido raro que emitían unos seres a cuatro patas, con cuello largo, armadura y cabellera (caballos) que eran montados por elfos ataviados también en sendas armaduras con lanzas.

El guerrero del clan no necesitó más incentivos. Correr era la solución. Y en dirección contraria. No se paró a ver el destino que habían corrido sus otros camaradas, ni a ver si las lanzas estaban cerca de su estela, tan solo podía pensar en correr, correr y correr.

Pero de repente se paró. Ya no podía correr más. Tampoco podía tramar más. Ni gritar, ni pensar ni apuñalar, tan sólo podía caerse al suelo. Y es que su corazón también había dejado de latir. Una muerte estúpida.

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El guerrero Krit Kut El Sin Cola llevaba ya metido en el negocio de los guardaespaldas de pelaje negro del clan Mors mucho tiempo, desde que se le descubrió su pelaje negro y mala uva. Había ganado y perdido muchas batallas, pero Krit Kut solo podía sacar una lección muy importante de todas ellas: si el señor de la guerra vive, ganas piedras brujas, si el señor de la guerra muere, ganas piedras (a no ser que seas agente doble). En las técnicas de Krit no había ninguna elegancia, ni ninguna destreza marcial, tan solo una enorme alabarda que descargar una y otra vez, y si no hay más remedio, garras y dientes. La pena era que el Jefe Colmillo guardara su cola entre sus trofeos, ya que Kut no conseguía mantener el equilibrio.Y ahora, desde su privilegiada posición de la privilegiada posición en la retaguardia (la cuarta horda) podía ver como se desarrollaba la batalla más grande que nunca había visto.

Las cosas elfas y las cosas ratas estaban ahora trabadas en un tenso punto muerto. Las cosas elfas a cosas extrañas habían causado devastación en el enemigo, pero enseguida parte de las alimañas y señores de la guerra se habían abalanzado sobre las ingenuas cosas elfas, causando que hubiera un mayor caos. Pero ahora al señor de Krit se veía obligado a apoyar el ataque, así que envió una decena de us guardaespaldas para que pelearan en su nombre, fuese cual fuese. Sin Cola decidió ir con esa decena de alimañas, ya que ahí estaba el Jefe Colmillo, al cual le tenía ya ganas. Además, si su señor moría, las culpas no recaerían sobre él.

Los hombres rata con alabarda se abrieron paso entre la multitud a empujones, demostrando su autoridad con sus feroces dientes. Los skavens fueron abriéndose paso, gustosos por el refuerzo. En seguida las altas cosas elfas estuvieron a tres metros de sus armas. Se habían atrincherado en la ya clasiquísima falange de escudos y lanzas, y no dejaban recovecos, al menos no recovecos grandes. Krit Kut fue el primero en descargar su enorme alabarda sobre los escudos. Mientras que los otros skavens tan solo hacían toques para probar la fuerza enemiga, las fornidas alimañas solucionaron sus problemas a golpetazos, rugiendo con ganas.

Esto animó a los otros skavens, que enseguida se unieron a los golpetazos. Sin Cola dio tres, cuatro, hasta cinco golpes. Afortunadamente, la Gran Rata Cornuda (nota del autor:o yo) le había bendecido, ya que el elfo, que no se podía dar abasto, solo le dio un ligero golpe que rebotó sin éxito en la armadura de placas oxidadas. Krit aprovechó para dar un sexto golpe furioso que abolló el escudo y hizo que el elfo, titubeane, cayera al suelo. Krut, que tampoco se lo esperaba, también cayó al suelo, justo encima del escudo. Mientras se intentaba levantar intentó dar algún zarpazo a su contrincante, pero este ya estaba ocupado con dos guerreros del clan que intentaban devorarle.

El guardaespaldas no se molestó en ver el destino final de su rival, sino que aprovechó para darse la vuelta y atravesar con su alabarda abollada a un elfo por la espalda. El grito del elfo le dejó sordo, ya que Krit tuvo que dar unos pasos atrás, aturdido por el ruido, y al no tener sostén, el elfo cayó inerte al suelo. La falange ya estaba acabada, con más agujeros que un queso y con ratas por todas partes, así que las alimañas se aprovecharon de su privilegio sobre los cadáveres para darse un festín, pero apenas unos latidos después se dieron cuenta de que las latas necesitarían material más apropiado para ser abiertas, así que se levantaron y buscaron una nueva pelea. De las diez alimañas habían sobrevivido el Jefe Colmillo, Sin Cola, y cinco skavens más.

Krit Kut había intentado en todo momento apuñalar a su rival, pero no podía hacerlo delante de sus compañeros, tenía que esperar al momento propicio. Mientras, a su alrededor la batalla transcurría. La confusión era muy grande, y Krit Kut ya había perdido la noción del tiempo y del espacio, tan cegado por la sangre interminable que fluía a borbotones por las baldosas. Más de una vez se resbaló en el líquido rojo, aumentando así sus ganas de que el Jefe Colmillo pagase su gran sacrilegio con más sangre. Pudo ver entre las figuras ya borrosas a una de las inmensas abominaciones del Pozo Infernal abalanzándose como un mueble sobre alguna batalla lejana, y intentando buscar con sus innumerables fauces nuevas presas.

El caos cada vez era mñas grande, y Krit Kut y las otras alimañas tuvieron que esquivar a última hora una picadora de condenación que al final atropelló a uno de los skavens. Al final una jabalina anónima acabó con la vida del piloto, provocando otro champiñón verde (POUM) que se sumó a las explosiones que iban causando los cañones de la disformidad que se iban posicionando en la puerta derruida.

Y entonces, justo enfrente suya, se encontró con el señor de las alimañas. Ahí por donde pasaba el avatar todo era más muerte, destrucción y plaga. Su espadón de la muerte cortaba elfos como si fuesen simples higos chumbos y sus hechizos hacían que las cosas elfas respetasen la magia rátida en todo su esplendor. Las alimañas se plantaron delante del señor de las alimañas, queriendo ganarse su favor. Pero eso al señor de la carroña le importaba un bledo, ya que ahora un objetivo de mayor importancia ocupaba su atención. En frente de la estatua había un alto elfo ataviado de ropas azules y blancas, rodeado de un halo verde. Y él también se había dado cuenta de su presencia. Iba a empezar el duelo.

Mientras tanto, Sin Cola se quedó detrás del demonio, esperando sin duda un espectáculo, mientras sus camaradas batallaban contra las cosas elfas.

El demonio señalo a su rival con el dedo índice. Krit pensó que era una incitación a los huevos del mago, pero nada más falso había, ya que del dedo salió un rayo verde dirigido hacia el mago. Pero el rayo no llegó más lejos, ya que el hechicero pronunció una inaudible palabra y el rayo se disolvió.

Pero la alimaña ya no podría seguir viendo la batalla, ya que una alabarda le había atravesado el cuello.

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Go Li vio con cara de estupefacción a su amo. Mira que la esclava de Catay llevaba años sirviendo al elfo, pero aún seguía sorprendiendola con sus habilidades mágicas. Era lo bueno de ser una esclava de los elfos. Apenas tienes cosas que hacer, el vino era muy bueno y tan solo había un par de rígidas reglas que respetar. No podía echar de menos a su familia, ya que no la veía desde su nacimiento. Todavía se reía con ganas cuando alguien se sorprendia porque los elfos tuvieran esclavos "y eso es lo de menos" respondía siempre. Lo malo era que el elfo supiera leerla el pensamiento. Y ahora se veía obligada a acompañar a uno de los Guardianes de la Torre en la sangrienta batalla. Afortunadamente les acompañaban una decena de elfos ataviados con armaduras azules y con largos espadones que mataban a todo bicho viviente.

Pero volvamos al duelo mágico. El líder skaven, no contento con su rayo de antes, dio un gran pisotón al suelo. Entonces la tierra empezó a temblar, haciendo que todo el mundo se tambaleara, pero el mago, silencioso y amargado, como siempre, tocço el suelo con su bastón de joyas rojas y los temblores cesaron. Y lo que venía a contnuación era una parte que le había visto muchas veces hacer. Hizo un barrido con su vara, como si golpeara a una serie de enemigos invisibles, dejó con el movimiento un halo azul que enseguida se fue agrandando y elevando hasta que ocupó el cielo. Si el jap...digo, el humano no se equivocaba, era la disipación de la magia, un hechizo de dispersión. El demonio gritó desde su posición frustrado y intentó avanzar hacia su posición en la fuente.

Y ahora que el duelo mágico había cesado momentáneamente, Go Li cogió su puñal y se refugió detrás de los espaderos. Hacia ellos avanzó una bola de hierro motorizada y llena de filos giratorios y dirigida por dos skavens empeñados en la destrucción. Con su avance consiguió atropellar a un elfo que murió entre gritos de angustia, pero antes de que pudiera hacer nada más los elfos atravesaron a los dos pilotos. Luego surgieron docenas dee skavens, pero siempre eran rechazados por las rápidas espadas de los elfos. Aún así, inexplicablemente alguno de ellos hundía su espada en el aire, consiguiendo ser acuchillado por los oportunistas skavens.

Y de repente un aullido terrible sonó en algún punto de la batalla y una explosión invisible tiró al suelo a todo el mundo. Go Li se dio de frente con tra la fuente, rompiendose dos dientes, y mientras se palpaba con la mano la sangrienta boca, vio de refilón que su amo ya estaba de pie y sin ningún rasguño. Los demás elfos se fueron levantando también, sufriendo alguna herida por parte de los skavens y una muerte. Pero el elfo curó las heridas de todo el mundo, menos las de Go Li. Este, indignado, le señalo su maltrecha boca al mao, a lo cual este se encogió de hombros y le dio la espalda. Estuvo a punto de hundir su cuchillo en la garganta del mago, pero se contuvo a última hora, ya que tenía detrás suya a los elfos con espadones.

Además la tregua mágica había terminado: el demonio rátido se alzaba como una estatua y el cielo estaa totalmente despejado, mostrando las dos lunas. El demonio apuntó con su báculo al mago, y lo bajó y subió cuatro veces, como si ensartara algo. Y justo cuando el dolorido humano ya pensaba que el hombre rata estaba haciendo el gilipollas, aparecieron en el despejado cielo varios cometas de fuego verde que se dirigían hacia la fuente. Pero ante esta muestra de poder el mago elaboró en su rostro una sonrisa y señaló a los cometas. Uno a uno los cometas empezaron a explotar en el aire como si fuesen fuegos artificiales, pero el alto elfo no consiguió evitar que algún cometa se colara, causando varias muertes entre los altos elfos. Y mientras el elfo se esforzaba en dispersar el hechizo el demonio cada vez estaba más cerca.

Go Li retrocedió un par de pasos, no los suficientes para que un skaven le metiera en el vientre una lanza. El puñetero skaven fue matado por los espaderos, pero el daño ya estaba hecho. Alzó dolorido su mirada y vio que el elfo mantenía un duelo de poderes con el señor de las alimañas, cruzandose unos resplandores que el jap... no pudo reconocer por tener ya la vista borrosa. Pero antes de morir tenía que aprovechar su oportunidad, su último acto para aliviar su atormentada alma antes de morir.No sabía si la lanza le había acertado en el corazón, pero moriría desangrado. En otros tiempos habría pensado que era mejor morir de forma honorable, pero con el paso del tiempo se dio cuenta de que una muerte era una muerte, ya fuese de pie o tumbado, eso daba exactamente igual.

Pero eso no le impidió acuchillar al mago por la espalda.

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La batalla de la plaza estaba llegando a su fin. Los muertos ya se contaban por centenares, pero por cada elfo muerto tres skavens aparecían. Los yelmos plateados fueron masacrados por las alimañas, ylas falanges élficas retrocedían ante los haraposos skavens. Con la muerte del mago elfo, las fuerzas de los altos elfos sufrieron un duro golpe a su moral. Pero todavía seguían aguantando, arrogantes y pensando que no tenían igual en el mundo entero. Pero su arrogancia se les atragantó definitivamente cuando Skabscror derribó la estatua y plantó su propia bandera en la fuente, acto que simbolizaba la fundación del propio clan de Skabscror. Los altos elfos no tenían más remedio que retirarse a las murallas superiores y rezar por un milagro.

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-Dinos ¿que es lo que tu y vuestra raza buscais en Tor Yvresse- empezó preguntando Yvlerion

El skaven mugriento se empezó a reír

-¿Pues que vamos a querer? dominar a todas las cosas elfas en nombre del clan Pestilens

-Ja, lo dudo mucho

-¿Y como pretendeis hacerlo?-preguntó Fethlorgar inquisitivo

-Pues es extremadamente difícil de comprender para una raza inferior como la vuestra. Al gran señor Molkit se le ocurrió una idea digna tan solo de los skavens del clan Pestilens.

-¿Que idea?

-Juas juas juas juas juas juas (tosido fuerte) mi amo ha extendido en nombre de la Gran Rata Cornuda una plaga por tda vuestra ciudad

-¿Que plaga? Aqui nadie ha caíddo enfermo

-(Nueva retahíla de carcajadas y tosidos) no es una plaga convencional. A las cosas humanas les causa pequeñas molestias, pero a las cosas elfas os hace algo mucho peor y más sutil. La plaga se extiende muy rápido, tan solo necesitamos que nuestras ratas especiales (tosido) envenenen con us efluvios vuestra agua (nueva retahíla de caracajadas y tosidos)

-¿Pero en que consiste esa plaga?- preguntó Yvlerion furioso señalandole con el bastón

-(Otra vez risas y tosidos a partes iguales. el monje está sonriendo) Los afectados que hayan bebido el agua envenenada verán skavens donde no los hay, enemigos invisibles, y espejismos imposibles (nueva sonrisa y más tosidos)

-¿Por que nos cuentas todo esto?

-(nuevo tosido) por uqe ya da igual. El gran Molkit esta preparando mientras os entretengo una nueva cepa-cepa que tirar a vuestro rio-rio, oh si-si (el skaven se vuelve a reir mientras vomita una oleada de pus y restos al suelo)

-Maldito hijo de puta (el skaven muere atravesado por unaa espada)

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-Espero que estes contento, hermano

-¿Por que?

-Por que gracias a tu sangre nuestro ritual para invocar una hueste de demonios ya es posible. Mientras estamos hablando los demonios estan intentando colarse en el mundo material. Pero ahora tu-Athriel derribó a su hermano al suelo-ya no me sirves

Entonces Athril dejo los rayos de las lunas se colaran por la cueva, provocando que Yvninn, el elfo muerto, el terror de Tilea y el Maldito muriera quemado y traicionado por su propio hermano, soltando un grito estremecedor que sirvió como preludio al nuevo portal que se estaba abriendo en los círculos demoníacos.

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El dragón Ancestral rugió con todas sus fuerzas mientras atravesaba raudo el cielo. A sus lomos, Hraith se enorgulleció de que el dragón le aceptara como su nuevo jinete. Y a su zaga habían miles de águilas y elfos montados en águilas felices y sombríos ante la perspectiva de pelear de nuevo. No había costado mucho convencer al consejo de ancianos de Pico Pálido después de despertar al Dragón Ancestral de las leyendas, pero los refuerzos no se limitaban al aire, ya que también había una hueste de raudos elfos que intentaba atravesar las montañas lo más rápido posible. Pero la hueste voladora era más rápida, ya que ya estaba a punto de llegar a su destino. Hraith pudo ver una enorme columna de humo y deseó con todas sus fuerzas que a Lorgarian no le hubiera pasado nada.

No os preocupeis, la patada en los huevos al transfondo no ha llegado (todavia)

PARTE XI: LAS COSAS SE COMPLICAN

El marine espacial de la tercera compañía del capítulo de los Golpeadores Vermellon abrió los ojos. Su primera sensación podría haber sido de sorpresa, podría haber pensado en sus compañeros, en el Emperador, incluso podría haber dicho alguna galantía, o haber dicho “por el Emperador”, pero finalmente no hizo nada ni remotamente parecido a estas nobles cciones propias de las escrituras de la Gran Cruzada.

Estaba vivo.

Increíble.

Parpadeó inseguro un par de veces. Abrió y cerró las manos a través de su servoarmadura azul, movió indeciso sus pies, tanteó la servoarmadura azul, buscando alguna dolorosa imperfección o alguna miserable herida…no había duda, estaba vivo, y completamente ileso.

Su siguiente reacción fue de rememorar. Se acordó de una emboscada, de un tiroteo entre las alargadas sombras de las ruinosas estructuras imperiales, de los atronadores sonidos de violentas explosiones acompasando gritos para y contra el Emperador, y finalmente a su cerebro genéticamente mejorado le llegó la imagen de un marine caótico apuntándole a la cabeza con su pistola bólter. Vermellon estaba tumbado, conmocionado por una reciente explosión, pero a pesar del intenso pitido que fustigaba a sus castigados oídos Vermellón pudo oír como el marine se descojonaba con ganas. Y antes de que siquiera pudiera levantarse los segundos se hicieron eternos, mientras que el marine relampagueante apretaba sonoramente el gatillo postrado en la culata caótica, y recordó como casi podía ver la puñetera bala atravesando fugazmente el aire, dirigiéndose raudo hacia su casco.

Y estaba vivo.

Vivo.

Sano y a salvo.

Ileso.

Como si nada.

Por el Emperador.

¿Pero donde coño estaba?

Con ese pensamiento ataladrandole violentamente su cerebro el Golpeador se levantó lentamente. Consultó los comunicadores, pidió ayuda refuerzos, algo, pero al otro lado no había nada. Cogió el bolter y echo un vistazo al área que tenía alrededor. El crepitar de las hordas verdes parecidas vagamente a los componentes clásicos de un incendio abundaba por doquier por toda la estructura. A juzgar por la arquitectura Vermellon no supuso nada, ya que se paró en las llamas. No quería quemarse, así que se puso a buscar una salida.

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El ingeniero brujo del clan Skyre intentó reorganizar la artillería. Las cosas con plumas y la cosa de piel fría habían causado una gran matanza en su primer ataque, pero al hechicero tan solo le importaba que las máquinas no hubiesen sufrido ningún daño. Desafortunadamente nop era el caso, y algunas llamas se asomaban entre los destrozos, amenazando sus cortas vidas. Afortunadamente los lanza cosas habían salido indemnes del bombardeo. Había llegado la hora de probarlos. Y al mismo tiempo la silueta amenazante de la cosa fría ocupaba por entero el tímido sol que asomaba por el horizonte arrojando tenues resplandores rojizos que fustigaban a las postreras nubes.

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El esclavo skaven unió su chillona voz a las otras miles de voces que protestaban para dejar de trabajar. Llevaban desde antes de que zarparan construyendo la máquina, cargando incansablemente con los materiales y sufriendo bajo la amenaza retalleante de los látigos y los hombres rata ya estaban hastiados de tan precaria situación. No entendían como es que si la silueta del titánico cañon de la disformidad ya asomaba imponente por encima de las pocas copas de los arboles que no habían sido quemados o talados los esclavos tenían que seguir dando sus cortas vidas al artilugio (literalmente) Las feroces alimañas habían establecido un fino perímetro alrededor del artefacto, y amenazaban con sus oxidadas alabardas y sus dientes sucios a la muchedumbre protestante. De momento no se había llegado a las manos(o mejor dicho, a las garras), pero faltaba muy poco. El esclavo no dejaba de pensar en que podría aprovechar la confusión para apropiarse del artilugio y al mismo tiempo ser el el que le quitase la libertad a otros skavens. Tan solo tenía que atravesar el círculo.

De entre las alimañas salió un skaven menos encorvado, recubierto de pieles y placas. Ordenó con una imperiosa voz que volvieran al trabajo, o si no sufrirían las represalias de los ejércitos de pelaje negro azabache del Clan Rictus, pero los esclavos no tragaban, ya que un informador encapuchado les había susurrado en Común entre sueños que todas las tropas estaban luchando contra las cosas elfas. Todos los miserables volvieron a protestar al unísono con fuerzas renovadas y el jefe se mostró ampliamente estupefacto y furioso.

Volvió a ordenar, y esta vez con una voz más contenida, y dijo que a quien le señalara al responsable de aquesta revuelta le serían dados tierras, recursos, y la libertad prometida. Todos los hombres rata señalaron al mismo tiempo a un encapuchado de dos metros de altura envuelto en una capucha. Este llevaba un arco tensado con su respectiva flecha y apuntaba a algo. Y cuando se pudo oír el veloz chasquido del esbelto arco los skavens supieron finalmente quien era su objetivo, aunque el jefe skaven fue el primero en tener una exclusiva en primera plana del flechazo, aunque, muy a su pesar, no pudo averiguar las consecuencias violentas del acto, ya que murió al instante.

Fue la gota que colmó el vaso.

De inmediato todos los haraposos skavens se lanzaron a por las alimañas en pos del enorme cañón. Nuestro…nuestro….mmm…nuestro “héroe” le clavó una puñalada a un guardaespaldas rátido, pero este en sus últimos estertores le cortó la garra. El skaven trepó entre los muertos y por fin atravesó el círculo. A su lado había otro esclavo que pensaba igual que el, así que nuestro “héroe” le apuñaló para no correr riesgos. Y ahora ya estaba casi al alcance del poder máximo. Entonces se fijo que habían muchos cadáveres de hombres rata tirados en el suelo, ya fuese por muerte prematura o atravesados como alfileteros. Pero no le importaba. Siguió corriendo y justo en la puerta se encontró con la furtiva silueta de un ser que era como si fuera un árbol arrancado de cuajo y al cual luego le dan la forma de una humana. No tuvo tiempo de reaccionar, ya que la dríade le cortó la cabeza de cuajo de un manotazo.

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Aeralos se llevó las manos a la cabeza. Dolía mucho. Se sentía como si un dragón le hubiera pasado por encima. Entre sus dolencias recordó un hechizo que le permitiría ignorar esos dolores y aliviarlos en parte, así que no dudo en lanzárselo a si mismo. Poco a poco se fue sintiendo más despejado y las ideas se le aclararon. Entonces lamentó haber lanzado dicho encantamiento, ya que al día siguiente volverían los dolores por duplicado.

De nada servía lamentarse por actos pasados, aunque fueran recientes, así que se levantó y intentó recordar, cosa que no consiguió. Por el gran agujero que había en el tejado tendría que haberle dolido mucho la caída, y ahí se acordó del anterior encantamiento y volvió a gruñir. La caída había sido amortiguada por un lechón de paja salvador que nadie sabía qué coño hacía ahí en medio de una casa élfica pero que muy bonito. Aun así para Aeralos todo eso era irrelevante, ya que la casa élfica estaba en llamas. Buscó una salida, pero la única puerta estaba ocupada por skavens, así que alzó la espada.

El primer skaven fue decapitado nada más entrar. El segundo tuvo que recibir dos rápidas estocadas y el tercero pudo parar con su escudo el arma. El elfo consiguió esquivar la respuesta de los guerreros restantes y le cortó la mano al anterior skaven. A continuación lanzó un hechizo de iluminación que cegó a los demás, y ya a partir de ahí lo demás fue pan comido.

Y justo cuando la última criatura cayó inerte al suelo una bola mágica verde voladora surgió de entre las llamas y las sombras, buscando a Aeralos. Este palmeó la bola con la punta de sus esbeltos dedos y concentró sus energías en reducir las de la bola, consiguiéndolo al final. Cuando alzó la vista pudo atisbar al lanzador.

Su cabeza parecía el cráneo de una rata, adornada con cuernos caprinos. Las patas le terminaban en sendas pezuñas y el pelaje que cubría su oscura piel era negro como la noche misma. La criatura no paraba de moverse, hiperactiva como ninguno de sus secuaces. Estaba rodeado por un halo maligno que lo destruía todo al contacto, pero lo más temible era su mirada. Una mirada heladora, impactante, aterrorizadora que le taladraba fieramente. Aeralos consiguió aguantarla durante unos segundos para después fijarse en que llevaba en una garra un espadón de la muerte enorme. Esto prometía casi más que un video porno.

El señor de las alimañas se abalanzó sobre Aeralos. Su espadón iba directo a la cabeza del orejudo, pero las espadas se cruzaron en el último momento. El espadón volvió a intentar atacar varias veces más, moviéndose siempre rápidamente, y el señor de las alimañas se movía cada vez más rápido, pero en todas las ocasiones las espadas se cruzaban, emitiendo chispas por cada enfrentamiento, hasta que trece fueron las veces que se cruzaron. Todo el rato el demonio intentaba atacar por los lugares más insospechados, aprovechando su rapidez divina, pero Aeralos no era un simple campesino, era un veterano curtido en miles de batallas de todo tipo, así que pudo parar todos los ataques. El demonio intentó hacer una finta doble, pero Aeralos no tragó, así que por primera vez en el combate fue directo a atacar a su oponente, obligándole a soltar un zarpazo que lo lanzó despedido por los aires hasta que chocó contra una pared. Aeralos, un poco dolorido, se levantó, justo a tiempo para esquivar una nueva arremetida. Y el combate siguió. Entre las estocadas Aeralos lanzó un hechizo de iluminación, que el demonio dispersó fácilmente. Entonces el espadón del demonio rátido despareció para dejar paso a un alargado báculo mortal. La punta del objeto se iluminó de un resplandor verde, señalando a Aeralos. Este último ya no tenía más remedio que utilizar su técnica secreta. Se puso firme. Tiró la espada al suelo. Señalo con el dedo índice al señor de las alimañas. Puso la mano de dicho dedo en palma, como si empujara algo. Del báculo salió un mortal rayo verde cegador, y de la palma de Aeralos salió una ola de energía azul a la vez que pronunciaba el nombre de la técnica:

-¡Big Bang Attack¡

Las dos fuerzas chocaron al instante.

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Vermellon le dio una patada a la puerta. Esta cayó al suelo con mucho estrépito, pero todavía causó más ruido el bólter del marine al disparar. Por los suelos había muchas ratas. No eran como las ratas que suelen vagabundear por los cruceros espaciales, eran más normalitas. No tenían dientes de acero, no medían como un humano, pero aún así no se fiaba de estas, que se querían comer su carne. Mientras disparaba se dio cuenta de que una rata medio quemada le estaba intentando morder sin éxito la punta del pie, así que le dio una patada. Luego piso a otro grupo de ratas que se estaba acercando. Entonces una explosión invisible le impactó de lleno. Obviamente Vermellon cayó de lleno, así que tuvo que intentar recuperarse. La explosión no había resultado dolorosa, pero siempre costaba un tanto levantarse con una servoarmadura. Miró alrededor suyo, y vio que tanto las llamas como las innumerables ratas habían desaparecido a causa de la explosión. Eso sí, el edificio se estaba viniendo abajo, así que pateó otra puerta en busca de una salida, pero ya no habían puertas. Mejor.

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El veneno estaba atenazando a Skabscror. Había pensado en montarse en un palanquín de guerra portados por sumisos esclavos, pero había ni de lo uno ni de lo otro, así que se tuvo que montar en la espalda de Torturador. Ahora el estómago le crujía. Los pulmones funcionaban a duras penas, tenía la vista casi totalmente abnegada y en sus orejas tan solo podía oír un taladrante pitido fuerte. Apenas tenía fuerzas para hacer algo.

Y ahí, a menos de setenta metros de escaleras, estaba la dichosa madriguera de las cosas elfas, la madriguera de las torres que supuestamente contenía la cura. Pero no estaba desprotegida, ya que en las puertas había una camada de cosas elfas con espada muy rápidas-rápidas y una serie de cosas mago igual de letales.

Y el dudoso honor de dirigir la horda atacante correspondía al archifamoso Tretch Colacobarde, el suertudo caudillo del Clan Rictus. El Clan Rictus había sobornado a Skabscror para deshacerse “accidentalmente” del problemático caudillo, pero Skabscror había estado ocupado recientemente con objetivos de diferente índole y más importantes, aunque pensó que ahora que había fundado un nuevo clan con los restos de otros clanes tendría que ganarse el “respeto” del Consejo de los Trece. Ya había puesto a Tretch entre las filas de esclavos, y este consiguió sobrevivir y ser de los primeros en saquear y rapiñar. Ahora Tretch estaba obligado a atacar a las cosas elfas otra vez en primera línea. El plan era genial, porque pasara lo que pasara acabaría ganando. Al fin y al cabo era el último reducto de resistencia.

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Aeralos se recompuso. Estaba totalmente fatigado. La armadura le pesaba a horrores y ni hablar de la ahora mastodóntica espada. Las llamas se habían apagado por la devastadora explosión mágica, los cascotes andaban a sus anchas por el suelo y el techo iba a derrumbarse tarde o temprano. Y de entre los escombros salió ceremonialmente el imponente señor de las alimañas, aparentemente ileso. Estaba perdido. Iba a morir. Pero si moría, no lo haría de brazos cruzados. Lentamente se fue acercando el demonio. Al parecer ser no tenía prisas. Aeralos se lanzó a sí mismo el escudo de Saphery para protegerse de cualquier hechizo pero con un chasquear de dedos la barrera se hizo añicos. Aeralos se lanzó otra vez el valor de Aenarion para hacer frente al peligro inminente. El demonio tan solo tuvo que lanzarle una mirada tétrica y aterradora que acojonó un poco a Aeralos (pero solo un poco). Ahora ya tenía la omnipresente sombra oscureciendo su debilitado cuerpo. Alzó la espada a duras penas, intentando contraatacar, pero su enemigo volvió a chasquear los dedos y Aeralos salió despedido a la pared por una fuerza invisible. Estaba perdido. Otra vez se le acercó su contrincante y ya no tenía fuerzas para atacar. Ya solo le quedaba admitir su venidera derrota. Y justo cuando el nervioso demonio iba a partirle en dos con su espadón negro de repente se oyó un estallido.

BANG

- For the Emperor!

RATTATATATATATATATATATATATA

El primer disparo le hizo explotar la cabeza y la siguiente serie de proyectiles consecuente al misterioso grito le destrozó el cuerpo al sorprendido demonio, que volvió a su dimensión etérea con el sabor de la derrota en la lengua. Y mientras una gran figura se abría paso entre los cascotes Aeralos se apresuró a huir casi a rastras. Fuera lo que fuera no pertenecía a este mundo…

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Lorgarian hundió una y otra vez la fina y mortífera espada de Catay en el cuerpo de la monstruosidad que se alzaba por encima de los cadáveres aliados y enemigos y por encima también de la batalla que se libraba a su alrededor. Gracias a la altura que le proporcionaba el fiel corcel de Caledor Lorgarian podría pasarse toda su vida haciendo dicho acto, siempre y cuando evitara las garras y las fauces de la enorme abominación que sido vomitada por las oscuras profundidades recién cavadas del suelo elfico. Mientras hundía con saña la espada, Lorgarian se estuvo preguntando tediamente como los hombres rata habían conseguido masacrar en sus túneles a la guardia del subsuelo, romper las sólidas pero numéricamente inferiores filas de lanceros elfos y finalmente obligar cada vez más a los altos elfos a una inminente retirada. Ante tal pensamiento Lorgarian no pudo evitar mover sus sangrientos y entumecidos labios en una forma vagamente parecida a una sonrisa. No había adonde huir. Todo estaba en llamas y lo que inicialmente había sido una batalla cataclísmica se había convertido en una batalla por la supervivencia. Con hombres rata de negro surgiendo en pleno corazón de la ciudad, hombres rata saliendo de la reciente victoria en la Plaza Del Guardián, hombres rata bombardeando la maltrecha ciudad desde sus trincheras (aunque ahora el fuego había parado) y hombres rata hasta en la sopa Lorgarian no dejaba de contemplar que su destino estaba sellado. Bueno, pues ya que ni siquiera podría tener ocasión de ver por última vez a Hraith por lo menos no dejaría que fuese conocida como Lorgarian La Derrotista, o que ni siquiera fuese conocida. Lucharía con todas sus fuerzas. Entonces notó que algo le estaba sujetando el brazo, impidiéndola matar. Furiosa, se volvió con fiereza a su atacante y casi le pareció ver a Hraith, pero no fue más que un espejismo, ya que tan solo era el último miembro del Consejo vivo (n o se acordaba de su nombre). Su rostro se calmó.

-Lorgarian… la abominación ya se ha muerto. Ya no quedan enemigos en esta área. Lo hemos conseguido- Era verdad. Mieles de cadáveres de todas las razas (incluido el de la abominación) decoraban el antes resplandeciente suelo y de las grietas ya solo salía humo- Todos esos miserables han huido o muerto. Lo hemos conseguido, mi señora.

-¿Qué mierda vamos a conseguir? Los inútiles del primer nivel fracasaron, y ahora su derrota nos ha condenado a todos. La ciudad está perdida. Ya solo queda huir para informar a Eltharion del desastre.

-Cierto.

Y sabía por donde empezar. Si no se equivocaba ahora el principal foco de resistencia estaba en la Torre de las Cúpulas. Sabía que sería difícil, pero no estaría mal que su padre se fuera con ella y los caballeros dragón.

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Fethlorgar oyó un ruido. Yvlerion llevaba un buen rato intentando comunicarse mentalmente con Hraith, pero no lo conseguía y ya empezaba a aburrirse de esperar, así que ya tenía planeado bajar abajo para ayudar a los maestros de la espada de Hoeth a encabezar la resistencia. Y oyó un grito, concretamente el aterrorizado grito de una elfa antes de ser degollada, por lo que Fethlorgar se apresuró en bajar a las escaleras para acceder a la zona de la que había procedido el ruido, o séase, la pequeña plaza que ocupaba el centro de la Cúpula de los Sanadores.

Y ahí, como vomitados por el gran agujero negro estaban una docena de hombres topo acompañados por uno de sus despóticos líderes. Varios cadáveres elfos adornaban el marmoleo suelo, mientras que el brujo se guardaba en un andrajoso saco un artefacto con forma de mando. Había tenido un par de encuentros con ellos cuando no era más que un guardián de las cloacas, y siempre resultaban desconcertantes. Encima parecían ser de la élite de entre los suyos, ya que llevaban armaduras de placas de oro y plata y tenían toda la pinta de ser muy feroces. (Hay que aclarar que el único talpidin que lleva armas es el brujo con su báculo, ya que para los hombres topo con sus afiladas garras capaces de partir el metal les basta y les sobra.

Aeralos desenvainó sus dos espadas, decidido a detenerles todo el tiempo posible. Fue el primero en atacar, y de inmediato le atravesó el gaznate al primer desgraciado. Sus compañeros, gruñendo, enseñaron amenazadoramente las zarpas. Fethlorgar volvió a atacar, pero sus espadas chocaron sonoramente con la armadura. El talpidin no desaprovechó la ocasión y le soltó un fiero zarpazo, haciendo que el rey retrocediera varios pasos mientras se llevaba la mano a la mellada armadura. El mismo talpidin volvió a intentar atacar, consiguiendo esta vez no arañar más que aire. Fethlorgar, recuperado, no se ando en remilgos y le metió la espada por dos diminutas protuberancias que parecían conducir a un sistema de visión parecido al elfo.

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Skabscror sonrió y se acicaló el bigote pleno de júbilo. Las cosas elfas se habían retirado a la madriguera con el rabo entre las piernas, y Tretch y sus salteadores ya habrían empezado el saqueo, pero no le importaba lo más mínimo. Una leve sacudida de su cola y una pequeña orden mental bastó para que Torturador subiera pesadamente por las numerosas escaleras.

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Molkit ordenó parar los rituales malsanos. Las grandes cosas voladoras habían pasado de largo, pero no podía confiarse, así que sobreponiéndose a los embriagadores efectos de los humos de los incensarios ordenó a su pequeño séquito que fuera cogiendo las ratas infectadas para depositarlas en el río. Estas, desde sus jaulas roídas gruñeron amenazadoramente a los skavens, intuyendo su gran fin de destruir las cosas elfas(y ahogarse en el intento, cosa que no las gustaba ni un pelo) y hacer que la Gran Rata Cornuda aplastase con su pata el mundo entero. Bueno, todo el mundo menos al clan Pestilens y sus aliados, por supuesto.

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Vermellon miró a la extraña criatura que se arrastraba por los escombros. Por sus campañas contra el mundo astronave de Biel-Tan (infructuosas, por cierto) supuso que debía de ser algo vagamente parecido a un eldar, solo que con ropas un tanto más primigenias. Antes de que pudiera apuntar, la criatura lanzó una especie de granada de fragmentación invisible que le dejo su vista obtusa lo bastante como para que el alienígena huyera. No importaba mucho. Ahora al marine lo que más le preocupaba era encontrar una nave o un intercomunicador, aunque si mataba a un par de alienígenas por el camino en nombre del Emperador tampoco estaría del todo mal. Salió finalmente del edificio para pasar a un auténtico infierno.

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Hraith sintió desde su silla era atravesado suavemente por el ejército aéreo de Pico Pálido compuesto exclusivamente por sabias águilas gigantes de plumas blancas y marrones y liderado por el gran dragón ancestral de tiempos pretéritos. Lo que si que no había sido tan suave había sido el devastador primer ataque. Todavía seguían encendidas las ascuas de las consecuencias, y el dragón rugía de felicidad por sentirse tan pleno después de años de hibernación. Ahora ya iba a empezar el segundo asalto. Athel Amaraya estaría salvada. Y mientras recorría los vientos majestuosamente oyó en su cabeza el repiqueteo clásico que anticipaba una comunicación mágica-telepática. Una palabra era proferida con gran paciencia y esfuerzo, intentando comunicarse.

“Hraith…Hraith…”

“¿Quién eres?”

“Soy yo, Yvlerion de Cracia. No se que haces aquí, pero no tenemos tiempo. Escucha atentamente mis palabras” El maestro de los sanadores resopló airado por la ofensa. Ni que fuera estúpido.”Los hombres rata piensan contaminar toa Ulthuan con una plaga mortífera para todos nosotros. Van a introducir unas ratas infectadas en el Gran Río.”

Hraith comprendió al instante el alcance de dicho acto. El Gran Río era un río que llegaba hasta la mismísima Lothern, atravesando multitud de riachulos que finalmente comunicaban con toda Ulthuan. Si los hombres rata se salían con la suya toda Ulthuan caería hasta los mismísimos cimientos de la Torre de Hoeth y el mundo entero detrás.

“¿Qué puedo hacer?” preguntó el sanador

“No lo sé… Échale imaginación…”

Pudo sentir como la comunicación se cortaba. Entonces detectó entre las trincheras skavens movimientos frenéticos por parte de estos. Los hombres rata estaban sacando unas máquinas estrafalarias, del tamaño de un lanzavirotes. El modelo general eran muchos cañones alargados y múltiples. Las maquinas aun así eran diferentes unas de otras, pero todas tenían una cosa en común: apuntaban al cielo. El cielo…

Y de repente abrieron fuego con gran estrépito. El campo de fuego era tan grande que efectivamente ocupaba todo el cielo con sus atronadores disparos. La paupérrima munición era de todo tipo: hachas, cubiertos humanos, espadas, dagas, pólvora, balas,piedras, flechas, piedra bruja… Para las duras escamas azules y blancas todas estas cosas no eran más que cosquillas incómodas, pero para los blandos plumajes blancos y marrones eran una muerte segura.

Y en ese preciso instante a Hraith se le presentó un dilema: podía bajar y destruir las máquinas, salvando a sus amigas plumíferas y de paso a lo que quedaba de la ciudad en llamas o bien podía ir al río y salvar anónimamente a Ulthuan de un destino incierto. La presencia de Lorgarian en Athel Amaraya complicaba aún más las cosas. Debatió durante unos militesimales segundos que se le hicieron eternos, pero mientras debatía el ancestral lagarto con alas ya había tomado su propia decisión:

Irían al río

Eso parecía decir con su mirada abrasadora como el hielo. Hraith lanzó una mirada melancólica hacia las enormes columnas de humo y las aves que se retiraban escarmentadas del campo de batalla.

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Fethlorgar combatía ya no por salvar a las damiselas de curación, sino para salvar su longeva vida. Los hombres topo, a pesar de ser poco más de una docena y de ser un poco lentos eran suficientemente fieros y fuertes como para poder compensar estos defectos y destrozarle la armadura de dragón con solo dos de sus largas uñas. Y encima estaban esas armaduras de plata y cobre que rechazaban impíamente sus elaborados finiquiteos con las dos espadas. Ahora estaba acorralado por tres de los monstruos, que hacían una mueca en sus toscos hocicos parecida a una sonrisa malévola. Y justo cuando su situación no podía ser más apurada oyó por el patio pasos ligeros. Eran los espaderos que habían decidido acompañarle en su hora más aciaga para poder vedar sus muertes con un acto honorable. El taplin que estaba a su espalda fue atravesado por tres espadas y cayó inerte al suelo rojo, mirándole con una mezcla de estupefacción y putrefacción. El príncipe huyó por el hueco que acababa de dejar el muerto y corrió para formar parte del círculo de espaderos que rodeaba a los ahora inferiores hombres topo.

Postrado solemnemente en el centro del círculo de garras y armaduras estaba el líder. Llevaba un pequeño saco atado a su férrea espalda cubierta por una sólida placa de oro y tenía detalles elaborados y preciosos hasta en los bigotes. En una de sus patas superiores llena de anillos de todo tipo de piedras preciosas estaba el bastón. Los magos que se habían reunido le miraron amenazadoramente, como indicándole que en aquel preciso lugar ese bastón no serviría más que como una escoba. El hombre topo, intuyendo sus miradas coléricas de magia metió la otra zarpa en el saco. De inmediato los miembros de la estirpe de Hoeth se lanzaron inusualmente con estrépito a por el círculo, liderados por Fethlorgar en primera fila, mientras que los magos preparaban ya conjuros devastadores. Justo cuando las alargadas espadas estaban ya a una estocada de distancia de la pequeña falange el brujo topo sacó de su saco un cachivache estraño. Parecía una especie de bombilla que arrojaba destellos tenues rojos. El propietario apretó un botón y la bombilla giró furiosamente hasta que finalmente salió un resplandor cegador que iluminó todo por completo. Fue precisamente eso lo último que pudo ver, ya que le había dañado sus delicados ojos y ahora no paraba de frotárselos infructuosamente con un guante. Retrocedió un par de pasos mientras oía que a su alrededor se estaba produciendo toda una algarabía de ruidos confusos, con los gritos y la sangre como principales protagonistas.

Resbaló en lo que parecía un charco, dándose de narices con el suelo. Normalmente no le habría pasado eso, pero al haber perdido momentáneamente la vista también había perdido el equilibrio y el sentido de la orientación. Buscó a tientas las espadas que se habían caído mientras a los gritos de agonía y sangre ahora se les habían unido los ya familiarmente infernales chillidos de los hombres rata. Finalmente consiguió abrir a duras penas unos de los párpados, dejando ver a través de un resquicio borroso a una enorme figura que supuestamente lo destrozaba todo. Sabía lo que tenía que hacer (para variar). No precisó de la vista para fusionar sus dos ligeras espadas en un espadón enorme capaz de atravesarlo todo, convirtiendo a Ari y Irai en una espada más poderosa, pesada y devastadora: Airiae. Parpadeó con el otro ojo y ya pudo tener los dos semiabiertos. Avanzó lentamente por el borroso camino, esquivando los numerosos cadáveres y con la espada blandida por dos manos enguantadas. Por fin llegó a la distancia suficiente como para poderle oler el aliento a la bestia. Por su translúcida forma parecía una especie de…

Antes de pensar nada más recibió por un costado un fuerte zarpazo que lo arrojó por los aires varios metros hasta atravesar la pequeña plaza y chocar con una columna. Se quitó cansado lo que quedaba de la maltrecha armadura de gemas azul y negra entintada por su propia sangre y finalmente consiguió abrir sus dos órganos visuales, solo para darse cuenta de que ya solo quedaban él, la bestia y un skaven que el elfo estaba desarmado. Oyó una especie de gruñido proveniente del skaven, que acto seguido se fue con el rabo entre las piernas dentro, dejándoles a solas. Fethlorgar examinó a su ahora compañero de baile. Era una monstruosidad forjada y hecha de músculos, piedra bruja y mala leche. A su fea cara cornuda llena de la piedra verde en la nuca que estaba intercalada entre un par de hombros robustos y férreos le seguía un enorme torso todavía más terrible y cubierto de alguna placa con dos enormes patas que a Fethlorgar le llegaban por la cintura, más o menos. Y además estaba la cola escamosa que ya de por sí sola era más ancha que sus brazos. Y Fethlorgar estaba desarmado. Y la espada estaba justo donde se había caído inicialmente. Y la rata ogro rugía de ferocidad.

El príncipe élfico se quedó totalmente estático mientras que a su vez la rata ogro cruzaba a largas zancadas la corta distancia que los separaba. Fethlorgar se apoyó en la columna. Tenía que esperar. El monstruo iba ya tan rojo de cólera que había decidido imitar el ejemplo de sus megalomaníacos creadores y se había puesto a correr furiosamente a cuatro patas. Tenía que esperar. La rata ogro estaba ya más cerca. Espera. Ahora podía oler el fétido aliento que era arrojado al exterior desde las negras profundidades del abismo de su garganta.

¡Ya!

Fethlorgar dio un salto de gato justo en el último momento, apartándose del estrépito que causaba la monstruosidad al chocar con la columna élfica dispuesta arteramente detrás mismo del elfo. El rey no se detuvo a mirar el espectáculo que suponía ser el de un gran monstruo resurgiendo de entre los cascotes y restos, sino que se puso a correr hacia Airiae con todas sus fuerzas. Por fin consiguió llegar a la espada, y justo cuando tuvo a su nueva amiga situada entre los diez dedos pálidos pudo notar que algo no iba bien. Evidentemente ahora estaba a varios metros por encima del suelo, y su horror no pudo ser mayor cuando se fijo que enrolladas alrededor de su ligero cuerpo habían diez dedos gruesos como mástiles de un barco y sucios como la bodega más repugnante que estaban cerrados sobre la misma presa élfica, apresándola. Fethlorgar se sintió como si sus huesos fueran sujetos a una enorme presión, y las poquísimas placas que quedaban ya se rompieron frente al estrujamiento. Sin pensárselo dos veces, el elfo se dio la vuelta en lo que a cabeza se refería y le intentó clavar la espada en las inmundas fauces al horrible ser. Lo que no previó fue el lugar exacto de la cabeza, ya que su estocada se murió solemnemente en el hombro de la criatura. Aun así el efecto fue más o menos el esperado, ya que se llevó sus zarpas a la herida, donde ahora yacía firmemente asentada una bonita espada roja que atravesaba al monstruo uno de sus hombros, impidiéndole mover con la celeridad y habitualidad habituales el brazo perteneciente a susodicho hombro. El elfo se recompuso celericamente de la caída y se apartó varios pasos. Ahora tenía que volver a recuperar la espada, pero ¿Cómo? Mientras la rata ogro se dolía, Fethlorgar sopesó rápidamente un plan que podría funcionarle, pero para su feliz cumplimiento se requería cierta ayuda. Y mientras pensaba el apéndice que salía del final de la columna vertebral de Torturador golpeó a Fethlorgar, consiguiendo abatirlo sobre el suelo. El rey élfico pudo ver como los rayos del sol eran tapados por un gigantesco puño con trayectoria fatal. Otra vez en el último momento Fethlorgar se arrastró medio metro fuera del alcance del atacante, que estrelló su musculoso puño sobre una baldosa, destrozándola. Antes de que retrajera el brazo para volverlo a descargar frenéticamente Fethlorgar se lanzó rápidamente al brazo y ayudándose del puño y de la cabeza consiguió subir al costado de la criatura, cogiendo por el camino a Airiae.

Desde su posición en la espalda del enemigo Fethlorgar vislumbró brevemente su futura victoria, y, aleccionado por esos pensamientos, blandió con fuerza la espada para clavársela a su repugnante contrincante. Pero justo en el último momento el cuerno afilado que adornaba la cabeza de Torturador demostró servir para algo más que un adorno clavándose en algún órgano vital del rey. Rápidamente Torturador aprovechó que la presa se llevaba una mano hacia la herida para deshacerse del intruso con una sacudida. Y antes de llegar a tocar el suelo Torturador le arreó un golpe tan fuerte que volvió a desplazar al elfo varios metros hasta llegar a la misma fila de columnas que ahora se esforzaba en superar conjuntamente el peso que había quitado su compañera derruida. Fethlorgar pensó, tumbado en el suelo, en que había hecho en toda su vida para acabar muriendo miserablemente a manos de una horrible abominación que no merecía ni siquiera existir.

Había peleado con fiereza contra Gusanos Ciegos, contra hombres topo, contra las tropas de Tyrannus, había sobrevivido días de insomnio y hambre a manos de déspoticos esclavos y burocráticos príncipes, había peleado el solo contra miles y miles de monstruos del averno y arrancado la garganta de uno de los lugartenientes de Grom. Incluso había sobrevivido a los caprichos de su hija. ¿Y moriría ahí, en aquella situación? ¡Jamás! ¡Era Fethlorgar, el rey alto elfo de Athel Amaraya y sus alrededores, uno de los peces gordos de Tor Yvresse,un veterano de cloacas curtido en miles de guerras y batallas de todo tipo! ¡ un ser perteneciente a la sagrada y noble estirpe de los altos elfos de Ulthuan, los defensores del mundo de Warhammer y los guardianes de los portales! ¡No iban a acabar las cosas así, por supuesto que no! Oyó a la bestia acercándose a tumbos entre espasmos y gritos, buscando su pellejo. Pensó en su mano derecha. Poco a poco todos los dedos se fueron accionando hasta que finalmente estuvieron cerrados en forma de puño. Apoyó la mano derecha en el suelo. Ahora tocaban los pies. Primero uno. Venga, ya solo te queda un pequeño esfuerzo. Dolorosamente consiguió alzarlo y ahora el elfo estaba en una posición de vasallaje humillante que en esos momentos no tenía ni puñetera gracia. Los alaridos no hicieron más que alentarle a que dispusiera su otro pie de tal manera que al final consiguió ponerse de pie, trastabillando, pero de pie. Flojearon sus piernas, temblando por el esfuerzo, pero no temblaba su resolución. En su mano derecha llevaba a Airiae sujeta a duras penas. Lanzó con desprecio un escupitajo sangriento al suelo y profirió un grito de desafío a la rata ogro. Esta se volvió hacia el insensato y se lanzó por patas a por él. La vista de Fethlorgar estaba cubierta de sangre, pero pudo verla palma de la zarpa de su enemigo dirigiéndose hacia él. Afortunadamente esta chocó con el techo o con una columna, no supo estimarlo muy bien, pero aprovechó el error para blandir su espada y soltarle un tajo desgarrador a la cabeza. Torturador se apartó varios metros dolorido, y cuando retiró las garras para gritar con una rabia alimentada todavía más se pudo ver que una fea cicatriz surcaba grotescamente el rostro, enfureciéndole más todavía. El ataque volvió. El guardaespaldas de Skabscror destrozó de un zarpazo una de las columnas como si no fuera más que bambú, cegado por la sangre y la furia frenética del momento. El ex guardián de las cloacas no se ando con remilgos y le clavó la espada en un sitio que si no estaba cerca del corazón, por lo menos algo haría. Los ojos de Torturador se pusieron en blanco y su feo rostro adquirió el habitual tono pálido de la muerte. Y ahí, el excaledoriano sonrió con ganas. Había vencido. Por fin. Ahora ya nadie podría decir que los elfos eran una panda de remilgados cursis maricas. Él desde luego no lo era, y eso lo reconfortaba. Y justo en esos pensamientos estaba ensimismado cuando la rata ogro cayó cual torre de pisa sobre el desventurado rey de Athel Amaraya mientras a su alrededor toda la estructura se derrumbaba.

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Vermellon cruzó la estrecha calle en llamas. Tenía que encontrar pronto una salida de acceso, por lo menos antes de que se agotase su escasa munición depositada en los extraños seres rata que parecían una parodia del ser humano. De momento sus primitivas armas chocaban con la servoarmadura del marine, y sus escudos y armaduras no eran rival para los puños enguantados o para las balas de su bólter. Hasta ahora solo tenía arañazos, pero podía sentirse afortunado porque el enemigo no le atacaba con todas sus fuerzas, es más, ni siquiera estaban organizados. No suponían de momento una gran amenaza para uno de los defensores de la Humanidad. Aún así no quería correr riesgos. Saldría de la maldita fortaleza y buscaría una aeronave en la que escapar.

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Hraith observó a los hombres rata fétidos que estaban en frente del río. Todos ellos eran apestosos, encorvados, más parecidos a una panda de zombies que a los skavens propiamente dichos. Su letanía, más parecida a un zumbido de moscas multitudinario, inundaba el ambiente Lo que era más peculiar era que había un pequeño grupillo de hombres rata que se dirigían al río con algo parecido a jaulas en sus garras vendadas. Hraith no se amilanó ante el espectáculo y animó a su dragón a que escupiera una lengua de fuego que abrasó por completo a todos los skavens que iban avanzando. Con horror vio que estos seguían avanzando a pesar de que las llamas abrasaban y cubrían cada poro pestilente de su piel. Con más horror todavía vio que había llamado la atención de los hombres rata. Empezó a preparar los pergaminos.

El primer hechizo era de aficionados, una ola de humo verde que pasó por la silueta voldaora sin hacerla nada. Mientras ordenó al dragón que dejara a los llameantes fanáticos y se concentrara en las jaulas llenas de ratas. Otro hechizo fue lanzado, esta vez dos rayos de furia enfermiza, que rápidamente concentró en su báculo y convirtió en energía positiva que devolvió acto seguido a sus propietarios. La montura de Hraith ya estaba haciendo arder en llamas a las ratas gigantes, exitosamente y sin tocar suelo. Entonces Hraith sufrió un espasmo horrible. Supo en ese momento que estaba siendo víctima de una enfermedad que le oprimía el cuerpo. Estaba a punto de desfallecer. Con la vista borrosa vio que se le caían algunos pelos, y lastimosamente intentó respirar a grandes esfuerzos. Ahí estaba, a punto de desfallecer, cuando se acordó de Lorgarian. Pensó en ella con fuerza y el cristal del báculo brilló con un rojo intenso. Poco a poco sintió que la enfermedad ya se había ido, justo a tiempo parta avisar al lagarto alado de una piedra pestilente llena de pus que se acercaba a gran velocidad. Afortunadamente consiguió hacer una gran acrobacia aérea que esquivó limpiamente al proyectil.

El sanador contempló el campo de batalla. El suelo estaba lleno de águilas gigantes, atravesadas y matadas por todo tipo de cosas punzantes. Las llamas habían conseguido su objetivo inicial y Ulthuan estaba a salvo. Lo único que le hizo preocuparse fue el color enfermizo que estaban adquiriendo unas nubes amenazadoras…

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Lartaerian lanzó una vez más una flecha desde su arco sombrío que volvió a cruzarse con un blanco peludo. El plan había surtido efecto. Había conseguido que los hombres rata pelearan entre ellos, cosa no muy difícil, y las dríades del bosque vengativas y los sombríos silenciosos se habían sumado al combate. Ahora ella y sus compañeros sombríos estaban cubriendo el perímetro alrededor de la entrada a la sala de máquinas del gigantesco cañón. Ya solo le faltaba cumplir su parte al Milenario.

Y, totalmente puntual, el viejo Milenario del bosque se abrió paso a zancadas entre los hombres rata. Era un Hombre Árbol enorme que había estado indiferente a los actos que se realizaban a su alrededor hasta ahora. Ahora el viejo hombre árbol no iba a permitir a los malditos skavens a quemar sus propiedades, y el mejor acto para ello era destruir el Gran Cañon. Lartaerian sin embargo no estaba allí con su panda de sombríos para salvar al mundo, estaba allí para vengar a sus antiguos y queridos aprendices, Natgarion y Kthellar. Se llevó la mano otra vez al carcaj y se dio cuenta con horror de que ya no le quedaban flechas. Bueno, daba igual. Vengaría a sus aprendices a golpe de espada. Desenvainó la susodicha y se puso a cortar. Solo en aquellos instantes consiguió aliviar su gran pena, descuartizando y esparciendo la asquerosa sangre negra por el suelo. Pero la gran felicidad no le duró mucho, ya que enseguida encontró la obstrucción de una alabarda interrumpiendo la masacre. Alzó la vista y vió que era un skaven cubierto por una armadura negra, con un cráneo en un hombro y una rata en el otro, vestido con harapos azules y con un estandarte personal cargado a la espalda que denotaba su alto rango. Era Skreek Garrafija, el líder skaven.

Mientras tanto el hombre árbol se dispuso a golpear el generador de la disformidad que alimentaba los motores. Y justo cuando iba a alzar lentamente su puño de repente un rayo de verde brujería le impactó de lleno. Lartaerian maldijo mentalmente a Haw, el ingeniero brujo, mientras se disponía a pelear con el señor de la guerra. Intentó golpear con su espada al skaven, pero esta rebotó en la armadura mágica negra. Skreek no se lo pensó dos veces y contratacó, atravesando con su alabarda el punto exacto donde hace apenas unas milésimas de segundo habían estado la elfa. Se dio la vuelta desesperado, buscando a su enemigo, y en ese instante su instinto de preservación le aconsejó que se agachara, justo a tiempo para esquivar el mandoble de su contrincante, que lo único que hizo fue cortar el estandarte personal. Skreek se lo quitó de encima y se lanzó aullando a por la elfa. Lo que ninguno de los dos sabía era que mientras que ellos dos luchaban El Milenario hombre árbol de Athel Amaraya caía rotundamente muerto como la copa de un árbol cortada a un punto exacto que haría que cumpliera su venganza.

BOUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUM

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Nota del autor: a partir de ahora cada vez que muera un demonio, aparecerá un asterisco que indicará que ha muerto. Un asterisco como este * por ejemplo.

La servidora de Malal lanzó una mirada de desafío a través de su cornudo casco a los demonios que iban avanzando. Todos ellos eran apestosamente apestosos y pestilentes, la asquerosidad misma hecha demonio. Todos ellos solo tenían un ojo en su cornuda y alargada cabeza, además de lenguas sinuosas y finas que reptaban por entre los dientes podridos. Su barriga era tan larga que casi tapaba cualquier cosa que mediara en la entrepierna, y en sus manos llevaban largos espadones de la plaga cuyo filo oxidado rebosaba veneno con solo mirarlo. Las moscas merodeaban sus inmundos cuerpos, y oleadas enteras de nurgletes se arrastraban por el suelo como babosas. Encima en una burda imitación de las tropas humanas llevaban andrajosos estandartes y sucias campanas. Notó un nurglete mordiéndola el pie y, sin molestarse siquiera en mirarlo, lo pisoteó *

Rebuscó entre sus cosas y encontró una serie de hachas arrojadizas, concretamente cuatro. La primera hacha salió desviada de su objetivo, aunque la segunda tuvo más éxito al clavarse en el ojo de un portador*. Sacó una ballesta de entre sus cosas y disparó al tuntún, consiguiendo acertar por casualidad en un par de demonios. A ella eso le daba igual, ya que ya estaba a punto de entrar en el cuerpo a cuerpo. Le dio un fuerte puñetazo al primer demonio en toda su fea jeta* y con el segundo se tomó un par de patadas* mientras que le daba un codazo a otro que acechaba por la retaguardia. Cogió por la ciclópea cabeza a un tercer enemigo y le dio un cabezazo poderoso que le desvaneció al instante*. Luego se giró para darle una patada giratoria al demonio del codazo* y bajó su cabeza en posición de corneo. Dio un par de pisotones al suelo ** y corrió, ensartando con sus cuernos a otro portador que pasaba por ahí*.

Delante suya ahora procesaban otros cinco portadores de la plaga con intenciones asesinas. La guerrera tragó aire y cuando expiró en vez de aire lo que salió de la pequeña apertura de su boca fue una ventisca mágica fuerte que congeló a los atacantes*****. Sin embargo la horda demoníaca no se inmutó y detrás de las figuras congeladas aparecieron un poador más grande que el resto con un pqueño tótem de cráneos en la cabeza que dirigía la siguiente oleada subiendo por una colina. Después de empujar al heraldo colina abajo la avatar de Malal corrió para atrás, golpeando con el culo a un contrincante que se acercaba por detrás*, y de paso aplastando otro par de nurgletes***.

Le dio un gancho a un demonio de Nurgle que había subido exitosamente por la colina, haciéndole volar su cabeza por los aires, pero el espadón siguió su curso y golpeó en su hombro acorazado, sin hacerla nada. Otro golpe la intentó dar la espalda, siendo rechazado una vez más por la armadura. La mujer no se quedó de brazos cruzados y contraatacó, haciendo un círculo letal con sus brazos que despedazó a otro par de insensatos ** y a algunos nurgletes*****.

Y en esas estaba, batallando, cuando se le abalanzó encima una criatura de Nurgle extraña. Tenía el cuerpo blando, legamoso y veteado de una babosa, y la cara cubierta de oscilantes tentáculos verdes. La bestia de Nurgle envolvió en su letal abrazó a la sierva de Malal. Poco después ya solo quedaba una apestosa masa regurgitante que envolvía a la guerrera de Malal. Y entonces de repente la masa estalló en mil pedazos,* dejando libre a una figura envuelta en armadura blanca llena de pus con una espada azul demoníaca. Sintió que el Señor de la Transformación atrapado en la espada intentaba escapar de su prisión terrenal, pero lo contuvo justo a tiempo para atravesarle el cuello a un demonio.

Paró la estocada de un portador y acto seguido devolvió el golpe brutalmente*. Le cortó la mano a otro demonio y paró a tiempo las estocadas del heraldo de antes, que estaba totalmente indemne. Paró sus torpes golpes y atravesó el fétido aire con su espada, abriendo por la mitad el cuerpo*. Ya estaba a punto de alzar su espada otra vez cuando apareció delante suya un príncipe demonio de Nurgle con una guadaña de la muerte, el rostro envuelto en una máscara y el cuerpo entero recubierto de una sustancia viscosa verde repugnante. Ambos trabaron sus espadas al unísono. Se estaba divirtiendo, sí, eso si que era vida.

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A Molkit El Sulfuroso no le había dado tiempo siquiera a gimotear por las pérdidas causadas por los estúpidos de sus subordinados y la maldita cosa-elfa y su esclavo escamado que habían arruinado sus meticulosos planes de conquista. Después del hongo nuclear que había sacudido los mismísimos cimientos del suelo una horda de demonios de Nurgle había salido del bosque, y ahora caminaban al fondo del río. Frustrado como estaba, ya solo le cabía vaciar sus sentimientos a golpe de espada con un atajo de repugnantes demonios que desafiaban el poder de la Gran Rata Cornuda. Y el del Clan Pestilens.

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-Zeñor…

-Maldito zeaz-el mensajero goblin vio como una hacha inmensa le cortaba su brazo. Mientras gimoteaba de dolor su panzudo señor se levantó de su asiento

-Pide perdón por tu inzenzatez

-Lo…lo…lo ziento…¡Ay! Mi poderoso señor

-Bien. Ahora habla.

-Mi señor¡Ay! Hay una horda de cozaz raraz con un ojo cerca de aquí. Parece no tener fin y AAAIEEEEEEEEEEEEE

-Maldito eztupido. ¡Ezo tendríaz que habérmelo dicho antez! ¡Vamoz, maldito atajo de inútiles! ¡Preparad mi carro!¡Ha llegado la hora de que Grom El Panzudo De La Montaña Nublada vuelva a pelear como Morko y Gorko mandan!

HALA, JODEOS, FRIKIS DEL TRANSFONDO, JODETE TRANSFONDO,JAJAJAJAJAJA, ACABO DE METER UN MARINE ESPACIAL EN WARHAMMER JAJAJAJAJAJAJAJAJA TOMA YA PATADA EN LOS HUEVOS JAJAJAJAJAJJAJAJAJA

Bueno...¿ninguna critica constructiva? ¿es que nadie se esta leyendo el relato? ¿es que el transfondo esta acabado? ¿no hay lectores entusiastas? ¿estoy desperdiciando horas y horas de mi vida en hacer algo que no tiene recompensa? Pues joder...

CAPÍTULO XII: EL CLIMAX TOTAL. NURGLE CONTRAATACA

El esclavo skaven estaba contento a más no poder. Había sobrevivido a la gran batalla de la plaza, había roto sus cadenas y había adquirido suficiente material como para hacerse pasar por guerrero del clan y como para tapar su marca de esclavo. Había contenido sus ganas de saquear la ciudad en llamas, ya que ahora solo tenía ganas de examinar la situación política de su clan y como ascender en el poder. Sus ojos entumecidos por algo parecido a lágrimas observaron al nuevo estandarte que tendría que seguir. Los guerreros del clan que o bien estaban lisiados o bien estaban “lisiados” le gruñeron un poco, para luego seguir rapiñando entre los restos. En la puerta antaño esbelta y noble ahora estaban un par de ingenieros intentando reparar una ametarradora. Entonces un poderoso grito sacudió violentamente la tranquilidad reinante:

-For the Emperor!

Asustado, miró por todos lados hasta que encontró una poderosa figura que se abría paso entre los restos. Cuando vio a la terrorífica y enorme figura embutida en una armadura ancestral ultramarine se puso a temblequear de miedo, pero cuando vio que el casco adornado por una línea amarilla que le recorría el rostro se fijaba en él, el ex esclavo empezó a analizar sus optativas de escape. Los ingenieros, alarmados, empezaron a apuntarle con la ametarradora, mientras que los skavens que merodeaban cerca se acercaron confiados a la solitaria figura.

Vermellon, imbuido por el fragor de las miles de escaramuzas libradas, sacó su bólter y se puso a disparar despiadadamente. Las balas salieron del cañón del bólter, cruzaron la plaza y se clavaron firmemente en los alienígenas más próximos. Uno de ellos le intentó clavar una espada por la espalda. Esta rebotó contra la servoarmadura, y antes de que el atónito ser produjera palabra alguna, Vermellon lo mató de una patada. Y entretanto sus compañeros ya estaban muy cerca. El servidor del Emperador puso el hombro por delante y embistió a la horda, destrozando mandíbulas y frágiles cuerpos por cada puñalada inútil.

Uno de los ingenieros giró la manivela, mientras el otro apuntaba sin dificultades contra el avatar azul. Las balas salieron de los múltiples cañones, atravesaron el corto espacio que les separaba del caballero y mellaron la pintura azul de la servoarmadura. Vermellon ando despectivamente hacia los alienígenas desesperados, mientras las balas de piedra bruja seguían rebotando. Finalmente el corto duelo alcanzó su final cuando el artilugio explotó sonoramente.

El ex –esclavo estaba completamente paralizado de terror, con el corazón bordando el síncope y las piernas arrodilladas en el frío suelo. El guerrero pasó a su lado sin inmutarse, atravesando los restos de la antaño noble y esbelta puerta

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Skabscror no podía pensar. No podía olfatear. Tan solo podía andar a duras penas con el único pie que no estaba inmovilizado, y ver a través de un par de ojillos rojos. Solo se paraba para toser, y sobra decir que no se paraba a contemplar los rastros de sangre que dejaban sus tosidos. Notó que la sala temblaba, y no supo si achacarlo a su mareada cabeza o al estado de la madriguera de las cosas elfas.

Finalmente vio una gran sala repleta de pociones, manuscritos y otras cosas que solían figurar en el inventario de un sanador. No supo muy bien si era Garrac o su desesperado instinto, o incluso si era la mismísima Gran Rata Cornuda que había acudido en pos de su más preciado hijo, no importaba, lo que importaba era que una vocecilla en la cabeza le decía que era su última esperanza. Recorrió con la vista las pociones, buscando algo que no sabía que era. Y entonces, de repente el veneno llegó a su corazón. Sacudido por los violento espasmos de dolor, el señor de la guerra cayó al suelo, arrastrando en su camino varias pociones que cayeron con estrépito al suelo.

El skaven notó como las fuerzas le iban abandonando, como sus nervios no respondían a sus exiguas órdenes, y fue perdiendo el poco contacto que le quedaba con sus miembros del cuerpo. Tuvo que arrastrarse con la garra, raspando el frágil suelo, rompiendo los cristales esparcidos. No podía ser. Tamaño servidor de la Gran Rata Cornuda no podía morir así, por culpa del estúpido veneno de un estúpido asesino. No era el final que el tenía esperado. La garra dejó de moverse y su cola cayó plácidamente al suelo, entre sus roídos ropajes. Ya solo le funcionaba a medias la vista. Pudo ver con los ojos un pergamino en el suelo. Observó sorprendido que se trataba de un manuscrito escrito en queekish, la lengua escrita de los skavens. Desesperado como estaba, Skabscror se aferró a aquel clavo ardiente brindado sin duda por La Gran Rata Cornuda. Su alivio fue muy grande cuando pudo oír a medias chillidos saliendo de su hocico. Las palabras fueron saliendo poco a poco, pero para el skaven era como si las pronunciara otro. Después de unos segundos de chillidos en forma de ritual, perdió la facultad de oír. Más segundos pasaron y perdió la facultad de pensar, y cuando terminó de leer el misterioso pergamino, perdió la facultad de vivir…

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Lorgarian contempló horrorizada el sitio exacto donde antaño había estado la Cúpula de los Sanadores. Ya no quedaba nada de los minaretes esbeltos, ahora derruidos. Las torres estaban en llamas y los cadáveres de los maestros de la espada de Hoeth y sus víctimas abundaban por doquier. La cúpula de Sanadores, en un tiempo gloriosa y espléndida, estaba con medio tejado derrumbado, y el otro a punto de hacerlo. El pequeño y hermoso lago estaba rojo por la sangre derramada. Lorgarian y sus cabalgaron del dragón cabalgaron entre los escombros, observando con gran afligimiento los muertos. Entonces un alarido de horror surgió de la boca de la princesa. Esta se apeó del caballo, cruzó la plaza derruida y fue al encuentro de un elfo que estaba aprisionado en una rata ogro. Los otros elfos se quitaron el casco. Sabían lo que venía.

-¡Padre! ¡Padre! ¿Estás bien?

Algo parecido a una risa afloró del viejo elfo, risa que fue cortada por tosidos sangrientos

-No…no…me seas estúpida, hija mía…pues…pues…pues claro que….no estoy bien

Lorgarian sonrió tímidamente y le secó con un pañuelo a Fethlorgar las manchas de sangre que afeaban las viejas comisuras de sus labios

-Padre…No puedes morir así…

-Por supuesto…que…que…que no…pero… ya…ya me ves…agonizando….-ya no salían risas de su garganta-Hija…he visto caer….a…a…a…a miles…-El rey se aclaró la garganta- de mis súbditos…y quiero…QUIERO…QUE LOS VENGUES

-Así se hará, padre

-Ahora…alíviame este sufrimiento…mi reina…

El ex miembro del consejo, ahora extinto, alzó su espada. Lorgarian lo miró con una mueca negativa y cogió ella misma la espada. La alzó y la clavó en el gaznate de Fethlorgar, el último rey de Athel Amaraya, que murió con una mueca fea. Lorgarian se puso de nuevo el casco, desenvainó su espada, y partió hacia su última cabalgata final, seguida silenciosamente por tres docenas de caballeros del dragón

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Hraith vio con horror a sus nuevos alados enemigos. Eran buitres gigantes que tenían la piel totalmente muerta. De sus picos ya solo salían basabas y moscas, y las apestosas alas, a pesar de no tener ya plumas, no les impedían volar. Y toda una bandada de aquellos seres se dirigía hacia él. Hraith lanzó un hechizo que anulaba el viento de alrededor, pero vio con horror que los buitres aun así podían volar. El dragón abrasó a uno que se acercaba, y antes de que su cadáver cayera al suelo, aparecieron otras dos fétidas aves que se lanzaron al costado del reptil. Hraith le dio con el báculo a uno, y aprovechando que el dragón los mantenía ocupados, el mago preparó un rayo azul que sacudió a los demonios y los hizo apartarse, justo a la distancia suficiente como para que el dragón los despedazara a mordiscos. Mientras los dos se trababan en una ardua pelea, Hraith echó un vistazo a las diminutas y pestilentes figuras que surgían del bosque para confrontarse con los hombres rata. Tenía que haber cerca algún portal, aquella marabunta de demonios no podía salir simplemente de la nada…

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Molkit el Sulfuroso chilló a través de su boca un contrahechizo, que bloqueó el intento del heraldo de Nurgle de pudrirle todavía más. Los jinetes de la plaga, esos monjes asquerosos montados en ratas pestilentes mas apestosas todavía, cargaron inútilmente por el flanco, ya que se los muy estúpidos estaban ahora trabados con los innumerables portadores de la plaga. Las filas de los enajenados monjes de la plaga no tardaron mucho en chocar con las de los demonios. Ahora los humos de miles de incensarios y pebeteros cubrían el ambiente, de tal forma que cualquiera que no sirviera con devoción a alguno de estos dos dioses enfrentados moriría de inmediato de muerte súbita. Molkit se tragó una piedra de la disformidad. Pudo sentir como poco a poco la energía corrupta del fragmento le recorría su cuerpo repleto de llagas y pústulas, y lanzó de su boca una oleada de miasma y putrefacción que mató al heraldo de Nurgle.

Molkit ordenó a los esclavos pestilentes que arrastraban el palanquín para que arrastraran el palanquín un tanto más, y con sus últimos hálitos de vida los esclavos cayeron derrumbados al lado de Skrolkius, la Gran Rata Pestilente de Molkit el Sulfuroso. Una vez montado en la furiosa criatura, ordenó con un gesto de garra a que los monjes soltaran a los Pustulosos, una docena de ratas ogro pestilentes que lanzó contra las apretadas filas de portadores de la plaga. Los enormes monstruos destrozaron y desgarraron todo lo que encontraban a su paso al más puro estilo skaven, y el pontífice no pudo menos que regodearse con la destrucción que causaban. Entonces el clan Morbidus, con sus plagas, el clan Feesik, y el clan Septik, todos miembros de la Hermandad Pestilente, se unieron con sus salmos menores al poderoso Clan Pestilens. Molkit chilló de satisfacción y se llevó la garra al bigote, solo para darse cuenta de que ya no tenía.

Entonces vio como una de las más grandes ratas ogro, Sífilis II, caía partido por la mitad por la espada herrumbrosa de un gran demonio. El gran demonio tenía una altura similar a la de la más grande las ratas ogro, con pústulas y burbujeantes excreciones recorriéndole su cuerpo disforme, con cuernos en la parte superior, una espada de carnicero en una mano tentaculada y lo más terrorífico de todo, un gran ojo verde en el centro de una protuberancia de asquerosas arrugas con pinchos que rodeaban una boca de la cual salía una lengua bífida. Muchas grietas de su cuerpo dejaban ver el asqueroso interior del demonio, una oleada de gusanos que se arrastraba por el suelo al son de su amo. Una espina dorsal esquelética se alojaba en su jorobada espalda, donde además tenía unos tubos isteriosos.El misterioso ser se movía como una babosa y se asemejaba cómicamente con las patatas de las cosas humanas. Pero los skavens no tienen sentido del humor, como muy mucho un sórdido humor negro.

Molkit ordenó amigablemente a sus “camaradas” (ya sabéis, cosas como: “vamos, estúpidos” “pelead por la Gran Rata Cornuda…y por mí” o “Demostradles a esos seres cual es la raza superior…que yo ya os alentaré, ya”) que atacaran a la Gran Patata de Nurgle. Una de las ratas ogro ya se disponía a alzar su poderosa garra, y de hecho, consiguió alzarlo, pero a un ángulo de ciento ochenta grados de hallar objetivo, el brazo fue súbditamente cortado. Otra rata ogro intentó hacer algo, pero la Patata se limitó a darle un puñetazo en todo el morro que lo tumbó al suelo, medio muerto. Una oleada de monjes se lanzó a por la criatura, bueno, o por lo menos lo intentó, ya que antes de que cruzaran su perímetro de larvas, estas defendieron a su amo, colándose entre las bocas abiertas de los skavens y haciendo quiensabequecosas dentro de los cuerpos, consiguiendo finalmente matar a los atacantes, presa de una agonía infinita que no les dejó morir bien, precisamente.

Siguiendo con las órdenes, la lastimera rata ogro de antes se levantó del suelo y clavó su puño en el cuerpo del demonio. Este no hizo más que hundirse en la piel, tragándose; primero la mano, luego el brazo, después las piernas, el torso, y finalmente el aullante rostro de la bestia, que indicó con su muerte que no había tenido un buen final, que digamos. La Gran Patata soltó un eructo y continuó avanzando. Ahora enfrente suya se plantaron las ratas ogro restantes, rugiendo a su enemigo. Con un encogimiento de hombros, el servidor de Nurgle hizo que de sus esporas saliera un humo verde. Poco a poco las ratas ogro y los monjes de los alrededores fueron inhalando el venenoso humo, y este se coló en los pulmones, envenenándolos lentamente. Lo único que ya tuvo que hacer el demonio fue ir cortando tan panchamente las cabezas de los agonizantes. Ahora Molkit estaba sólo. Con fuertes temblequeos de manos, y pensando en todo momento en la ira de su vengativo dios, Molkit tomó un poco de piedra bruja y se preparó para demostrar a los malditos hijos de gata cual era el único pestilente dios que podía ganar aquel combate de pestes.

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Diario de Sigismund:Bonoooooo,,,,,,, ¿m’esabais de mens????????????? E volto parr write me last diary. Il y a mouchas clouds en el ciel. Yo ‘tar preocupao. Now je no entender que faire aka in the bodega t’os estos oreju’os mimaos. Todos tar negro’ de ‘angre, compltement ‘egros. Tar también Aeralos. El querer un poco de cerveza. El decir “Es un último capricho”. No’ ha jodio¡ y el mio también¡Bono, a mi dar igual mientras yo tener mi botella de cerveza. Mmmmm, cerveeeeza, Arghhhhhhh

(Media página manchada de babas)

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Los puños de los esclavos de los dioses volvieron a chocar. El príncipe demonio sostuvo lentamente en lo alto su guadaña, enseñándola amenazadoramente, mientras, su rival le daba un puñetazo a un traicionero portador y se hacía a un lado para dejar que la guadaña se clavase en el suelo. Le dio al príncipe un puñetazo en la cabeza, se subió a él, le dio un par de tajos desgarradores y volvió al suelo. El príncipe, un tanto cabreado, le sacudió una hostia a la tía que la hizo dar un par de tumbos, mareada por el golpe. Aprovechó su momentáneo desconcierto para darla otro fuerte golpe con la mano, que hizo que cayera al suelo. Murmurando algo en un misterioso idioma, sacó la guadaña del suelo y hizo que bajara velozmente por el aire hasta chocarse otra vez con el suelo. La guerrera de Malal, que ya se había recuperado, se escabulló entre las piernas de su enemigo y, al estar justo detrás de él, le clavó su espada en el cuerpo. Poco a poco las energías mágicas confluyeron por la herida, provocando el príncipe demonio de Nurgle muriera por explosión.*

La guerrera, sin dejar de luchar un solo momento, cogió por el brazo a un portador y se lo arrancó, para luego golpear a su alrededor con el susodicho miembro. Finalmente le clavó la espada de la plaga a su propietario * y se volvió para mirar lo que pasaba a sus pies. Una oleada de nurgletes estaba intentando formar toda una montaña con la cual podrían ganar altura, pero la guerrera, bufando despectivamente por el fútil intento, hizo que de su mano saliera un chorro de llamas azules que derritieron a los miserables ***************. Luego le dio una patada a uno de los supervivientes, tirándolo de esta manera a la cara de otro portador. Luego elaboró con su espada azul unos complicados círculos que evadieron las defensas del desconcertado demonio y le cortaron la garganta*. Luego, como continuación de dichos círculos, continuó con el ataque, cortando: una mano, un ojo, una espada y dos piernas. Los demonios, exasperados, arremetieron a golpes con el casco de la tirana, pero esta, a pesar de que tuvo que retroceder un paso, volvió para sacudir de un cabezazo a uno de sus asaltantes.

Retrocedió un par de pasos y se agachó, enseñando sus cuernos al enemigo. Antes de que nadie hiciera nada la guerrera avanzó embistiendo a su paso todo lo que encontraba.*** Finalmente alzó la cabeza y la giró hasta que se desembarazó de un portador que había quedado enganchado en los cuernos. Viendo que se le acercaba otra de esas babosas asquerosas, La Condenada esta vez la mató con un rayo mágico.

Y, en esos mismos instantes, se puso a recordar. Antes había sido una campesina. No recordaba ya ni su nombre, desaparecido en los hilos del tiempo, ni su vida, ni otras muchas cosas, pero de lo que si que se acordaría toda su vida era de que un evento del pasado la había hecho odiar al Caos con todas sus fuerzas. Recordó sus gritos al cielo, sus ganas de venganza. Luego los recuerdos volvían a perderse para volver a un siniestro templo poco ostentoso y recargado, a una sala llena de trofeos. Se acordó de Malal, que bajó del mismo espacio para recibirla. Era la imagen más hermosa que vería nunca. El Dios del Caos tenía una forma humanoide con aspecto lobuno. Sus manos de seis dedos acariciaron su cara mientras sus tres ojos la inspeccionaban. Ahí se produjo su renacimiento, ahí volvió a nacer, arrancándose los despojos de su antigua vida y empezando una nueva. Los vínculos de la mayoría de los Condenados (nombre de los seguidores de Malal) eran cortos, debido a que el dios del caos consumía las almas de sus seguidores, pero a veces entre algunos de sus más fieles servidores se formaba un fortísimo vínculo que sobrepasaba al de los demás dioses. Entonces, con gran furia, se acordó del traidor que la había dado el chivatazo del portal, se acordó de los susurros de su amo, y de los largos años que había estado esperando, frustrada por no hacer cumplir las órdenes de su señor y tremendamente aburrida.

Pero ahora…ahora estaba en su casa. Ahora había demonios por doquier, había víctimas, había, finalmente, algo que golpear y matar. ¡Por Malal que la espera había valido al final la pena!

Mientras, a su alrededor se empezaban a formar llamas de un incendio cercano…

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El ex esclavo todavía estaba un tanto aterrado, y las patas traseras le dolían ya de tanto temblar, pero estaba vivo. Ahora inspeccionaba tímidamente los cuerpos de sus camaradas muertos, buscando piedras brujas que pudieran tener en sus sacos o entre sus harapos mugrientos. El esclavo, todavía bendiciendo a la Gran Rata Cornuda por salvarle la vida, estaba tan feliz por el botín acumulado que pensó que tendría que ponerse un nombre. Sí, algo asi como “Alarius El Magnífico” o “El Todopoderoso señor de las ratas”. Sí, el primer nombre le gustaba mucho, tal vez se lo pondría después de ascender en la anárquica sociedad skaven.

Un grito, no, un alarido, sobrecogió al esclavo, que miró por todos lados, buscando una ruta de escape, no, mejor dicho de “retirada estratégica” que le salvara su pellejo peludo. Vio con sus ojillos rojos a una manada de cosas elfas montadas en cosas caballo envueltas en armaduras azules y blancas. También llevaban cosas de mar en los cascos. Temeroso de su futuro, el esclavo se arrinconó en la puerta, mordiéndose frenéticamente la cola, y del nerviosismo que lo atenazaba ni siquiera se le pasó por la cabeza huir.

Y las dos docenas de cosas elfas pasaron de largo, ignorándole por completo. Pero “El Todopoderoso señor de las ratas” tardó más de media hora en calmar su agitado corazón.

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Aeralos y Yvlerion intercambiaron miradas silenciosas. Tanto el uno como el otro habían atravesado las tortuosas calles en llamas de Athel Amaraya, buscando el Palacio de los Panteones Estrellados, ahora llenos a rebosar de hombres rata. Los elfos supervivientes, todos los elfos supervivientes, se habían refugiado en los herméticos calabozos elfos (Hay que considerar que los calabozos elfos son más lujosos que algunas casas humanas, lo que ha llevado a muchos vagabundos a emprender la peligrosa tarea de ir a Ulthuan. Los esclavos de Catay al servicio de los elfos viven también muy bien, mejor que muchos comerciantes imperiales y condes bretonianos. Para que veáis lo que es la vida)

Todos los elfos tenían algún arma, desde una lanza puntiaguda hasta a hachas afiladas al extremo, pasando por los siempre útiles arcos elfos. Y todas esas armas estaban concentradas en la pequeña puerta que daba acceso a la sala, una puerta que estaba siendo golpeada brutalmente por una rata ogro bestial que rugía ferozmente, buscando ansiosamente su sangre élfica. Ya solo era cuestión de tiempo que murieran, pero ya que iban a morir, no sería dejando a unas pobres elfecillas vírgenes. Tomo lo poco que quedaba del asqueroso vino elfo y fue a por las lloronas elfas.

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El querrero goblin Caztañazo miró a su general, el gran Grom el Panzudo de la Montaña Nublada. Los carros de lobos y goblins se habían o bien estrellado contra las filas de aterradores demonios o bien se habían quemado con las llamas. “Eztupidoz” pensó el goblin. Siguió como buen piel verde a su líder, aullando y gritando en el proceso. El gran general piel verde cortaba todo lo que había a su alrededor con su hacha gigantesca como si fuera un leñador, mientras que a los cobardes goblins les costaba horrores sacarle un ojo a aquellos malditos portadores de la plaga. En el frenético combate le asestó un tajo cortante a un portador con su lanza, haciendo que saltasen de la herida mocos y moscas. El portador, sin apenas inmutarse, cortó con su espada el brazo a un goblin y siguió avanzando. Los pieles verdes, acobardados por el imparable avance de Nurgle, retrocedieron varios pasos, pensando en la huida inminente cuando entonces oyeron la poderosa voz de Grom:

-¡Que hazeiz, malditoz eztúpidoz!¡Al primero que ze ezcape le tiro al circo de garrapatoz!

Ante la idea de ver su cabeza verde y aguileña pasando por la garganta de un enorme y feo garrapato Caztañazo de Aúpa se aupó entre sus camaradas y se postró en primera fila, peleando con todas sus fuerzas contra los portadores. Las espadas de la plaga eran mortíferas, y las enfermedades que portaban también, pero los portadores eran extremadamente lentos y mientras que alzaban sus pestilentes brazos por lo menos una docena de lanzas ya lo habían atravesado. Ahora eran los portadores de la plaga los que se dispersaban, buscando un claro desde el que poder combatir en más igualdad numérica.

Aquel respiro permitió al goblin tener una perspectiva privilegiada del combate inminente. Grom, con su carro de enormes lobos, avanzaba hacia una enorme monstruosidad, que medía más que un troll de piedra. No tenía ni ojos ni nariz, ya que todo su rostro era ocupado por una fuce circular con dientes pentiaguados bordeando la mandíbula y una especie de espaonja roja y sangrante que hacía las veces de lengua, absorviendo con sus poros todo lo que entraba.El brazo izquierdo era una esquelética y larga garra a la cual se le podía ver el hueso perfectamente, mientras que en el otro brazo no habían brazos, sino cuatro tentáculos largos y morados que llevaban una larga guadaña mortal que ahora descendía hacia El Panzudo. Grom paró el tajo desgarrador con su hacha, mientras que los lobos enormes se ensañaban con las tripas regurgitantes del monstruo.

VS

Uno de los tentáculos se metió por la boca de uno de los lobos y a pesar de que este intentó morder el tentáculo, no pudo evitar que le arrancaran el corazón lobuno. Grom se destrabó de la guadaña y le clavó el hacha en las fauces. Uno de los tentáculos se deslizó por el mango y se aferró a las manos regordetas, intentando arrancarse el arma de su apestoso cuerpo, pero Grom no cedía y finalmente arrancó su arma de las fauces, manchandose de sangre sucia y seca en el proceso. El monstruo, furioso por la herida, le dio un arañazo a Grom, que le sacudió justo en plena panza. Este, sin inmutarse, dijo “WAAAAAAAAAGH” y volvió a asestar otro golpe con el hacha de Grom, consiguiendo hacer que la criatura se desestabilizara y empezare a tambalearse. Mientras, un heraldo de Nurgle se subía al carro, esquivando el estandarte de Niblit y intentando con su espada mugrienta cortarle la cabeza al enorme piel verde. Grom tan solo tuvo que arrancarle la cabeza con el hacha, y se volvió al servidor de Nurgle, que ahora se sostenía ridículamente sobre una única pata.

Los lobos, que no querían desperdiciar la oportunidad, se lanzaron encima del demonio y lo tumbaron. En un último estertor los tentáculos se movilizaron y le clavaron la guadaña a Grom en la panza. El goblin, sorprendido, miró el arma y cayó inerte sobre el suelo del carro. Niblit ya estaba dando saltitos de alegría encima del cuerpo de Grom cuando este se levantó y le dio una patada. Caztañazo vio sorprendido como su líder se arrancaba la guadaña de su preciada panza y la lanzaba lejos, como si no hubiese pasado nada. Y entretanto la apertura que había sido abierta se estaba regenerando. Lo que si que ya no se podía regenerar era la paciencia de Grom, que después de decir WAAAAAAAGH ordenó a sus lobos que volvieran a atacar.

Los goblins nocturnos atravesaron furtivamente las sombras para atacar por la retaguardia a los portadores, los goblins silvanos fueron correteando con sus arañas de aquí a alla y los medio orcos se pusieron a lanzar cachiporrazos a tajo y destajo. Y, bueno, los goblins empezaron a pelearse entre sí por una discusión teológica que había comenzado pacíficamente cuando Krrrtsikilk miró mal a Caztañazo.

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La columna de elfos de la montaña de Pico Pálido se disperso organizadamente para evitar las llamas y trabarse en contacto cuerpo a cuerpo con los demonios de Nurgle. El armamento de estos elfos era distinto al de sus parientes de debajo de las montañas, ya que en honor a sus amigas las águilas los elfos llevaban una especie de arma que se podía portar en el antebrazo, enganchándose con unos cinturones. El arma tenía forma de pico y era capaz de atravesar los escudos después de varios picotazos. Aunque era pesada y difícil de llevar, era versátil, ya que a través de un orificio se podían disparar flechas, cargadas previamente. Estas armas se llamaban los rompedores.

Antes de nada dispararon unas cuantas flechas, que poco hicieron en las pieles acostumbradas a miles de plagas y enfermedades. Por lo cual ambos ejércitos tuvieron que llegar al mano a mano, con espadas de la plaga y modernos rompedores cruzándose a la luz del Sol y las llamas. En esas estaban cuando un águila gigante malherida se posó en el centro del ejército élfico. Su mensaje era claro: habían fracasado, y la ciudad elfa de Ahtel Amaraya estaba ya perdida, pero no lo estaba todavía Ulthuan, así que antes de morir la última anciana de Pico Pálido ordenó en su último estertor a los elfos que frenaran a la horda de demonios.

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Los buitres se retiraron momentáneamente, dejando a un magullado Hraith un tiempo para poder respirar y pensar. Miró debsajo suya a la horda innumerable de goblins marchando a través del bosque en llamas, yendo a distintos frentes de batalla que se habían abierto a lo largo y ancho del bosque. Entonces vio que entre el frente de los skavens había una columna de caballeros dragón que luchaban ferozmente con sus lanzas. Facilitandoles una vía de escape, congeló momentáneamente el agua del río para que pudieran pasar y frenar a los demonios de Nurgle, sin saber que liderando aquella carga estaba su amada Lorgarian.El mago sabía que todos aquellos seres surgían de algún sitio, de algún portal, y por fin encontró después de un breve escrutinio una cueva enorme en las montañas de la cual salían sin parar todas aquellas bestias. Supuso que el portal estaría allí, asi que le señalo al dragón la cueva y se pusieron a volar.

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La Condenada alzó la vista. Ahora enfrente suya tenía un artilugio de lo más raro. Al igual que los portadores, tenía un único ojo y un cuerno saliendo de una protuberancia de su cráneo, pero ahí se acababan las similitudes. En vez de las lenguas “humanas” que tenían sus inferiores, el tenía una lengua bífida de serpiente. En una mano llevaba una espada larga y terrible, y en la barriga tenía pústulas del tamaño de un nurglete, además de un cañón en la entrepierna. Otras tres diferencias radicaban en: su otro brazo, que era totalmente mecánico y con un cable, su tamaño, que dejaba en ridículo a los heraldos de Nurgle, y que estaba sostenido sobre varias piernas mecánicas.

El cañon disparó justo unos pocos metros enfrente de la Condenada, haciendo que saliera volando otros tantos metros, impelida por la explosión. El aniquilador avanzó aracnicamente, intentando matar a la guerrera de Malal con su espada, pero ella detuvo todos los golpes. Entonces la garra la cogió por la capa y la lanzó otros cuantos metros hacia fuera, golpendola sobre un arból quemado. La máquina retrocedió un poco ante las llamas, pero luego siquió avanzando.

Antes de que pudiera hacer algo más con su garra de metal, el avatar de Malal saltó al cañon y valiendose del apoyo, escaló por su espalda, buscando la cabeza cornuda. Ante aquella amenza la maquina alzó su garra y disparó, justo a tiempo para rociarse a si misma con el ácido mientras la guerrera saltaba grácilmente a otro lado. Aullando por la herida, el demonio-máquina intentói huir, pero ella le atravesó con su espada el cañon, provocando que segundos despues explotara.*

Se recompuso de la explosión y se levantó, solo para ver que estaba rodeada de mosquitos por el aire y babeantes nurgletes por tierra. Ella miró la espada, se concentró en su aura y simplemente la aumentó al rojo vivo, creando un área mortal que quemaba todo lo que entraba en contacto y lo hacia desaparecer. Entre esa potencia amplificada y las llamas, finalmente cuando etrecerró los ojos y posteriormente los abrió todos los demonios habían vuelto al empíreo. (incontables *)

De repente de entre las llamas surgió el supuesto líder de aquella horda de demonios, el gran demonio de Nurgle que solo con su sombra ya esparcía la corrupción en su mas puro estado. Era como las grandes inmundicias que servidores de Malal como ella o Kalev Daark mataban, pero esta era mucho mas grande y terrible. En sus garras pustulentas llenas de llagas lleaba una enorme espada, cuyo destinatario se intuía De la cabeza astada salía una lengua que baboseaba el arma y en su espalda, aunque ella no lo podía ver, se podía ver la espina dorsal.

Aullante y totalmente entregada a su dios, La Condenada alzó su espada, que ahora brillaba con un azul cegador. Podía sentir como el señor de la transformación atrapado en su interior pugnaba por salir de su prisión física, ante lo cual su portadora se negó. Alzó la espada y perimitió que el demonio saliera momentaneamente, lo suficiente como para que la hoja destelleara aún más y el filo se alargara mucho. Descargó la espada y le cortó el brazo. El Gran Demonio, impertrerrito, dio un lento paso hacia la tía. Esta volvió a descargar el arma, rompiendo la del Gran demonio. Antes de que pudiera hacer nada más notó que los miembros de su cuerpo ya no la obedecían. No podía moverse, no podía andar, gritar o siquiera pelear. Tan solo podía ver.

Y aprovechó esa facultad para ver al lanzador del hechizo paralizante. Era una especie de elfo mugriento y apestoso cubierto de harapos sucios. Era el elfo servidor de Nurgle, también conocido como Athriel. Se estaba apoyando en una vara vieja y podrida, riendose entre tosidos y exabruptos. Parecía contento. Estaba segura de que su amo le había prometido la inmortalidad o algo así. Aprovechando su paralisis el gran demonio la agarró con su brazo restante, mientras el otro poco a poco se regeneraba. La lengua del demonio salió de la boca, lamiendo la armadura de la guerrera, mientras todos y cada uno de los dedos apretaban más su presa sobre la indefensa guerrera.

Y en el cielo pudo ver parcialmente un dragón intentando volar a través de una nube de avispas de la muerte, convocadas por Athriel. Por mucho que Hraith intentara lanzar algun hechizo, el elfo seguía mandando más y mas avispas, que poco a poco hacían que el dragón retrocediera, abrumado por el nuevo enemigo. Entonces Athriel habló:

-Bueno, bueno, (tosido) bueno, (estornudo) ¿Qué tenemos aquí? (tosido) si es una de las niñas mimadas del dios del (tosido y gesto nervioso) anti-caos. (tosidos) Tal vez te preguntes (tosido y golpe en el pecho) que hacemos aquí. Veras, hace mas de seis mil años hubo una (tosido y otro golpe en el pecho) gran guerra entre demonios y elfos, y cuando estos ultimos ganaron, los demonios dejaron aquí enterrada una terrible criatra…EL PULPO DE NURGLE (tosidos y carcajadas) Era un demonio que el gran Nurgle creó especificamente para envenenar el núcleo del planeta con sus largos tentáculos(tosido) pero el maldito Caledor le lanzó una maldición (tosido): solamente…

“solamente la sangre de un elfo no muerto lograría despertarlo . Pero (tosido) obviamente no hay por ahí muchos elfos no muertos. Asi iba la cosa hasta que encontre (tosido y risa maléfica) a mi hermano. Asi que (tosido) consegui engañarlo para crear un ritual con el cual podriamos levantar a una horda de demonios demi viejo aliado demoníaco, Pestus y al mismo tiempo levantar al pulpo. Pero (tosido) la sangre de mi hermano no era puramente de un no muerto, asi que el despertar no será permanente. Tiene que subsistir con mi (tosido y lamento) alma pútrida, pero todo sea con tal de alcanzar la inmoratalidad…

El elfo se rió de su broma invisible mientras que el demonio ponía más fuerza en el brazo opresor.

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Lorgarian levantó a duras penas el brazo y le atravesó por el ojo a uno de los portadores. Otro la golpeó por el otro flanco, golpeando fuertemente su escudo. La elfa se volvío y le sacudió una leche con el mango, intentando inutilmente destrabarse. Lo escupió, lo volvió a golpear con el mango y finalmente consiguió deshacerse de la dura presa con una fuerte patada. Antes de que el demonio cayera al suelo, otro ocuó su lugar y golpeó el escudo, logrando que finalmente la hija de Fethlorgar cayera de su sillín. Lorgarian clavó la larga espada en el selo y se valió de ella para levantarse y cojear hacia mas enemigos.

Los demás caballeros del dragón tampoco es que estuvieran en una situación menos precaria, ya que las plagas estaban empezando a hacer mella en su voluntad y ahora los muertos superaban a los vivos con diferencia. Lorgarian forcejeó con un demonio, agarrandose ambos de los brazos y intentando vencer. Detrás suya el consejero superviviente, aún vivito y coleando, la protegía la retaguardia, cubriendola las espaldas de cualquier puñalada. Finalmente Lorgarian tropezó y aprovechó aquella subita sorpresa para atravesarle el gaznate al demonio desde el suelo.

Lorgarian volvió a servirse de su espada samurai para levantarse y enfrentarse al enorme demonio que se hallaba enfrente suya. Cogió todas sus fuerzas restantes, preparandose para su último lanzamiento mientras que los elfos supervivientes formaban un círculo protector en torno a ella.

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Las filas de La Gran Rata Cornuda y Nurgle se siguieron enfrentando. A pesar de que estaban en clara inferioridad numérica, La Hermandad Pestilente no pensaba en la derrota. No era ni valentía ni honor, más bien un rgullo exacerbado por demostar a su Dios que el era el único dios de la destrucción. Era una batalla de creencias.

Los codiciosos señores de plagas del Clan Morbidus lanzaron a sus ratas gigantes enfermas y sus rabiosas ratas ogro contra las bestias babeantes Nurgle y los nurgletes. Los guerreros del clan Feesik huyeron del pulso de dioses, dejando a sus mandamases en pensamientos profundos sobre excusas igual de profundas. Los guerreros de harapos blancuzcos del Clan Septik se lanzaron con sus armas herrumbrosas en pos de la Gran Rata Cornuda y el favor de Nurglitch. Los podridos skaven del clan Úlcera intentaron lanzarse contra los portadores, arañandoles con todo lo posible, mientras que las garrapultas de la plaga cubrían el cielo con sus tóxicos proyectiles y los innumerables incensarios del clan Pestilens cubrían hasta el aire mismo. La Hermandad Pestilente peleaba con todas sus fuerzas…Y de paso Molkit tambien peleaba por su vida contra La Gran Patata. Con su gran rata pestilente muerta, ahora entre la asquerosa patata y él no había mucha cosa que digamos…

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Vermellon disparó a las cabezas de los inmundos herejes de Nurgle. Despues de varias horas de incertidumbre, peleando contra enemigos desconocidos, casi se alegraba de ver a los servidores de los Dioses del Caos, ya que si tenía que elegir entre dos males, prefería al mal que le resultase mas familiar, y no hay nada más familiar que el zumbido de miles de moscas aturullandole el cerebro. Esos eran los últimos. Ahora el cargador estaba casi vacío. Ya solo le quedaban unas pocas balas, y el servidor del Emperador no las pensaba malgastar.

En toda horda de servidores de la disformidad siempre hay un tío gigantesco, y ahora, camuflado estrategicamente entre los arbustos quemados, se encontraba delante de dicho ser. Se puso el bóter en los brazos, con la simple mirilla dirigida a sus ojos. Con una mano acarició plácidamente la culata y con la otra el cañon del arma. Calculó que ya solo le quedaban unas pocas balas. Pensó en sus campañas exitosas en nombre del Emperador, en todos aquellos planetas que había purificado en nombre del Emperador. La historia del capítulo de los Golpeadores había sido indudablemente polémica, pero Vermellon estaba decidido a zanajar aquellas dudas y cortarlas por lo sano, al igual que los demás legionarios pertenecientes a los Ex Guerreros del Arco Iris. Su nombre figuraría entre los anales de la humanidad por haberse cargado a uno de los más feroces enemigos de la humanidad.

Decidido, apretó casi sin darse cuenta el gatillo. El bólter rugió y la bala atravesó el aire hasta impactar contra nada. Otras balas hicieron que el bólter siguiera rugiendo, pero estas o bien se estrellaron en la dura piel del demonio o se perdieron en la nada. Cuando las balas s agotaron Vermellon alzó la vista y vio que lo único que había conseguido hacer había sido meter una bala por la cuenca del ojo que precisamente estaba vacía. Furioso por su fracaso para con la Humanidad, le lanzó el bólter a la criatura.

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Athriel miró con desprecio a la elfa. Pensaba lanzar su inservible espada contra el demonio de Nurgle de Forge World. Si el demonio estuviera distraido algo haría, pero con una guerrera de Malal como unico entretenimiento no dudo de que tendría tiempo de sobra. Pensó entonces en el futuro. Los planes iban terriblemente bien. Si conseguían al final salirse con la suya, se ganaría en el futuro un puesto al lado del mísmisimo Nurgle como su mano derecha, y obtendría la ansiada inmortalidad(la perdió cuando se libró de la maldición). Athriel se imaginó surcando los cielos, aterrorizando a los mortales y en definitiva extendiendo la miseria y la corrupción por todo el mundo. Por supuesto lo que nadie sabía era que para asegurarse de que el plan no fracasaba había puesto la esencia del demonio en él mismo, en el portal levantado en la cueva y en el gran demonio que había accedido a ayudarle, a pesar de que toda aquella legión era en realidad de Pestus. Y en esas estaba pensando cuando algo surgió del follaje…

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Yvlerion miró aterrado a través de la ventana. Ahí fuera se libraba una feroz batalla. El suelo temblaba y los cielos se estaban cubriendo de nubes verdes pestilentes. Miró a su guardaespaldas y una lágrima salió de sus orgullosos ojos. Habían matado un gran peligro para meterse en otro peor… Mientras la puerta seguía siendo aporreada por una rata ogro. Aeralos se subió los pantalones y acudió presto a combatir a la primera fila.

Entonces el humano, medio borracho, se levantó de su barril de vino y se dirigió colérico a la puerta:

-Huye…¡Hip!...huyyyye de aka os in-ho me angry mucho y me…¡Hip!...pongo a reprrrrtir jostias a to’ kiski…¡Hip!...¿Lo has understand?

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¿Qué hacía ahí? ¿Por qué? ¿Quién era? ¿Dónde estaba? ¿Por qué se sentía algo vacío de alma? ¿Por qué tenía ganas de matar todo lo que se encontrase? ¿Por qué me miran todos esos cíclopes raro? ¿Por qué tengo una masa de pus y sangre en mis pies?¿Por qué no lograba acordarse de nada?

Acababa hace unas pocas horas de oler en el aire una peste horrible. Por qué había sido olvidado por todo el mundo…Elthonfiel, un elfo vampiro de más de tres mil años de edad. En los bosques de Tor Amaraya. Por qué no había logrado controlar su maldición del todo. Porque una de las pocas salvaciones qué podía tener era convertirse en una mezcla de Varghulf y elfo lobo salvaje. Esos “cíclopes” eran portadores de la plaga del Dios del Caos Nurgle. Esa masa de pus era su antiguo tío elfo Athriel, ahora obviamente muerto. Porque era idiota…

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Un grito de horror cruzó todo el bosque, provocando una reacción en cadena:

Un artefacto extraño con forma de bolter se metió por el ojo de un gran demonio.

Como el gran demonio estaba distraído, un avatar de Malal se escapó de sus garras para caer torpemente al suelo.

Aprovechando que estaba distraído, una katana surcó el fétido aire hasta clavarse en la cabeza cornuda

Aprovechando que el gran demonio desaparecía un dragón escupía una potente bola de fuego directa a una cueva.

Una horda de cíclopes se empezaba a desvanecer de la realidad

Un pulpo apocalíptico desaparecía de la realidad

Un skaven con harapos verdes hundía su vara en la nada

Un piel verde enorme y verde descuartizaba a otro piel verde de modestas proporciones y ordenaba estupefacto una retirada a su escondrijo.

Unos elfos miraban sorprendidos el espacio anteriormente ocupado por enemigos temibles

Un ejército de skavens se marchaba de una ciudad en ruinas

Y un humano borracho se miraba con cara de tonto su puño, secundado por otros igual de sorprendidos elfos

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El ex esclavo intentó secretar por tercera vez consecutiva el almizcle del miedo, pero ahora sencillamente en sus glándulas ya no había nada. Se atuso los bigotes y recapacitó un poco sobre todo lo que había acabado de pasar.

Pero no le dio tiempo, ya que vio sorprendido un skaven solitario atravesando la plaza. De inmediato el todopoderoso señor de las ratas pensó en acuchillar al imprudente, cuando entonces receló de su idea al ver que detrás del hombre rata había más servidores que huían en tropel de la ciudad. Después de varios segundos de reconocimiento, finalmente identificó al skaven. A pesar de estar cubierto por pústulas y granos en la mitad de su cuerpo y de tener una barriga que sobresalía por la armadura, el ex esclavo se dio cuenta de que era Skabscror. Repentinamente humilde y pelota por la mera presencia de su nuevo señor, el esclavo se postró delante del general, humillándose ante él y pidiendo misericordia por haber esperado fielmente a su señor. Skabscror, furioso y abotagado como estaba, humildemente decapitó a Alarius el Magnífico.

PARTE XIII: EL FINAL
Lorgarian observó a través de unos ojos fríos y tristes lo que antes había sido una región esplendida y sin par. Ahora los bosques donde antes trovadores cantaban estaban quemados, Gharn-El-Dryas, antiguamente una villa espléndida, ahora ya no tenía nada de magnífico en sus innumerables casas repletas de heces de los repugnantes hombres rata. Y lo que era peor, la mismísima Athel Amaraya, una de las grandes fortalezas de Yvresse y el epicentro de cualquier resistencia contra el invasor estaba en ruinas, con enormes columnas de humo saliendo de incendios extintos. Y encima el gran rey Fethlorgar había muerto…
Hraith se acercó a su antigua cónyuge y la puso una mano pesadumbrosa en el hombro. Lorgarian se dio la vuelta y vio que la expresión del mago no se diferenciaba en nada a la suya. Sí, había “ganado”, pero ¿Cuál era el precio? ¿Había sido de verdad una victoria? Tal vez Ulthuan habría sido salvado de los peligros inminentes que acechaban en su futuro, pero ¿Quién sabe si en un futuro próximo se tendrá que enfrentar a una amenaza mayor? ¿Por qué seguían resistiendo?
Ambos elfos se dieron un ligero y cálido abrazo, y se dieron la vuelta para ver a los elfos que estaban reunidos en una llanura negra por las cenizas. Ahí estaban los escasos supervivientes del asedio, los elfos de Pico Pálido y las pocas águilas supervivientes. Yvlerion se había ido con su guardaespaldas de Cracia para informar a su señor de que ahora disponía ya de su ansiado “territorio”, con pasos cargados de tristeza.
Un rugido bestial retumbó por el valle y los elfos miraron al unísono a la bestia. Esta, con un parecido sospechoso al os Varghulfs, estaba furiosa. Se dirigió rápidamente a Lorgarian, con intenciones asesinas. La “reina”, cansada de la vida como estaba, se ofreció dócilmente a acabar con su vida sustancial. Y justo cuando la bestia iba a alzar su garra, de repente un viento fuerte sopló, y entre ambos se fue formando una figura de un elfo, una figura aparentemente hecha de cenizas. Elthonfiel olisqueó el aire, miró al elfo, y acto seguido se fue a las montañas. Yvninn se dio la vuelta, mirando a los ojos a Lorgarian. Y después de unos tensos segundos, en el rostro de cenizas se formó una sonrisa, antes de que la figura fuese llevada por los vientos fuertes del norte.
Entonces ambos oyeron un bufido de dragón a sus espaldas. Se dieron la vuelta y vieron al milenario ser que había ayudado a Hraith en su cometido. Una mirada entre ambos camaradas silenció cualquier efímera palabra y acto seguido el reptil sacudió sus alas y salió volando hacia las montañas.
Cuando el dragón no fue más que un punto negro en el horizonte, otro ocupó su lugar. Sus miradas cargadas de emoción casi se vieron alteradas cuando atisbaron al jinete volador. Con su yelmo alado y montado en un hipogrifo, el legendario Eltharion el Implacable, Guardián de Tor Yvresse, se acercaba. Aterrizó delante de ellos y se bajó de Ala Tormenta. Un simple vistazo al panorama reinante le bastó para saber que había llegado tarde. Una muesca de rabia se coló en su frío rostro y cierto toque de compasión alumbró en sus severos ojos.
Pero no fue más que un espejismo. Con un gesto ceremonial, señalo a todos los elfos un punto en la lejanía. No necesitaron preguntar para saber que señalaba a Tor Yvresse, la capital de Yvresse, la amargada tierra de elfos amargados y sin esperanza de futuro.
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El elfo embozado se puso a andar. Una ligera lágrima recorrió sus cansadas mejillas, pero por encima del dolor que sentía el elfo se lavó con el guante dicha lágrima petulante. Aeralos estaba triste. Por si no le bastara con tener la certeza de no poder volver jamás a su fortaleza, encima ahora sabía que podía fracasar. Por encima de sus relaciones sexuales, por encima de la cerveza, incluso por encima de… de todo lo anteriormente mencionado, no había nada que lo disgustara más que fracasar. Tal vez podía haber “ganado” a todo un rey, podía haber “ganado” a un poderoso demonio, bebido pura cerveza Bugman o incluso haber tenido el acto del coito con una rubia despampanante, pero ninguno de esos actos conseguiría enmendar sus errores. Ahora ya solo cabía seguir haciendo peregrinaje, intentando olvidar todo aquello y intentar vivir una nueva vida…
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Los hombres rata estaban ajetreados. Órdenes del Consejo de los Trece: dejar tropas en la tierra de los elfos y volver en los restantes barcos, y claro, no a muchos hombres rata les hacía ilusión quedarse allí. Y Skabscror tenía un billete especial solo de vuelta. Se miró su nueva panza pustulosa y pensó que de no ser por sus numerosos tosidos, vómitos y las arcadas que le daban cada dos por tres, estaría completamente feliz. Había convencido al estúpido de VistaLarga que se quedase como su fiel lugarteniente en la base skaven, mientras el y su nuevo clan iban a por refuerzos. Falso, por supuesto, pero solo el lo sabría. Y para remarcar su nueva mejor vida sus subordinados habían sacado un buen tajo de la madriguera de las cosas elfas.
Garrac al final había tenido razón. Su cola flácida, en señal de felicidad, no paraba de removerse inquieta, pero el señor de la guerra había sufrido cambios fisiólogicos muy importantes. Entonces pudo oler una peste enorme entrando a través de su hocico y no pudo evitar pensar en secretar el almizcle del miedo. Se dio la vuelta y vio que solo era Molkit, que mansamente se acercaba a él. Skabscror, receloso, enseño sus dientes, tosió, y rebuscó entre sus numerosos bártulos hasta encontrar una espada.
-¿Qué quieres-quieres, pútrida alimaña?
-Obviamente has cometido un gran revés-injuria para La Gran Rata Cornuda, oh señor de la guerra-guerra
Skabscror empezó a pillar el juego. Esa maldita sabandija quería repetir el juego de Squeweel y lo quería culpar de una herejía inexistente.
-Corta el rollo-rollo, estúpido-estúpido, y dime que es lo que me pasa
-Has leído uno de los manuscritos sagrados-sagrados del clan Pestilens, y por ello serás castigado
-Jajaja, que risa me das. ¿Y qué pruebas-pruebas tienes?
Con un chasquido del pontífice aparecieron los guardias albinos, que enseñaron a su exlíder sus herrumbrosas y oxidadas hojas amenazantes. Skabscror, que ya había empezado a pillar, espero a lo que dijera Molkit
-Pero el veleidoso Nurglitch, ¡Oh gran señor de la pestilencia! Se ha apiadado de ti y dice que te ofrecerá un indulto si nos acompañas en nuestra cruzada-cruzada a las cosas lagarto. No-no, espera un-un momento, más bien es-es una orden…
El pontífice del clan Pestilens se rió de su propia broma y se retiró con los guradias albinos, dejando a un desolado Skabscror pensando en su negro futuro…
Bueno, por lo menos para compensar había conseguido un artefacto extraño, un arma parecida una ametarradora y todo ello a cambio tan solo de guiar a un personaje extraño a un punto en medio de la nada…
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Diario de Sigismund, hombre de negocios:
Mi situación no podría ser más desconcertante. Acabo de despertar hace apenas unas pocas horas en una playa imperial, y ahora estoy en una humilde posada, preguntando inútilmente por mis tierras No tengo recuerdos de después de la tormenta, así que ahora no me queda más remedio que volver. El camino será largo, pero fffffffortunatelly yo tener u-n-a jarrrrrrrr---aa of Bgmn en mis hands.
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Diario del soldado Vermellon, perteneciente a la XII escuadra de la III Compañía de los Golpeadores, anteriormente denominado Guerreros del Arco Iris
Fecha: No lo sé, cálculo que llevaré en este planeta incógnito más de varios meses.
Sucesos: Llevo ya muchos días siguiendo inconscientemente a ese alienígena con forma de rata. Hay algo en mi cerebro que me incita a seguirlo, pero no sé el que. Puede que este siendo poseído por alguna variante de la hipnosis. Ahora ese astro que ilumina el cielo me azota mi rostro. Hace mucho que me he quitado el casco, pero me hice en un gesto de rebeldía unos tatuajes de arco iris en las mejillas. Después de meses atravesando la selva con mi fiel machete, he llegado por fin a un claro totalmente muerto, un claro adornado únicamente por una torre negra que con su sombra oscurece mi semblante. Se que tengo que entrar ahí. Si alguien llega a encontrar mi diario y está leyendo mis pesimistas palabras no cabe decir más que sea cual sea mi destino puedo enorgullecerme de que en ningún momento dudé de mi fidelidad por y para el Emperador.
No estáis solos…
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-Bienvenido, Vermellon
El marine espacial miró a la criatura encapuchada de negro que lo observaba desde su gótico trono. El marine sacó su machete.
-No, por favor, guarde usted su arma. No tengo malas intenciones ¿No? Bueno, no importa… Bien, tal vez usted tenga curiosidad de saber cómo ha venido a parar aquí, porque, y, lo más importante, donde.
El marine se calmó ante las amables palabras de la voz de ultratumba. El ser encapuchado se levantó de su asiento. Pudo ver a través de su capucha un hocico de reptil y una bífida lengua que se relamía. Por más que intentó verle los pies, la capa los ocultaba totalmente, pero supuso que debía tener en los pies algún objeto punzante, responsable del repiqueteo que causaba al andar. Sus manos eran más bien garras negras con uñas afiladas. El ser se dirigió con aire melancólico a la ventana que había abierta. Vermellon fue el primero en quebrar el silencio:
-¿Quién eres? ¿Qué eres?
-Yo me llamo Garrac Garrak, el último de la estirpe de los deinonychus. En cuanto al que soy…bueno, soy lo mismo que tu…mas o menos…
-¿Qué yo? El día que nos parezcamos en algo el Emperador se levantará del Trono Dorado a arrearte una ostia…
-Piensa lo que quieras, pero somos lo mismo. ¿Nunca te has preguntado que somos, cual es nuestro papel en el universo? ¿Qué hay después de la muerte? Pues bueno, te diré la verdad: ni tu ni yo existimos
-Sandeces…
-¿Sandeces? Todo lo contrario. Yo soy el futuro protagonista de una novela, y tu…bueno, tu eres simplemente un personaje sacado de un juego de miniaturas y depositado en un relato…
-¿Cómo? O sea…¿Soy la adaptación de una adaptación?
-Sí
-No puede ser…¡Pero si tengo recuerdos! ¡Y pensamientos! ¡Incluso tengo biografía!
-Pues todas esas propiedades en realidad son en todo momento fruto del arduo trabajo de un marginado social que se explaya en estas cosas debido a su incapacidad de encontrar en la vida real una cónyuge o siquiera un amigo…
-Pues vaya mierda…-Vermellon se sentó, abrumado por los nuevos conocimientos, y Garrac se acercó cautelosamente a su invitado
-Así es la vida…no somos más que papeles…
-Y…¿Qué rayos hago aquí?-El marine se levantó-¿Por qué he venido a parar a este planeta?
-Bueno…en realidad no estás en un planeta propiamente dicho…Hasta que los corresponsales de GW digan lo contrario, estamos en otro universo diferente al tuyo.
-Y…¿Puedo volver a mi casa?
-No
-¿Y no puedo volver?
-Tan solo podrías volver a tu universo si tu creador asi lo considerara oportuno…Es más, si tu creador considera oportuno que mueras, morirás, sin poder remediarlo de manera alguna…
-No puede ser….¡Esto es físicamente imposible! ¡Ni siquiera un dios del caos es tan malvado!
-Así son los humanos…legan a disfrutar tanto de su labor como creadores que nos tratan a nosotros como meros juguetes, haciendo lo que quieran con personajes de ficción como tu y yo.
-¿Y porque estoy aquí?
-Fácil. Simplemente pasó que el autor de todo esto estaba aburrido y agotado de escribir siempre lo mismo…de ceñirse a rajatabla a las leyes físicas de unos mandamases industriales…Y entonces cometió la que puede que sea la mayor locura, la mayor patada que se le ha dado nunca a un universo…Simplemente decidió coger algo de otro universo, un poco del otro y crear así un popurrí de personajes y situaciones extravagantes. Además, si hay algo que al creador se le dé mal, eso son los finales. Y ahí aparecemos tu y yo.
-No…no entiendo nada…Maldita sea… ni siquiera mi existencia es relevante…nada lo es…maldita sea…-Garrac posó su garra dócilmente en la hombrera de Vermellon
-No tienes que entender nada…Tan solo asume que estás condenado, al igual que yo, a una efímera existencia vacía…
-Yo…yo… lo siento, me tengo que ir…demasiada información….tengo que recapacitar sobre tus palabras…
-Eh, espera un momento ¿Quién te ha dicho que fueras a salir?
Una carcajada maléfica retumbó por toda la torre…
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………………………………………………………………………….
………………………………………………………………………
FIN

AGRADECIMIENTOS

Hay mucha gente a la que agradecer que este relato haya podido hacerse:

En primer lugar, muchisimas gracias a todos aquellos kamikazes que valientemente se leyeron el relato y encima lo comentaron. Sobre todo a todos aquellos que hicieron criticas constructivas que me hicieron ver mis errores...

Muchisimas gracias a miguelsalve, de La Posada del Friki, por prestarme a su personaje, Aeralos, para este relato y le pido perdon si la interpretacion no ha sido satisfactoria

Muchas gracias a Pestus por darme permiso para utilizar sus fotos de sus demonios de Nurgle, sin las cuales no habria tenido a ningun "ciclope"

Muchas gracias a los chicos de la Dark Dwarf, El 5 destino,La ciudad de las ratas y de la posada del friki por dejarme poner el relato y encima por criticarme

Y por último, pero no menos importante, gracias a los de GW, a los de dragon ball, a los españoles, a los altos elfos y a Nurgle por no demandarme. (y a cualquiera al que le haya vulnerado sus derechos de copy no se cuantos)

GRACIAS A TODOS

He empezado a leer el relato y de momento me esta gustando, me parece una currada. Lo que pasa que saco poco rato para esto y me leo cada muchos dias. Sigue escribiendo y no te desanimes que aunq solo sea para ti ya sirve. Un saludo y enhorabuena por tu relato, tu imaginación y tu esfuerzo.

Lo siento por la tardanza en responder al mensaje, pero hacia ya muchisimo tiempo que no volvía a pasarme por aqui. Y muchas gracias por los halagos, no hay mucha gente que se haya leido el relato ;) Podrias considerarte un valiente, y mira k el relato anda colgado por varias webs...

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